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sobre Huéscar
Capital de la comarca de la Sagra; ciudad señorial con colegiata y famosas secuoyas
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha calentado los paramentos de la Colegiata, las campanas repican con un eco hueco que se pierde en la llanura. Desde la plaza, la piedra tostada de Santa María parece absorber la luz con calma, como si guardara el resplandor de siglos enteros. A esa hora, el único movimiento es el de algún perro cruzando la calle y el olor a pan recién hecho que sale de un horno cercano, mezclado con el aire fresco que baja de la Sierra de la Sagra. Así empieza muchas veces el turismo en Huescar, cuando el pueblo todavía no ha terminado de despertarse.
Huéscar no te recibe con decorado. Te recibe con viento. Con esa brisa seca que huele a romero y a tierra removida, que se cuela por el cuello de la chaqueta y te hace levantar la vista: hacia los casi mil metros de altitud que explican por qué aquí el cielo parece más ancho. Este pueblo funciona un poco como un balcón sobre el norte de la provincia: alrededor se abren los cerealales ondulados, las sierras lejanas y los caminos antiguos que conectaban con Murcia y con La Mancha.
La paz que llegó tarde
A Huéscar a veces se la menciona como «Ciudad de la Paz». El motivo tiene algo de historia seria y algo de anécdota. Durante la Guerra de la Independencia el municipio declaró la guerra a Dinamarca, aliada entonces de Francia. El conflicto quedó olvidado durante generaciones hasta que, a principios de los años ochenta, un investigador local revisó documentos y descubrió que nadie había firmado la paz. El acuerdo se formalizó entonces con un pequeño acto institucional.
La Colegiata de Santa María la Mayor, levantada a lo largo de los siglos XVI al XVIII, domina el centro del pueblo. Desde fuera tiene un aire robusto, casi austero. Dentro cambia: la luz entra alta, rebota en la piedra dorada y deja manchas de claridad sobre el suelo. El retablo principal es barroco y recargado, de esos que obligan a levantar la cabeza unos segundos para entender la cantidad de figuras y detalles.
Lo que se come cuando hace frío
La cocina de Huéscar tiene bastante que ver con el clima y con el campo que la rodea. El cordero segureño aparece a menudo en los menús de la zona, normalmente asado o guisado con hierbas de monte como tomillo o romero. En invierno todavía es fácil encontrar gachas de almendra: un postre espeso, con aroma a anís y canela, que suele servirse templado.
Durante la feria de agosto también aparecen dulces tradicionales hechos con manteca y almendra molida. No tienen una presentación muy elaborada; son piezas sencillas, de aspecto casero, de las que se deshacen con facilidad al tocarlas.
Caminar por la Canal de Carlos III
En las afueras de Huéscar comienza el sendero de la Canal de Carlos III, ligado a un antiguo proyecto hidráulico que nunca llegó a completarse. El recorrido ronda los tres kilómetros y discurre entre matorral, piedra y antiguos restos de obra. Al final aparece el llamado Puente de las Ánimas, una estructura larga de piedra con más de una decena de arcos que atraviesa el barranco.
La ruta suele estar señalizada y es frecuente ver a vecinos caminando los fines de semana. Desde algunos puntos se ve bien la silueta de la Sagra elevándose hacia el norte, y no es raro que algún buitre planee bajo cuando el aire empieza a calentarse.
Quien quiera alargar la jornada puede acercarse a rutas más largas en dirección a la sierra. Las ascensiones completas ya exigen varias horas de marcha y algo de preparación, sobre todo en verano, cuando el sol cae fuerte en las zonas más abiertas.
Cuándo acercarse al pueblo
Octubre suele ser un buen momento para recorrer Huéscar con calma. El aire se vuelve más limpio después del verano, las noches refrescan y los campos empiezan a cambiar de color.
Agosto tiene otra cara. Coincide con las fiestas y el ambiente se vuelve mucho más ruidoso, con música y movimiento hasta tarde. A quien busque el pueblo tranquilo quizá le interese evitar esos días.
En Semana Santa, además, tradicionalmente se celebra un Vía Crucis viviente que parte desde la Colegiata y recorre varias calles en cuesta. Dura bastante tiempo y la temperatura suele caer al anochecer, así que conviene llevar algo de abrigo si se piensa seguir todo el recorrido.