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sobre Castrillón
La playa de Asturias
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Hay una foto que casi todo el mundo acaba haciendo en Castrillón: la de la playa de Salinas con la antigua mina de Arnao al fondo. Es como hacerse una foto con tres generaciones de la misma familia en el mismo plano. La mina, cerrada hace más de un siglo, sigue ahí, oscura frente al mar, recordándote que el turismo en Castrillón no empezó con las tablas de surf.
Donde el Cantábrico se hace pueblo
Castrillón es ese tipo de sitio al que llegas y, antes de ver nada, ya hueles el mar. Si entras por la A‑8, Piedras Blancas aparece con sus bloques de los años 70 y, al fondo, la silueta industrial de la ría. No es la postal típica que uno imagina cuando busca playas asturianas en internet, pero tiene algo que se agradece: aquí vive gente todo el año, no es solo un decorado de verano.
Las playas son la gran escapatoria del concejo. Salinas es la más conocida: larga, abierta, con surfistas entrando y saliendo del agua y un paseo donde al final siempre acabas caminando más de lo que pensabas. Si has probado a surfear alguna vez, sabes esa mezcla de ilusión y dignidad perdida después de la tercera revolcada; aquí pasa bastante.
Muy cerca está Arnao, más recogida y con ese aire de playa de barrio donde ves a la gente bajar andando con la toalla al hombro. Luego están Santa María del Mar o Bayas, que ya cambian el ambiente: más abiertas, más salvajes cuando sopla el viento. En pocos kilómetros pasas de la playa urbana con escuelas de surf a arenales donde el Cantábrico manda de verdad.
El castro que dio nombre a todo esto
Subir al castro de Peña Castiello es como visitar a los abuelos del lugar: no hablan mucho, pero notas que allí han pasado muchas cosas. Desde arriba se entiende bastante bien el territorio: la costa, la ría de Avilés y los pueblos repartidos entre prados.
El castillo de Gauzón queda algo más escondido. Hay que caminar un poco desde la zona de Raíces para llegar a los restos, pero cuando estás allí la historia pesa. Aquí se trabajó la Cruz de la Victoria en tiempos de la monarquía asturiana, la misma que hoy aparece en la bandera del Principado. No queda un castillo al uso, más bien el esqueleto del lugar, pero ayuda a imaginar lo estratégico que era este punto hace más de mil años.
Cuando la fábrica marca el ritmo
Hay algo que define bastante bien a Castrillón: conviven la playa y la industria sin demasiadas ceremonias. La planta de zinc de la ría forma parte del paisaje y, sobre todo, de la vida diaria de mucha gente del concejo.
Eso se nota en los bares de barrio y en las conversaciones de sobremesa. Aquí se habla de turnos, de mareas y de cómo viene el parte de olas casi en la misma frase. Por eso el ambiente no cambia tanto cuando pasa el verano. En invierno siguen abiertos los comercios, los colegios funcionan y las calles de Piedras Blancas no se quedan vacías.
Comer mirando al Cantábrico
La cocina de la zona mezcla lo que esperarías de Asturias con bastante pescado del cercano puerto de Avilés. Hay fabada, claro, pero también mucho pescado a la espalda, calderetas o marisco cuando la temporada acompaña.
Un plato que suele aparecer en cartas de la zona es la chopa, un pescado de roca con carne firme que aquí preparan bastante sencillo, a la plancha o al horno. Y luego están las boroñas de maíz, más densas que el pan habitual y muy agradecidas cuando hay algo de salsa en el plato.
La sidra va sin demasiada ceremonia. En Salinas es normal ver tablas de surf apoyadas en la pared mientras alguien escancia rápido y otro cuenta cómo estaba el mar esa mañana.
Mi consejo: cuando baja el ruido
Agosto en Salinas es lo que imaginas: bastante movimiento y aparcar cerca de la playa requiere paciencia. Cuando llega septiembre el ambiente cambia. El agua suele seguir decente para bañarse y el paseo recupera un ritmo más tranquilo.
Si puedes elegir días, entre semana se disfruta mucho más la costa. Y si te quedas a dormir por la zona de Arnao, Salinas o alguno de los pueblos cercanos al mar, entenderás rápido la gracia del sitio: abrir la ventana por la mañana y escuchar el Cantábrico antes de ver nada.
Castrillón no compite con los pueblos más fotografiados de Asturias. Es más bien como ese colega del grupo que no presume demasiado pero siempre acaba teniendo buen plan. Tiene industria, tiene barrios normales, y playas que algunos días salen perfectas y otros vienen revueltas. Pero cuando pillas una tarde tranquila en Salinas, con el mar respirando despacio y la sidra fría, cuesta marcharse.