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sobre La Peza
Pueblo histórico famoso por su resistencia contra los franceses (Alcalde Carbonero); entorno serrano espectacular
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Hay pueblos que funcionan como esos bares de carretera donde paras “cinco minutos” y acabas alargando el café. La Peza tiene un poco de eso. Llegas pensando que será una parada corta en la comarca de Guadix y, sin darte mucha cuenta, te quedas mirando el paisaje más tiempo del previsto.
El turismo en La Peza no va de monumentos enormes ni de calles preparadas para fotos rápidas. Va más bien de ritmo lento. El pueblo está a algo más de mil metros de altitud, rodeado de olivares y monte bajo. Aquí el día se mueve despacio, como cuando un domingo por la mañana no miras el reloj porque no tienes ningún sitio urgente al que ir.
Un pueblo que se sube andando, poco a poco
La Peza tiene cuestas. No es exagerado, pero se nota. Caminar por el casco urbano se parece un poco a subir a casa cargado con la compra: empiezas tranquilo y a mitad de calle te das cuenta de que las piernas ya están trabajando.
Las casas blancas se apoyan unas en otras, con balcones de hierro y patios que asoman detrás de las fachadas. Algunas calles son estrechas y empinadas, de esas donde un coche pasa despacio y los vecinos siguen andando sin apartarse demasiado.
En lo alto quedan restos de lo que fue una antigua fortificación. No esperes un castillo entero ni nada parecido. Son fragmentos, ruinas que ayudan a imaginar que este lugar, hace siglos, tenía más que ver con vigilar el territorio que con recibir visitantes.
La iglesia y el centro del pueblo
En medio del casco urbano aparece la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación. Se levantó en el siglo XVI y tiene ese aire sólido que tienen muchas iglesias de los pueblos andaluces: muros gruesos, líneas sencillas y sensación de que lleva ahí toda la vida.
Dentro hay un retablo barroco que suele cobrar más protagonismo durante las celebraciones religiosas del calendario local. No es una iglesia que impresione por tamaño, pero encaja bien con el ambiente del pueblo. Como cuando ves una plaza pequeña con su fuente y piensas que no necesita nada más.
El paisaje alrededor de La Peza
Salir del pueblo ya cambia la escena. Olivos, encinas y monte mediterráneo se extienden alrededor del valle del Fardes. En invierno, si el día está despejado, desde algunos puntos se alcanzan a ver las cumbres de Sierra Nevada con nieve.
Es una vista que recuerda a esas panorámicas que aparecen cuando subes un puerto de montaña en coche y, de repente, todo se abre delante del parabrisas. No hace falta un mirador espectacular. A veces basta con un borde del camino o un banco sencillo.
Caminos y senderos que salen del propio pueblo
Desde La Peza salen varios caminos hacia el campo. Algunos se usan desde hace tiempo para moverse entre fincas o zonas de monte. Otros se han ido adaptando para quien quiere caminar o salir en bici.
El terreno tiene tramos suaves y otros que aprietan un poco. Nada dramático, pero conviene venir con la idea de andar en serio, no de dar un paseo de diez minutos con zapatillas finas. Es un paisaje donde aparecen jaras, coscojas y, con algo de suerte, alguna cabra montesa en las zonas más tranquilas.
Hay caminos que atraviesan propiedades privadas o áreas protegidas, así que suele ser buena idea informarse antes en el propio pueblo. Te ahorra dar vueltas o encontrarte una cancela cerrada después de media hora andando.
Lo que se come aquí
La cocina local va directa al grano. Migas, guisos de legumbres, gachas calientes o gazpacho serrano cuando aprieta el calor. Platos de los que llenan el estómago de verdad, como la comida que te prepararía un familiar que cree que siempre comes poco.
El aceite de oliva de la zona manda en casi todo. Se nota en los guisos, en el pan y en cualquier plato sencillo que llegue a la mesa.
No es un lugar de cocina experimental. Aquí se cocina como se ha hecho siempre, con ingredientes cercanos y recetas que llevan años repitiéndose en las casas.
Fiestas y vida del pueblo
El calendario festivo mantiene varias tradiciones. La Semana Santa suele recorrerse por calles estrechas y silenciosas, con vecinos siguiendo las procesiones muy de cerca.
En verano llegan las fiestas dedicadas a la Virgen de la Anunciación, con varios días de actividades populares. Y en enero se celebra San Antón, cuando todavía es habitual ver la bendición de animales y reuniones alrededor del fuego.
El invierno aquí se nota. Las noches frías hacen que las casas se cierren pronto y que la vida gire más alrededor de las chimeneas. Primavera y otoño suelen ser momentos más cómodos para recorrer los alrededores andando.
La Peza no intenta impresionar. Es más bien ese tipo de sitio donde el plan consiste en pasear un rato, mirar el valle desde algún borde del pueblo y sentarte después sin prisa. Como cuando sales a dar una vuelta corta y acabas alargando el camino porque el aire sienta bien.