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sobre Avilés
Villa medieval y vanguardia cultural
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Las campanas de San Nicolás dan las ocho cuando el mercado de abastos empieza a oler a marisco recién traído y a pan de escanda todavía tibio. En la Plaza de España, los bancos de piedra siguen húmedos del rocío nocturno y las primeras tazas de café del día levantan ese vapor que se mezcla con el aire fresco de la ría. El turismo en Avilés empieza a entenderse en momentos así, cuando la ciudad todavía está medio vacía y los pasos resuenan sobre las losas.
Avilés despierta despacio, con el paso seguro de quien lleva siglos levantándose temprano.
El casco antiguo se abre como un abanico desde el río. Callejones de piedra que se estrechan hasta dejar pasar solo a una persona, portadas barrocas donde los siglos han dejado capas de humo y salitre, y de repente un palacio: el de Camposagrado, con los escudos todavía bien marcados en la fachada. La ciudad conserva esa tensión entre lo medieval y lo industrial, entre la villa marinera que fue y la ciudad que creció alrededor de la siderurgia a partir de mediados del siglo XX.
Caminar por aquí es encontrarse con Pedro Menéndez de Avilés en muchas esquinas. Su nombre aparece en placas, estatuas, conversaciones. Nació en la villa en el siglo XVI y terminó fundando San Agustín, en la actual Florida. En la iglesia de San Antonio suele señalarse la losa donde fue enterrado, aunque más de uno pasa por encima sin reparar demasiado en ello. En Avilés la historia no siempre está explicada: a menudo hay que ir leyéndola en las piedras, en los nombres de las calles, en el olor a sidra que se escapa de los soportales cuando abren los bares.
Entre el río y la ría
La senda que acompaña al río Avilés empieza en la parte donde el tráfico se diluye y el paseo se vuelve más tranquilo. El recorrido sigue el agua hacia la ría durante varios kilómetros —la distancia exacta depende de hasta dónde quieras llegar— y cambia mucho según la estación.
En invierno la niebla suele quedarse baja, agarrada a los juncos, y el suelo se vuelve blando después de varios días de lluvia. En verano los sauces dan una sombra irregular y por la mañana se oye el zumbido persistente de los mosquitos. Es un paseo bastante llano, utilizado sobre todo por gente que sale a caminar o a pedalear un rato después del trabajo.
No es un recorrido de grandes miradores. Lo interesante está en los detalles: restos de antiguos muelles, madera ennegrecida entre la vegetación, algún embarcadero pequeño que recuerda que durante siglos el río fue la vía de entrada a la villa. Antes de las carreteras, las mercancías llegaban por aquí cuando Avilés era uno de los puertos activos del Cantábrico.
La ciudad que no esperaba ser moderna
En la desembocadura de la ría aparece el Centro Niemeyer, blanco y curvo, como si alguien hubiera dejado caer una escultura enorme en medio del paisaje industrial. Oscar Niemeyer lo diseñó con más de noventa años, y el contraste sigue llamando la atención: hormigón blanco frente a las antiguas instalaciones siderúrgicas y los tonos rojizos del óxido.
Al atardecer la explanada se llena de gente que se sienta en el suelo o en el césped cercano mientras la luz cambia sobre la ría. Desde allí todavía se distinguen estructuras de la antigua siderurgia que durante décadas marcó el ritmo de la ciudad. La factoría de ENSIDESA transformó Avilés a partir de los años cincuenta y atrajo a miles de trabajadores de otras regiones. Muchos barrios crecieron entonces y con ellos llegaron acentos distintos, recetas nuevas y maneras diferentes de vivir la calle.
Esa mezcla sigue notándose. En las cocinas conviven platos muy asturianos con pequeños gestos heredados de quienes llegaron a trabajar al acero hace ya varias generaciones.
Cuándo conviene venir
A finales de junio se celebran las fiestas de La Luz y el centro cambia de ritmo durante varios días. Hay música en la calle, escenarios repartidos por distintas plazas y bastante movimiento hasta bien entrada la noche.
Si prefieres ver la ciudad con más calma, septiembre suele ser un buen momento. El verano empieza a aflojar, vuelven las rutinas y el mercado recupera ese olor a pimientos asados y pescado fresco de primera hora. En el barrio de Sabugo, que durante siglos quedó fuera de las murallas, los vecinos mayores siguen reuniéndose en la zona donde tradicionalmente se juntaban los mareantes para hablar de mareas, de pesca y de lo que toque ese día.
Los fines de semana de agosto el casco histórico se llena bastante. No es raro encontrar grupos grandes moviéndose entre soportales y plazas. Si puedes elegir, un día entre semana —mejor por la mañana— deja ver la ciudad con otro ritmo.
Después de comer Avilés se queda más callada. Algunas tiendas pequeñas bajan la persiana un rato y las calles del casco antiguo se vacían. Es buen momento para subir caminando hacia los barrios más altos, donde las casas son más sencillas y las vistas empiezan a abrirse hacia la ría.
Al caer la tarde, cuando las luces se reflejan en el agua y el aire trae olor a sal, la ciudad vuelve a animarse poco a poco. Avilés no es un lugar que se explique rápido. Hay que quedarse un rato mirando cómo cambia la luz sobre las fachadas, escuchar las campanas que siguen marcando las horas y entender que aquí muchas cosas siguen pasando a un ritmo más lento que en otros sitios.