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sobre Oviedo
Capital del Principado
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La lluvia fina empieza a caer a media tarde. En la plaza del Fontán alguien despliega un plástico sobre los quesos del puesto mientras suenan los pasos huecos bajo los soportales. El olor a humedad se mezcla con el de la madera quemada que sale por algunas chimeneas cercanas. El turismo en Oviedo empieza muchas veces así: con la piedra mojada, las bolsas del mercado en la mano y una ciudad que parece ir un poco más despacio que el reloj.
La ciudad que camina despacio
Oviedo no se enseña de golpe. Se va entendiendo a base de caminar. El centro es un laberinto de calles estrechas, soportales y plazas donde siempre hay alguien cruzando con prisa moderada, como si nadie tuviera realmente que llegar muy lejos.
La catedral aparece entre edificios cuando menos lo esperas. Dentro está la Cámara Santa, un espacio pequeño y oscuro donde se conservan reliquias vinculadas a la monarquía asturiana de los primeros siglos medievales. La visita es breve y se hace en grupos. Si puedes, quédate un momento cuando el grupo ya ha salido: los ojos tardan en adaptarse a la penumbra y entonces empiezan a aparecer los detalles de las piedras y los frescos.
A pocos minutos en coche —o en un paseo largo cuesta arriba— el monte Naranco cambia la escala de todo. La ciudad queda extendida abajo como un mosaico de tejados rojizos y calles rectas. Santa María del Naranco surge en la ladera con esa forma alargada y algo extraña que tienen los edificios que han sobrevivido más de mil años. Las columnas son sorprendentemente esbeltas y la piedra clara refleja la luz gris del cielo asturiano.
Cuando el aire trae orbayu, esa lluvia tan fina que casi parece niebla, Oviedo se difumina un poco desde aquí arriba.
Sidra, ruido de vasos y cocina de casa
Los sábados por la mañana el Fontán tiene otro ritmo. Los puestos de verduras, legumbres y quesos llenan la plaza y el murmullo es constante. A veces se oye el golpe seco del escanciado en algún bar cercano: la sidra cayendo desde lo alto de la botella contra el vaso ancho.
La sidra natural aquí no se bebe con pausa. Se escancia, se deja que rompa el chorro contra el vidrio y se toma de un trago corto, el culín. Luego el vaso vuelve a la barra y el gesto se repite. Huele a manzana verde y a madera húmeda.
En muchas sidrerías del centro la carta gira alrededor de platos abundantes. El cachopo suele aparecer ocupando casi todo el plato: dos filetes de ternera con jamón y queso en medio, empanados y fritos. Cuando está bien hecho, el empanado cruje al cortarlo y el queso sale despacio hacia el borde. Al lado casi siempre llegan patatas fritas y pimientos.
Y si queda hueco, aparece el arroz con leche, servido templado y con la superficie ligeramente caramelizada.
Las estatuas que forman parte de la calle
Caminar por Oviedo tiene algo de juego silencioso: vas encontrando esculturas a la altura de los ojos. No están alejadas ni subidas a pedestales; están en mitad de la acera.
Mafalda se sienta en un banco cerca del parque de San Francisco y siempre hay alguien esperando su turno para la foto. Woody Allen aparece de pie en una esquina del centro, con su gesto distraído. Y en la plaza de la catedral está Ana Ozores, la Regenta de Clarín, mirando hacia un punto que nadie termina de identificar.
La gente se apoya en ellas, les toca el hombro, les habla medio en broma. En invierno no es raro ver alguna bufanda improvisada o un gorro colocado por alguien que pasaba por allí.
Cuándo venir y cómo moverse
Oviedo cambia bastante según el momento del año. A principios de otoño la ciudad está especialmente viva por las fiestas de San Mateo y las calles del centro se llenan de música y chiringuitos. Conviene tener paciencia esos días: moverse por las calles principales cuesta más y el ambiente es ruidoso hasta tarde.
Si prefieres verla sin aglomeraciones, cualquier semana de primavera funciona mejor. Las terrazas empiezan a llenarse, el parque de San Francisco huele a tierra húmeda y las magnolias del Campo abren las primeras flores.
Para subir al Naranco andando hay varias sendas. Una de las más usadas empieza en barrios de la zona norte de la ciudad y serpentea entre eucaliptos y prados durante algo más de media hora de subida continua. Cuando llegas arriba, el ruido del tráfico desaparece y Oviedo queda abajo, compacta, como si alguien hubiera colocado todas las casas muy juntas sobre una mesa.