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sobre Sant Antoni de Portmany
Famoso destino turístico conocido por sus puestas de sol legendarias y su bahía; combina ocio nocturno con calas bonitas
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A las seis y media de la tarde, la luz se vuelve de un amarillo tan limpio que parece líquido. Desde el extremo del muelle, donde una pequeña placa metálica señala el punto del atardecer, el sol cae directo al mar sin que ningún edificio lo interrumpa. Es el momento en que Sant Antoni de Portmany deja de ser el lugar que aparece en los vídeos de fiesta y se queda en algo más simple: un pueblo que mira hacia el oeste como quien espera una respuesta.
El puerto que los romanos llamaron grande
Los cartógrafos romanos ya lo anotaron como Portus Magnus, y basta mirar la bahía para entender por qué. El arco es tan amplio que las barcas, vistas desde el paseo, parecen abalorios sueltos dentro de una taza de té.
Por la mañana, cuando los veleros siguen quietos en los amarres, el agua refleja las fachadas bajas del frente marítimo con una claridad casi de espejo. Luego entra la brisa y empiezan a dibujarse pequeñas líneas de espuma contra el espigón de piedra. Antes, en esa zona, era habitual ver pescado secándose al aire.
En el extremo sur se levanta la iglesia parroquial, de aspecto robusto y paredes gruesas, más cercana a una construcción defensiva que a un templo delicado. Desde el atrio llega el murmullo de las terrazas que empiezan a abrir y el golpe seco de las tablas de paddle contra la arena de la playa urbana. A esa hora también aparecen ciclistas que bajan desde el interior —muchos vienen de la zona de Santa Agnès—, paran un momento y vuelven a encarar las cuestas entre pinares.
Cuando el cielo se convierte en espectáculo
El atardecer de Sant Antoni es uno de los grandes reclamos del pueblo, y con los años han surgido negocios alrededor de ese momento exacto en que el sol toca el horizonte. Aun así, el espectáculo sigue siendo el mismo de siempre si uno se aparta un poco.
Basta caminar unos quince minutos por el sendero que sale hacia sa Punta des Molí. Allí, sentado sobre la roca arenisca, el cielo se enciende sin música ni altavoces. Solo el rumor del agua contra las piedras.
El camino pasa junto a antiguos elementos agrícolas y desemboca en el pequeño conjunto de sa Punta des Molí, donde se conservan construcciones tradicionales y un molino restaurado que a veces se pone en marcha en verano para mostrar cómo funcionaba. Alrededor hay un jardín con plantas del litoral: romero marino, sabinas jóvenes, matas bajas que huelen a sal cuando el viento viene del oeste.
Muy cerca está el antiguo faro de ses Coves Blanques, hoy integrado en el paseo. La linterna sigue dentro de su estructura de hierro y cristal, algo empañada por el salitre acumulado durante décadas.
Fuego y sal en la mesa
En muchas cocinas de la zona el bullit de peix se sigue sirviendo en dos tiempos. Primero llega el caldo con arroz a banda, cargado del sabor del pescado de roca. Después, el propio pescado —rape, gallineta u otras piezas según el día— acompañado de patata hervida que casi se deshace al tocarla con el tenedor.
El ritmo suele ser pausado, más cercano a una comida larga que a una cena rápida. En la barra, casi siempre aparece alguna botella de hierbas ibicencas, con ese aroma anisado que se queda flotando en el aire cuando alguien sirve un chupito.
En invierno es más fácil encontrar sofrit pagès en las casas de comidas del interior: carne de cerdo, pollo, embutidos y patata, todo ligado con el jugo oscuro que queda al fondo de la cazuela. El flaó —pastel de queso fresco con menta— aparece durante todo el año. En primavera la menta se nota más; en pleno agosto suele llegar más frío, recién sacado de cámara.
Subir para entender la bahía
A primera hora, antes de que el sol caiga de lleno sobre la ladera, la subida a sa Talaia se hace llevadera. Desde algunos caminos del interior hay unos cuatro kilómetros de ascenso entre pinos carrascos y sabinas retorcidas.
Arriba, a unos 475 metros, la vista abre todo el arco de la bahía. Hacia el norte se distingue la silueta baja de sa Conillera, flotando en el horizonte. El aire tiene olor a resina caliente y a mar lejano. Los gavilanes suelen aprovechar las corrientes térmicas que suben desde los acantilados y planean sin mover apenas las alas.
La bajada puede alargarse por caminos rurales que atraviesan el valle de Santa Agnès. En febrero, cuando florecen los almendros, el campo se llena de manchas blancas y el zumbido de las abejas acompaña el paseo. Volver a Sant Antoni sin coche es posible con transporte público, aunque las frecuencias fuera del verano no siempre son cómodas, así que conviene mirar horarios con calma y llevar agua suficiente.
Enero, fuego en la noche de Sant Antoni
Alrededor del 17 de enero el pueblo cambia de sonido. Es la celebración de Sant Antoni, y durante la noche aparecen los dimonis con antorchas y campanillas en los tobillos. El eco de los tambores rebota entre las calles del centro mientras alguien lanza el “uc”, ese grito agudo que los payeses utilizaban para avisar a distancia.
En la plaza se encienden hogueras grandes donde la gente asa carne o pan. El olor a humo de sabina se mezcla con el de las hierbas que pasan de mano en mano en botellas improvisadas. Los niños miran el fuego con la cara roja por el calor y los mayores terminan bailando cuando aparece algún acordeón.
Durante unas horas el ambiente cambia bastante: menos ruido de discoteca, más vecinos que se conocen por el nombre.
Cómo llegar y cuándo ir con más calma
El aeropuerto de Ibiza queda a unos veinte minutos en coche si el tráfico acompaña. En verano hay autobuses frecuentes que conectan el aeropuerto con Sant Antoni; fuera de temporada pasan menos, así que conviene revisar horarios antes.
Julio y agosto concentran la mayor parte del movimiento nocturno. Si prefieres ver el pueblo con más calma, mayo, junio y octubre suelen tener días largos, mar relativamente tranquilo y menos gente caminando por el paseo al caer la tarde.
Un consejo sencillo: evita el paseo marítimo de madrugada los fines de semana en pleno verano. A esas horas la escena poco tiene que ver con el Sant Antoni que aparece al amanecer, cuando las persianas siguen bajadas y el puerto vuelve a oler a café y a sal.