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sobre Santa Eulària des Riu
Segundo municipio de Ibiza; turismo familiar y tranquilo con el único río de las Baleares y un bonito paseo marítimo
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Hay algo curioso en el turismo en Santa Eularia Des Riu que no suele pasar en otras islas: aquí hay un río de verdad. No un barranco que solo lleva agua cuando cae una tormenta fuerte, sino el Riu de Santa Eulària, unos 11 kilómetros que llegan hasta el mar. Parece un detalle menor, pero cuando llevas tiempo moviéndote por Baleares y casi todo son cauces secos, encontrarte agua corriendo todo el año llama la atención. Es como descubrir que el bar de tu barrio también sirve desayunos a las cuatro de la tarde.
El pueblo que se asoma al mar pero mira hacia dentro
La primera vez que fui me quedé en el paseo marítimo, como hace casi todo el mundo al llegar. Palmeras, terrazas, gente caminando arriba y abajo. Las fuentes intentan ponerse elegantes, aunque el viento de levante a veces les fastidia el espectáculo y acaba salpicando las mesas.
Pero Santa Eularia no se entiende del todo desde ahí abajo.
El punto clave está arriba, en el Puig de Missa. Esa iglesia blanca que domina el pueblo desde la colina. Subí un día con resaca —no fue la mejor idea— y me encontré con algo que no esperaba: una iglesia fortificada del siglo XVI. La levantaron así por un motivo bastante práctico. Si aparecían piratas por la costa, los vecinos podían refugiarse dentro.
Desde allí arriba se ve claro cómo creció el pueblo. Primero la vida estaba en la colina. Después el casco urbano fue bajando hacia el mar. Hoy miras alrededor y ves el río entrando en la bahía, las casas bajando en pendiente y el puerto al fondo.
Los mercadillos que nacieron con los hippies
En esta parte de Ibiza la historia reciente pasa mucho por los mercadillos. Algunos empezaron en los años setenta, cuando llegaron los primeros hippies que decidieron quedarse más tiempo del previsto.
Hay uno bastante grande que se monta a mitad de semana desde 1973. Pasear por allí es casi un viaje generacional. Artesanos que llevan décadas montando el mismo puesto, turistas que vuelven cada verano y chavales jóvenes que venden cosas hechas a mano como hacían sus padres.
Los domingos, en Sant Carles, el ambiente cambia. Todo es más pequeño y más cercano. Allí una vez me encontré con un alemán que vendía licor casero y me contó que llegó a la isla en 1971 “para unos días”. Nunca volvió a irse. Ibiza tiene ese historial de visitas cortas que se alargan medio siglo.
Comer en Santa Eularia sin caer en el menú para guiris
En esta zona todavía aparecen platos bastante ligados a la cocina de la isla.
El bullit de peix, por ejemplo, es un guiso de pescado que suele servirse en dos partes. Primero el pescado con patatas. Luego el arroz hecho con el caldo. La primera vez parece poca cosa, pero cuando terminas entiendes por qué la gente se queda sentada un buen rato después.
El flaó va por otro camino. Es un pastel de queso con hierbabuena que al principio desconcierta un poco. A la segunda cucharada ya encaja. Y en muchas fiestas locales aparecen las orelletes, unos dulces fritos finos y crujientes que desaparecen rápido de las mesas.
Si alguien saca hierbas ibicencas después de comer, merece la pena probarlas. Mejor solas, sin hielo.
La playa del pueblo y las calas que quedan alrededor
La playa de Santa Eulària es grande y muy ordenada. Arena, paseo largo y todos los servicios a mano. Mucha gente del propio municipio la usa a diario, sobre todo familias.
Pero lo interesante está moviéndose un poco por la costa.
Cala Llonga, por ejemplo, es una bahía amplia y muy resguardada. El agua suele estar tranquila, casi como una piscina grande. En cambio, si sigues hacia el norte empiezan a aparecer calas más pequeñas.
Cala Mastella es una de esas donde el paisaje manda más que la infraestructura. Poca arena, barcas varadas y un ambiente que recuerda a la Ibiza de hace décadas. Allí hay un pequeño local donde preparan pescado a la brasa. Mesas sencillas, bancos de madera y bastante paciencia, porque la cocina va a su ritmo.
Cuándo ir y cuándo no
Agosto aprieta. El pueblo se llena y encontrar aparcamiento cerca del centro puede ser una pequeña misión.
Septiembre funciona mejor. El mar sigue caliente, baja la presión de visitantes y el ambiente se relaja bastante. Muchos vecinos dicen que ese es el mes más agradable para moverse por la zona.
En febrero se celebran las fiestas de Santa Eulària, con actos tradicionales y dulces que aparecen solo esos días. Y en primavera, sobre todo en mayo, los caminos del interior están verdes y el río baja con buen caudal.
Un plan sencillo que suele salir bien: coger el coche y subir hacia Jesús. Son pocos minutos. Desde ahí puedes seguir hacia Sant Carles, pasear por el mercadillo si coincide en domingo y terminar el día en alguna cala del norte.
Tres o cuatro paradas, sin hacer muchos kilómetros, y acabas entendiendo mejor cómo funciona esta parte de Ibiza.
Y luego pasa algo bastante común. Estás en el puerto al atardecer, mirando las barcas moverse despacio, y se te cruza la idea de quedarte aquí una temporada. Después vuelves al coche, pones el aire acondicionado y recuerdas que en tu ciudad no hay playa… pero tampoco pagas diez euros por una cerveza.