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sobre Purullena
Conocido como el pueblo de las cuevas y la cerámica; paisaje espectacular de badlands y talleres de artesanía
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A las cuatro de la tarde, cuando el sol de septiembre todavía cae con fuerza sobre las lomas pero ya no abrasa, las cuevas empiezan a moverse despacio. Eso es lo primero que se nota al hablar de turismo en Purullena: la vida ocurre medio escondida en la tierra. Desde la puerta de una vivienda troglodita sale olor a pan caliente que se mezcla con el polvo seco de la vega. Una mujer riega geranios en tiestos de barro rojo, del mismo color que la arcilla que durante siglos trabajaron los alfareros del pueblo. Dentro de las cuevas la temperatura apenas cambia a lo largo del día; fuera, la luz rebota contra las lomas desnudas.
Purullena no se parece demasiado a otros pueblos de la comarca. Desde la carretera se ve como una elevación de tierra arcillosa en medio del llano de Guadix. Al acercarte empiezan a aparecer chimeneas blancas clavadas en la ladera, terrazas excavadas, puertas abiertas directamente en la montaña. Muchas familias siguen viviendo en estas casas horadadas en la marga blanda. Desde arriba, el barrio troglodita parece un panal irregular: agujeros oscuros, caños de humo, pequeños patios que miran hacia la vega.
El barrio que vive bajo la loma
Entrar en la zona de cuevas es casi un cambio de paisaje. Las calles se vuelven estrechas y polvorientas, con rampas que suben y bajan entre taludes de tierra. Hay tramos donde dos personas pasan justas. A ciertas horas huele a leña o a masa fermentando.
A veces una puerta queda abierta y se ve el interior: un salón con sofá y televisión, pero con las paredes de roca desnuda. Quien vive aquí suele repetir lo mismo: la cueva mantiene el fresco en verano y el calor en invierno sin demasiados artificios.
Hay una pequeña cueva museo donde se explica cómo se organizaba la vida doméstica: cocina al fondo, habitaciones excavadas hacia dentro y, en muchos casos, un espacio para los animales. No es raro que las generaciones mayores recuerden cuando los burros o las cabras compartían techo con la familia.
Caminar por el barrio se hace sin demasiada señalización. Basta seguir las chimeneas blancas que sobresalen de la ladera y las escaleras que van apareciendo entre las casas excavadas.
La Cuesta del Negro y el paisaje de arcillas
A poca distancia del núcleo urbano, un camino se adentra en las badlands que rodean Purullena. Son lomas de arcilla roja llenas de cárcavas, con la sensación de que la lluvia va modelando el terreno año tras año.
Allí está el yacimiento de la Cuesta del Negro, uno de los asentamientos prehistóricos conocidos en esta parte del altiplano granadino. Se distinguen restos de muros y zonas de enterramiento excavadas en la roca. El lugar es abierto, sin demasiadas infraestructuras, y suele estar en silencio salvo por el viento que corre por las lomas.
Desde ese punto se entiende bien la posición del pueblo: la vega al fondo, las sierras alrededor y las antiguas rutas que conectaban Guadix con el levante.
Cerca también quedan restos de una torre de origen andalusí que vigilaba el paso natural entre la vega y las sierras cercanas. Hoy aparece parcialmente arruinada, como un diente roto sobre el cerro.
Barro rojo y tradición alfarera
En la parte baja del pueblo todavía quedan talleres donde se trabaja la arcilla roja de la zona. Durante décadas Purullena tuvo fama en la comarca por su alfarería doméstica: cántaros para el agua, tinajas, cazuelas para el horno.
El proceso sigue siendo lento. El barro se amasa a mano, se levanta en el torno y después se deja secar antes de entrar al horno de leña. En los talleres el olor es una mezcla de arcilla húmeda y humo de olivo.
Las piezas suelen tener un tono rojizo oscuro, muy parecido al color de las lomas que rodean el pueblo.
Fiestas y momentos del año
A finales del verano suele celebrarse la Fiesta del Durazno, cuando la fruta todavía llega de las huertas cercanas. Es tradición preparar los llamados duraznos escaldados, que se cuecen ligeramente y se sirven con miel o canela. En la plaza y en las calles cercanas aparecen mesas largas y comida hecha en casa.
En agosto también se celebran las fiestas del Santo Cristo de los Milagros. Durante la procesión la imagen recorre algunas de las calles de las cuevas iluminadas con velas, y las paredes de tierra reflejan la luz de una forma muy particular.
Fuera de esas fechas el pueblo recupera su ritmo lento. En otoño y en invierno la vega cambia de color y el silencio vuelve a las lomas.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Purullena está a pocos minutos de Guadix y se llega fácilmente desde la A‑92. El acceso al barrio de cuevas tiene cuestas y escalones irregulares, así que conviene llevar calzado cómodo.
En verano el calor aprieta en las horas centrales del día; si vas a pasear por la zona de arcillas o hacia la Cuesta del Negro, mejor hacerlo a primera hora o cuando la luz empieza a caer.
Después, al volver al pueblo, suele quedar ese olor a pan y a leña que se escapa de las cuevas abiertas. Es una señal bastante clara de que la vida aquí sigue girando alrededor de lo mismo que hace generaciones: tierra, horno y casa excavada en la loma.