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sobre Formentera
Isla municipio paradisíaca conocida por sus aguas turquesas cristalinas y ambiente relajado; destino de playa exclusivo
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A las cinco de la tarde, las aguas entre Formentera e Ibiza se vuelven de un turquesa tan intenso que parece encenderse desde abajo. Es la hora en que la posidonia —esa planta marina que filtra el agua— deja el fondo limpio como un cristal. Flotas unos minutos y entiendes por qué tanta gente se queda en el agua hasta que la piel se arruga.
El olor a sal y a pan recién hecho
Llegar a Formentera suele empezar igual: con olor a salitre mezclado con pan caliente que sale de algún horno cercano al puerto de La Savina cuando el ferry acaba de atracar. No hay aeropuerto, solo el mar. Ese detalle marca el ritmo desde el principio.
En el muelle, los ciclistas descargan sus bicis con naturalidad. Formentera se recorre pedaleando o con paciencia. Sus playas —unos 20 kilómetros de arena repartidos por la costa— se conectan por carreteras estrechas y caminos de tierra rojiza que crujen bajo las ruedas. En los tramos más abiertos aparece el olor dulzón de la sabina, ese aroma seco que se queda pegado a la ropa cuando sopla viento de tierra.
Cuando el viento muele historias
En La Mola, el molino conocido como Molí Vell sigue plantado sobre la meseta. Sus aspas están quietas, pero parecen listas para girar si llegara el viento adecuado. Los molinos fueron una pieza básica en la vida de la isla, cuando el grano tenía que aprovecharse hasta el último puñado.
Desde allí el terreno se corta de golpe. El acantilado cae casi doscientos metros hasta el mar abierto. Mirando hacia abajo se entiende por qué este extremo de la isla siempre fue punto de vigilancia. Las incursiones de corsarios eran frecuentes, y las torres defensivas que salpican la costa nacieron para avisar a tiempo.
Una de ellas es la Torre de Punta Prima. Su base de piedra seca sigue dominando un tramo de litoral áspero, con pequeñas calas de roca. En tiempos más recientes, esas mismas entradas discretas sirvieron para el contrabando durante la posguerra. El mar siempre ha sido frontera y puerta a la vez.
El sabor de lo que se seca al viento
Si te alejas de las playas más conocidas y cruzas el interior, aparecen casas blancas donde a veces todavía se ven peces colgados al aire. Es el peix sec, pescado que se sala y se deja curar al viento durante semanas, una técnica ligada al calendario de los pescadores, normalmente entre primavera y principios de verano.
Después se desmenuza y se mezcla con patata, aceite y pan. El sabor es concentrado, muy marino.
El bullit de peix también forma parte de esa cocina: pescado guisado con patatas en un caldo corto que se cocina despacio. Nació como comida de barca y de casa, con lo que hubiera entrado en las redes ese día.
La Mola y sus virots
A los vecinos de La Mola se les llama virots. El origen del apodo suele relacionarse con las piezas de hierro que se fabricaban aquí para sujetar vigas y estructuras de las casas tradicionales.
En Sant Ferran, hacia mayo, suele celebrarse una pequeña feria dedicada a ese trabajo del hierro. No es un evento multitudinario: más bien un encuentro tranquilo donde todavía se ven herreros trabajando con fragua y martillo.
En agosto, el ambiente cambia en el altiplano de La Mola. Durante las fiestas de la Asunción el pueblo se llena de música, puestos de comida y olor a dulces fritos como las orelletes. Al caer la noche, las mesas se juntan en la plaza y el flaó —ese pastel de queso con un punto de menta— aparece en muchas conversaciones.
Cuándo venir y cuándo irse
Septiembre suele ser el mes más agradecido. El mar mantiene el calor del verano, pero las playas recuperan silencio. En Cala Saona, por ejemplo, hay tardes en las que el agua queda casi lisa y los barcos fondeados se cuentan uno a uno.
También es cuando el mercadillo artesanal de La Mola vuelve a tener un ritmo más pausado.
Agosto cambia mucho la isla. No solo por el calor: también por la cantidad de gente. Si puedes elegir, ven entre semana o espera a junio o septiembre. Formentera es pequeña —apenas 83 kilómetros cuadrados— y cuando se llena demasiado, el silencio que la define se esconde un poco. Aquí las distancias son cortas, pero el tiempo funciona mejor cuando nadie tiene prisa.