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sobre Puebla de Don Fadrique
El municipio más al norte de Granada; a los pies de la Sagra con clima de montaña y rica gastronomía de embutidos
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Llegué a Puebla de Don Fadrique con el depósito casi en reserva y el móvil sin cobertura. Era lunes, cerca de las dos de la tarde, y el pueblo parecía una escena de esas películas del oeste donde el arbusto seco cruza la calle rodando. A más de mil metros de altitud, el viento te revisa los bolsillos sin pedir permiso. Pero ahí estaba, con sus casas de ladrillo rojo agarradas a la ladera como si alguien las hubiera colocado con cuidado antes de decir: “bueno, pues aquí”.
El pueblo que se hizo mayor
La historia de Puebla de Don Fadrique es un poco como la de ese primo que se fue a la ciudad y volvió con nombre compuesto. Durante siglos el lugar fue conocido como Bolteruela —un nombre que hoy casi nadie usa— hasta que en el siglo XVI pasó a llamarse como lo conocemos ahora. El cambio suele relacionarse con la familia del Duque de Alba y con Fadrique de Toledo, que por entonces tenía bastante que decir en esta parte del mapa.
El pueblo, por lo que sea, decidió crecer a lo grande. Ahí está la iglesia de Santa María de la Quinta Angustia, a la que muchos vecinos llaman “la Catedralita”. Y cuando la ves entiendes el apodo. Para un municipio de poco más de dos mil habitantes resulta enorme, como un chándal XXL en una boda. Se empezó a levantar en el siglo XVI y tiene ese aire de iglesia seria, de las que recuerdan que aquí hubo dinero, ambición… o las dos cosas.
Donde el cielo no es el límite, es la atracción
A unos cuantos kilómetros del casco urbano, en la zona de la Sagra, está el Observatorio Astronómico. Llegar ya tiene su gracia: carretera de montaña, curvas y la sensación de que te vas alejando de todo. Cuando cae la noche entiendes por qué eligieron este sitio. El cielo es de los que obligan a levantar la cabeza un buen rato.
Si eres de los que el deporte es encontrar aparcamiento, puedes quedarte por la zona del observatorio mirando las estrellas. Pero si te gusta caminar, el Pico de la Sagra está ahí arriba esperando. Es una de las cumbres más conocidas del norte de Granada. La subida habitual ronda varias horas entre ida y vuelta y, según la época del año, puede ponerse seria con el viento o la nieve. Desde arriba, en días claros, el paisaje se abre tanto que parece que el mapa se hubiera estirado.
Lleva agua y algo de comida. Allí arriba no hay nada más que roca, aire y vistas.
Comer sin prisa pero con hambre
La comida aquí no entiende de hashtags. Las gachas de mosto son pura cabaña en plato: suelen aparecer cuando aprieta el frío y tienen ese efecto inmediato de “esto arregla el día”. Las migas con uvas funcionan un poco como el debate de la tortilla con cebolla: cada casa tiene su versión y todas defienden que la suya es la buena.
Por Todos los Santos es tradición preparar la llamada olla de los Santos, un guiso contundente que suena a cocina de invierno y sobremesa larga. Y cuando llegan las fiestas o los meses fríos, las tortas de chicharrones aparecen en muchas mesas. De esas cosas que empiezas probando “un trocito” y cuando te das cuenta ya vas por el tercero.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
Las fiestas aquí no se parecen mucho a las de una ciudad con DJ y vasos de plástico. Las celebraciones dedicadas a Santa Rita y Santa Rosa de Lima, hacia finales de primavera, tienen ese ambiente de reencuentro: vecinos que vuelven, familias que se juntan y conversaciones que parecen continuar donde se dejaron el año anterior.
En otoño también hay días importantes alrededor de la Virgen del Carmen. Y luego está la Pascua de Resurrección, que en Puebla se vive con bastante intensidad y tiene reconocimiento turístico en Andalucía. Si te pilla allí esos días verás tambores, procesiones y mucho movimiento desde bien temprano. No es algo montado para turistas: es más bien una tradición que el pueblo lleva siglos repitiendo.
El consejo que no te pide pero necesitas
Puebla de Don Fadrique no es un sitio al que vienes a “ver cosas” todo el día. Es más bien de esos lugares donde bajas el ritmo casi sin darte cuenta. No hay tiendas de recuerdos ni carteles en cinco idiomas. Hay viento, calles tranquilas y bares donde al principio te miran un segundo más de la cuenta porque no te conocen.
Luego alguien te pregunta de dónde vienes y ya está: conversación hecha.
Si puedes elegir, ven cuando haga frío. El paisaje alrededor se ve más limpio, la sierra impone más y el pueblo está en su versión cotidiana. Date una vuelta por la plaza, entra en la iglesia aunque solo sea por curiosidad y, si te animas, acércate hacia la Sagra.
No vas a salir con una lista enorme de cosas tachadas. Pero sí con la sensación de haber pasado unas horas en un sitio que sigue funcionando a su manera.