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sobre La Calahorra
Famoso por su imponente castillo renacentista sobre una colina; puerta de entrada al puerto de La Ragua y al esquí de fondo
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Hay pueblos que pasan desapercibidos hasta que levantas la vista y ves algo que no encaja con el tamaño del sitio. En La Calahorra pasa eso. Vas por la A‑92, con la Hoya de Guadix alrededor, y de pronto aparece un castillo enorme dominándolo todo. Para un pueblo de unos cientos de vecinos, la imagen sorprende.
Cuando alguien habla de turismo en La Calahorra, casi siempre se refiere a eso: a la fortaleza que vigila el pueblo desde la ladera.
El castillo que lo cambia todo
El Castillo de La Calahorra se levantó a comienzos del siglo XVI por orden del marqués del Cenete. Desde fuera parece una fortaleza seria, casi austera. Muros gruesos, torres en las esquinas y ese aire de “aquí se venía a defender, no a decorar”.
La sorpresa está dentro. El patio y algunos detalles responden más a un palacio renacentista que a un castillo militar. Esa mezcla es lo que lo hace curioso.
No siempre se puede visitar con libertad. A veces hay acceso limitado o solo en momentos concretos, así que conviene informarse antes de acercarse hasta la puerta. Más de uno ha subido la cuesta pensando que iba a entrar sin problema y se ha quedado mirando desde fuera.
Dar una vuelta por el pueblo
El casco urbano es pequeño. En una hora tranquila lo has recorrido entero.
Calles cortas, casas blancas y alguna cuesta que te recuerda que estás a los pies de Sierra Nevada. Desde varios puntos del pueblo el castillo aparece entre tejados, como si estuviera vigilando lo que pasa abajo.
Es el típico lugar donde te cruzas con gente que se saluda por el nombre. Si preguntas por un camino o por una calle, lo normal es que alguien se pare un momento a explicártelo con calma.
Mirar alrededor: la Hoya de Guadix
Una de las cosas que más me gustan de La Calahorra no está dentro del pueblo, sino alrededor. Basta caminar un poco por los caminos que salen hacia el campo.
El paisaje cambia rápido. Tierras rojizas, lomas suaves y, al fondo, Sierra Nevada. En invierno, cuando las cumbres están blancas, el contraste se nota bastante.
No hay una red de senderos muy marcada. Son más bien caminos agrícolas de toda la vida. Con un mapa sencillo o preguntando a algún vecino puedes enlazar paseos hacia pueblos cercanos como Aldeire o Ferreira. A pie o en bici se hacen bien, aunque alguna cuesta te pone a prueba.
Comer como se ha comido siempre aquí
La cocina de la zona es directa y bastante contundente. Migas cuando aprieta el frío, cabrito al horno en muchas casas y gachas en algunas celebraciones.
También se nota la huerta. Verduras sencillas, sin demasiada historia, pero con ese sabor que tienen cuando vienen del campo de al lado.
Y luego están los dulces con almendra, muy presentes en toda esta parte de Granada. Suelen aparecer al final de la comida, casi sin ceremonia.
Fiestas y días señalados
En agosto llegan las fiestas dedicadas a la Virgen de la Cabeza. Son días de procesiones, música y reencuentros. Mucha gente que vive fuera vuelve esos días, así que el pueblo cambia de ritmo.
También se mantienen celebraciones del calendario tradicional andaluz, como San Antón en enero, con el frío apretando. La Semana Santa aquí es más sobria que en otros sitios de Andalucía, pero sigue formando parte de la vida del pueblo.
Cómo encajar la visita
La Calahorra está a alrededor de una hora en coche desde Granada por la A‑92. La carretera es cómoda y el castillo se ve desde lejos, así que no tiene pérdida.
No es un sitio para pasar dos días enteros haciendo planes. Yo lo veo más como una parada tranquila en la comarca de Guadix. Subes al castillo, das una vuelta por las calles, miras el paisaje un rato y sigues camino.
Y te vas con la sensación de haber estado en uno de esos pueblos pequeños donde, contra todo pronóstico, aparece una fortaleza que parece demasiado grande para el lugar. Esa imagen se queda bastante tiempo en la cabeza.