Artículo completo
sobre Íllora
Histórica villa vigilada por los restos de su castillo; conocida como el ojo derecho de Granada por su importancia defensiva nazarí
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay un momento, justo cuando la carretera empieza a torcerse antes de entrar al pueblo, en que el valle se abre como un abanico de olivos y ves Íllora ahí plantada, en lo alto. Me recordó a cuando miras una maqueta desde arriba: casas apretadas, la torre de la iglesia sobresaliendo y, detrás, campo por todas partes. Y piensas: vale, aquí arriba alguien eligió bien dónde poner el pueblo.
Íllora está en el Poniente Granadino, a menos de una hora de la capital. Lo curioso es que mucha gente pasa cerca camino de otros sitios y ni se plantea subir. Y, oye, tiene más vida de la que uno imagina desde la carretera.
El pueblo que miraba por el “ojo derecho” de Granada
Washington Irving —sí, el mismo que escribió Cuentos de la Alhambra— pasó por esta zona en el siglo XIX y dejó escrito que Íllora era “el ojo derecho de Granada”. La frase se sigue repitiendo por aquí. No sé si lo dijo exactamente así o si con los años se ha ido redondeando, pero cuando subes al castillo entiendes por dónde iba la idea: el pueblo está colocado en una posición que domina medio Poniente.
Lo primero que notas al pasear es que no es de esos sitios que se quedan en silencio entre semana. Aquí hay bastante movimiento: gente que va a la compra, coches buscando dónde aparcar cerca del centro, jubilados sentados en un banco comentando la mañana. Íllora no es solo el casco principal; el municipio tiene varias pedanías y eso mantiene el pueblo bastante activo.
Ese tipo de sitio donde el visitante no es el centro de nada. Y casi mejor.
Subir al castillo (y entender por qué estaba ahí)
El Castillo de Íllora está en lo alto del cerro, vigilando el pueblo. Hoy quedan sobre todo murallas, restos de torres y mucha piedra, pero la subida tiene sentido porque te explica la geografía del lugar mejor que cualquier panel.
Durante los últimos años del Reino nazarí fue una plaza importante en la frontera con Castilla. En la recta final de la conquista de Granada pasó a manos castellanas, y se suele mencionar que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, tuvo relación con la fortaleza en esa época.
La subida no es terrible, pero tampoco es un paseo plano. Hay tramos con pendiente y en verano aprieta el sol, así que agua y gorra ayudan bastante. Arriba no hay bares ni nada parecido, solo ruinas y vistas largas sobre el campo. A veces eso es justo lo que apetece.
Gazpacho de habas y otras cosas que aquí se comen distinto
Si vienes pensando en el gazpacho clásico, aquí te llevas sorpresa. El gazpacho de Íllora no es frío ni lleva tomate: es un guiso contundente con habas, pan, chorizo y panceta. De esos que te dejan lleno durante horas.
También aparecen las gachas de almendra, que por el nombre podrían parecer un postre pero suelen ser bastante más serias de lo que uno imagina. Y luego están los borrachuelos, típicos en muchas zonas de Andalucía, que aquí también se preparan cuando llegan ciertas fiestas.
Sobre dónde comer, lo mejor suele ser preguntar en el propio pueblo. En sitios así cada familia defiende su receta como si fuera patrimonio nacional.
Folk internacional y un diablo atado con cuerda
Hay dos fechas en las que Íllora cambia bastante el ritmo.
Una coincide con el festival Paparanda Folk, que desde hace años reúne música tradicional de distintos lugares. Durante esos días el pueblo se llena más de lo habitual y se ven instrumentos que no aparecen mucho por esta parte de Granada.
La otra es el 25 de abril, San Marcos. Aquí se mantiene la costumbre de “atar al diablo”: una figura que se sujeta con una cuerda y se pasea por las calles como símbolo de que se mantienen a raya los males del año. Visto desde fuera puede sonar raro, pero en el pueblo lo viven con bastante naturalidad.
Peñas de los Gitanos: prehistoria a un paso
A pocos kilómetros está el paraje de las Peñas de los Gitanos, uno de esos lugares que muchas veces pasan desapercibidos si no te los recomienda alguien de la zona.
Es un espacio con formaciones rocosas, restos prehistóricos, dólmenes y cuevas que se han utilizado desde hace miles de años. Hay caminos para caminar entre encinas y rocas, y bastante silencio si no coincide con un día muy concurrido.
No es un sitio preparado como un parque temático. Más bien un paisaje abierto donde conviene ir con calma y con algo de curiosidad por la historia.
¿Cuánto tiempo dedicarle a Íllora?
Íllora no funciona como esos destinos donde llevas una lista de diez cosas que tachar. Aquí el plan suele ser más sencillo: aparcar cerca del centro, dar una vuelta por el casco antiguo, subir al castillo y luego sentarte a comer algo con calma.
En una mañana larga puedes hacerte una buena idea del pueblo. Si además te acercas a las Peñas de los Gitanos o decides alargar la sobremesa, el día se pasa sin problema.
A mí me gusta ese tipo de lugares: no te persiguen para que te quedes, pero tampoco te empujan a irte. Si paras, bien. Y si no, el pueblo seguirá ahí la próxima vez que pases por el Poniente de Granada.