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sobre Gijón
Capital de la Costa Verde
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El viento de la ría silba en los mástiles del puerto mientras la ciudad despierta. Desde el cerro de Santa Catalina, el hormigón del Elogio del Horizonte recorta su silueta contra el Cantábrico. El turismo en Gijón suele empezar ahí arriba, donde se entiende la escala del lugar: una ciudad grande para estándares asturianos, abierta al mar y construida a base de sucesivas capas. Desde el asentamiento romano conocido como Gigia hasta el puerto industrial de El Musel, el mar aquí no es fondo de postal; es trabajo y memoria para una población que ronda los 270.000 habitantes.
El mar que modeló la ciudad
La geografía explica bastante. Un abrigo relativamente protegido entre Cabo Torres y la zona de Peñarrubia favoreció desde antiguo la existencia de un pequeño puerto natural. En la península de Cimavilla —la parte más antigua de la ciudad— se han documentado restos romanos, entre ellos unas termas que hoy se pueden visitar cerca de la iglesia de San Pedro. No era una gran ciudad del Imperio, pero sí un punto activo en la red costera del Cantábrico.
En la zona alta de Cimavilla se conservan también tramos de muralla romana, datados hacia el siglo III. Las piedras se reutilizaron durante siglos en distintas construcciones, algo habitual en ciudades portuarias donde el material de buena calidad nunca sobraba.
La iglesia de San Pedro que se ve hoy es en gran parte una reconstrucción del siglo XX: el templo medieval quedó muy dañado durante la Guerra Civil. Aun así, su posición sigue siendo la misma de siempre, en el extremo del barrio y frente al mar, marcando el límite entre la playa de San Lorenzo y el casco antiguo.
De puerto pesquero a ciudad industrial
Hasta bien entrada la Edad Moderna Gijón fue sobre todo una villa marinera. El gran cambio llegó en el siglo XIX con la explotación del carbón en las cuencas mineras del interior. El puerto empezó a crecer para dar salida a ese tráfico y, ya a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se proyectó el puerto de El Musel, una infraestructura pensada a escala industrial.
Ese desarrollo transformó la ciudad. Se trazaron nuevas calles hacia el sur y el oeste, aparecieron mercados, equipamientos y estaciones ferroviarias que conectaban Gijón con las cuencas mineras y con la meseta. El paisaje de chimeneas y talleres marcó durante décadas la periferia urbana.
La crisis industrial de finales del siglo XX cambió otra vez el rumbo. Parte de aquellos espacios se han reconvertido y la ciudad ha ido reforzando su papel cultural y universitario, además de consolidar un turismo ligado a la playa, la gastronomía y los museos.
Cimavilla: el barrio donde empezó todo
Subir a Cimavilla sigue siendo la forma más directa de entender Gijón. El barrio ocupa una pequeña península que se adentra en el mar, con calles estrechas que buscan abrigo del viento. Durante siglos vivieron aquí pescadores y trabajadores del puerto.
En la plaza de Jovellanos está la casa natal del ilustrado gijonés, hoy convertida en museo. Jovellanos fue una figura central del reformismo español del siglo XVIII y su presencia sigue muy ligada a la identidad cultural de la ciudad.
Muy cerca se encuentran las termas romanas de Campo Valdés, excavadas a finales del siglo XX. El recorrido por el yacimiento permite entender cómo funcionaban estos complejos de baños públicos y hasta qué punto la pequeña Gigia participaba de la vida urbana romana.
Al final de la península se abre el cerro de Santa Catalina. Allí se instaló en 1990 el Elogio del Horizonte, la escultura de Eduardo Chillida que hoy forma parte del perfil más reconocible de Gijón.
Sidra y cocina cotidiana
La sidra forma parte de la vida diaria en toda Asturias y Gijón no es una excepción. Escanciar —servir la sidra desde lo alto para que rompa contra el borde del vaso— no es un gesto folclórico, sino la forma tradicional de airear una bebida que se toma en pequeñas cantidades y se repite muchas veces a lo largo de la conversación.
Las reuniones en torno a la sidra suelen ir acompañadas de platos pensados para compartir. La cocina asturiana sigue una lógica bastante directa: productos cercanos y recetas contundentes. Las fabes con almejas, los pescados del Cantábrico o la ternera criada en la región aparecen con frecuencia en las cartas.
El cachopo, hoy muy extendido por toda Asturias, empezó a popularizarse en Gijón en el último tercio del siglo XX. Consiste en dos filetes de ternera rellenos —normalmente con jamón y queso—, empanados y fritos. Se sirve cortado en piezas grandes y suele comerse entre varios.
Cómo moverse por la ciudad
El centro de Gijón se recorre bien a pie. Desde Cimavilla hasta el extremo oriental de la playa de San Lorenzo hay un paseo continuo junto al mar que permite orientarse con facilidad.
La red de autobuses urbanos conecta el centro con barrios más alejados y con zonas como El Musel o Somió, donde se encuentra el Museo del Pueblo de Asturias. Este museo, situado en una finca amplia junto al río Piles, reúne hórreos, casas tradicionales y colecciones relacionadas con la cultura popular asturiana.
Quien llegue en coche suele encontrarse con más tráfico en verano y durante los fines de semana. En esos días conviene dejar el vehículo en barrios algo más alejados del frente marítimo y moverse caminando.
El clima es el habitual de la costa cantábrica: cambiante y a veces húmedo. A cambio, la ciudad mantiene actividad todo el año. Gijón no depende únicamente del buen tiempo; su ritmo viene marcado por el puerto, la universidad y una vida cultural bastante constante.