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sobre Sant Joan de Labritja
El municipio más rural y tranquilo de Ibiza; paisaje de bosques y calas recónditas con ambiente hippie-chic
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Los domingos por la mañana, Sant Joan de Labritja huele a pan recién hecho y a romero. No al romero de bote, eh, sino al de verdad: el que te araña un poco las manos cuando atraviesas un campo del norte de Ibiza y te deja los dedos pegajosos de resina. Ese olor es la primera pista de que has llegado a la parte de la isla que vive a otro ritmo. Aquí el ambiente se parece más a un pueblo de interior que a la Ibiza de discoteca y madrugadas largas. Sant Joan es como ese amigo que sigue con el móvil viejo porque le funciona: no tiene prisa por cambiar.
El truco está en no pararse en el primer cartel
La carretera que viene de Eivissa te lanza casi sin darte cuenta hacia Portinatx, que es la zona más conocida del municipio. Playas de agua muy clara, hoteles grandes, familias con pulsera de todo incluido. Si te quedas ahí, pensarás que ya has entendido el norte.
Pero no.
Da la vuelta al puerto y empieza a subir hacia el interior. En cuanto la carretera se estrecha un poco, cambian las cosas: menos coches, más pinar y ese silencio raro que en Ibiza ya no aparece tan a menudo. Ahí empieza el verdadero Sant Joan de Labritja: mucho campo, casas payesas escondidas entre muros de piedra y una sensación de espacio que en el resto de la isla cuesta encontrar.
El municipio ocupa una buena parte del norte y, aun así, vive poca gente repartida entre campos, caseríos y pequeñas aldeas. No hay prisa por urbanizarlo todo, y se nota.
Un pueblo pequeño que nació por pura logística
El núcleo de Sant Joan gira alrededor de su iglesia blanca, que para los estándares de la península parece “reciente”, pero aquí lleva siglos viendo pasar generaciones. Se levantó en el siglo XVIII, cuando la Iglesia decidió organizar mejor el territorio del norte y evitar que los vecinos tuvieran que cruzar media isla para bautizos, bodas o entierros.
La plaza es pequeña, casi doméstica. Unos bancos, árboles que dan sombra y ese ambiente de sitio donde la gente todavía se saluda por el nombre. Algunos días se oye el golpe seco de la pelota en el frontón y conversaciones largas que van saltando de mesa en mesa.
No hay escaparates pensados para turistas ni carteles llamativos. Y curiosamente eso hace que te quedes más rato del que habías pensado.
Calas donde la carretera se rinde
En el norte pasa algo curioso: muchas carreteras parecen decir “hasta aquí llego yo”. Aparcas en un descampado de tierra, sigues un sendero entre sabinas y pinos y, cuando ya dudas si vas bien, aparece el mar.
Cala Xarraca suele ser la primera que descubre mucha gente. Una bahía recogida, agua clara y un fondo que cambia de arena a roca en pocos metros. El paseo hasta la orilla no es largo, pero la vuelta tiene esa cuesta que te recuerda que has venido bajando.
Si sigues explorando salen otras calas más pequeñas. Cala Xuclar, por ejemplo, es de esas que parecen escondidas a propósito: un entrante estrecho, barquitas varadas y muy poco espacio para extender la toalla. A veces hay una furgoneta o un pequeño puesto improvisado con bebidas frías, poco más. Cobertura de móvil… la justa. Y casi mejor así.
Cuando la cocina pesa más que la playa
Si visitas Sant Joan fuera de los meses fuertes, notas enseguida que el ritmo baja mucho. Hay semanas tranquilísimas en invierno, con menos movimiento en las tiendas y el pueblo funcionando a su escala habitual.
Ahí es cuando aparecen los platos más contundentes de la cocina local. El sofrit pagès, por ejemplo, es de los que te dejan claro que aquí la comida nació para alimentar jornadas largas de campo: carnes, patata, sobrasada, todo en la misma sartén hasta que la mezcla se vuelve potente de verdad.
También aparece mucho el arroz de matances, que viene de la tradición de aprovechar lo que quedaba tras la matanza del cerdo. Suena contundente —y lo es— pero tiene ese sabor que recuerda a comida hecha sin prisas.
Y luego está el flaó, el postre más raro de Ibiza si lo pruebas por primera vez: queso fresco, hierbabuena, azúcar… y esa sensación de que tu cabeza no decide si está comiendo algo dulce o algo salado.
Cuando el silencio se rompe un día al año
Hay un momento en el que este pueblo tranquilo cambia por completo: las fiestas de Sant Joan. Durante esos días la plaza se llena, hay música, bailes tradicionales y un correfoc que convierte la calle principal en una mezcla de fuego, petardos y diablos corriendo entre la gente.
Desde fuera puede parecer caótico, pero en realidad es muy de pueblo: familias enteras en la calle, niños persiguiendo a los demonios de cartón y los mayores mirando desde las aceras.
Al día siguiente todo vuelve a su sitio. El silencio regresa, vuelve el olor a campo y te queda esa sensación curiosa de haber visto una cara de Ibiza que mucha gente ni sospecha que existe. Ese tipo de sitio.