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sobre Eivissa
Capital de la isla conocida por su recinto amurallado Patrimonio de la Humanidad y su vibrante vida nocturna y cosmopolita
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Llegué a Eivissa un martes por la mañana con la resaca de Formentera y la sensación de que la isla me iba a tragar. El puerto parecía el parking de un festival: yates que parecen hoteles flotantes, turistas con la cara roja como tomates con piernas, y un olor mezcla de gasoil, arroz recién hecho y crema solar. Pero subí a Dalt Vila, me metí por una callejuela que parecía sacada de un videojuego y, de repente, se calló el mundo. Como cuando entras en una biblioteca y alguien ha silenciado el móvil del universo.
La muralla que te hace sentir hormiga
Las murallas de Eivissa son de esas que te hacen sentir dentro de un tetris gigante. Las levantaron en el siglo XVI para proteger la ciudad de ataques por mar, y el diseño —ese polígono lleno de baluartes— tenía justo esa intención: que cualquiera que se acercara con malas ideas lo tuviera complicado.
Entrar por el Portal de ses Taules tiene algo de escena épica, pero con más sudor que glamour. La subida pica un poco, sobre todo en verano, y las piedras gastadas te recuerdan que por ahí ha pasado mucha gente antes que tú.
Arriba está la catedral, plantada en el punto más alto como quien vigila el barrio. El edificio viene de la Edad Media, aunque con reformas de distintas épocas, así que mezcla estilos sin pedir permiso. El interior tira hacia lo barroco, con bastante dorado y columnas que parecen moverse cuando entra la luz. Las campanas —antiguas, según cuentan— todavía marcan las horas y se oyen por media ciudad cuando el viento acompaña.
El truco de la comida que no es para turistas
Aquí pasa lo de siempre: si te quedas a comer pegado al puerto, el precio suele subir rápido. En cuanto te alejas un poco de la marina, tres o cuatro calles tierra adentro, el ambiente cambia y empiezan a aparecer cartas con platos de la isla.
La borrida de ratjada, por ejemplo, es de esas cosas que lees y no sabes si te va a gustar: raya con una salsa espesa de almendras, ajo y hierbas. Suena raro, pero cuando llega a la mesa huele a campo húmedo después de llover. El sofrit pagès juega en otra liga: carne, patata, embutidos… un guiso contundente que te deja el estómago como un sofá nuevo.
Y luego está el flaó, que es el postre más ibicenco que hay: una tarta de queso fresco con hierbabuena. La primera cucharada desconcierta un poco, como si alguien hubiera mezclado tarta y chicle de menta. A la tercera ya estás convencido.
Consejo de amigo: las hierbas ibicencas entran suaves. Demasiado suaves. El primer vasito te deja relajado, como un gato al sol. El segundo ya te hace pensar que quizá deberías mudarte aquí y montar algo frente al mar. Mejor frenar a tiempo.
Las fiestas que cambian el ritmo de la ciudad
Las celebraciones ligadas al patrón de la ciudad suelen caer en pleno agosto, cuando el calor aprieta y la población se multiplica. Hay actos tradicionales, música en la calle y bastante movimiento por la zona del puerto y las murallas.
En esas fechas también se organizan conciertos y fuegos artificiales que llenan el paseo marítimo de gente mirando al cielo con el móvil en la mano.
Y luego está la feria medieval que algunos años ocupa Dalt Vila durante varios días. Artesanos, puestos, gente vestida de época y olor a incienso mezclado con comida. Tiene algo de parque temático histórico, sí, pero caminar por las calles empedradas con ese ambiente ayuda a imaginar cómo debió de ser la ciudad cuando todavía era una plaza fuerte frente al mar.
El cementerio y otras historias que no esperas encontrar
En la zona de ses Figueretes hay un cementerio pequeño que mira al mar. De lejos parece casi un jardín, con cipreses y muros blancos. A veces se organizan visitas guiadas donde se cuentan historias de personajes enterrados allí: marineros, artistas, gente que llegó a la isla en épocas muy distintas. Depende del día y de la programación cultural del momento, pero si coincide merece la pena asomarse.
Otra parada curiosa es la casa Broner, una vivienda racionalista que construyó un arquitecto alemán que acabó viviendo en la isla tras huir de la Europa de entreguerras. La casa es sencilla, casi geométrica, y cuando entras entiendes por qué muchos artistas acabaron instalándose aquí mucho antes de que llegaran las discotecas y los megayates.
Plan tranquilo para pasar un par de días
Día 1: sube a Dalt Vila temprano, cuando aún no aprieta el calor y las calles están medio vacías. Pasea sin rumbo por las murallas y entra en el pequeño museo dedicado a la Ibiza islámica (Madina Yabisa), que explica bastante bien esa etapa de la ciudad. Después baja hacia el mercado municipal: a la hora de comer suele haber ambiente local.
Por la tarde, si tienes coche, puedes acercarte a Sa Talaia, el punto más alto de la isla. La carretera serpentea entre pinos y, arriba, en los días claros, se alcanza a ver Formentera y buena parte de la costa.
Día 2: alquila una bici o el coche y recorre algunas de las antiguas torres de vigilancia de la costa. Están repartidas por distintos puntos de la isla y se construyeron para detectar corsarios. Algunas parecen pequeños fuertes mirando al mar; otras están completamente aisladas entre rocas y pinos.
Termina el día en ses Salines. Arena clara, agua muy tranquila y bastante movimiento en verano. No es el lugar más solitario de Ibiza, ni lo pretende. Pero ese último baño antes de volver a casa suele quedarse grabado.
Eivissa no es la isla que muchos imaginan cuando oyen hablar de fiesta. También tiene momentos de “madre mía, cuánta gente”, claro. Pero entre murallas, caminos de pinos y calas escondidas, aparecen rincones donde el tiempo baja el ritmo. Y ahí es cuando entiendes por qué tanta gente vuelve. Aunque jure que no lo hará.