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sobre Almazán
Villa monumental amurallada a orillas del Duero con importante patrimonio románico y barroco
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Hay un momento, justo cuando atraviesas la Puerta de Herreros, en el que el GPS del coche se vuelve un poco inútil. Como si no entendiese que una calle pueda tener menos de tres metros de ancho y que las casas lleven ahí varios siglos. Ese suele ser el primer aviso: Almazán no es de esos sitios que se dejan ordenar del todo en un mapa digital.
La muralla que aún te hace pensar dónde metes el coche
Se suele decir que las murallas de Almazán rondan los dos kilómetros. No sé si alguien las ha medido últimamente, pero lo que sí notas es que siguen condicionando cómo entras al casco viejo. Con un coche grande hay calles donde pasas despacio, mirando más a los retrovisores que al paisaje.
Una parte del recorrido de la muralla se puede caminar por arriba, con pasarelas de madera que crujen un poco al pisarlas. No porque estén mal, sino porque la madera hace lo suyo. Desde ahí ves tejados, el Duero al fondo y ese tipo de patio trasero de las casas antiguas que normalmente nadie enseña.
En la plaza está también el rollo de justicia, que recuerda que aquí se administraba ley hace siglos. No es un decorado medieval puesto para la foto: lleva allí mucho más tiempo que cualquier visitante.
La estrella que nadie espera
La iglesia de San Miguel es de esas que ves desde fuera y piensas: “vale, otra románica de Castilla”. Y entonces entras.
Al levantar la vista aparece el famoso cimborrio en forma de estrella de ocho puntas. Tiene algo que recuerda a la arquitectura islámica y descoloca un poco dentro de una iglesia del siglo XII. Es de esas cosas que no esperas encontrar en una villa pequeña de Soria.
En el frontal del altar hay además una escena bastante directa: el asesinato de Tomás Becket. Caballeros con espadas, el momento congelado en piedra. Te quedas mirándolo un rato porque parece más una viñeta de crónica medieval que un adorno religioso.
El convento donde murió alguien que no era de aquí
En el convento de la Merced hay una referencia a Tirso de Molina. La tradición local sostiene que murió aquí en el siglo XVII, cuando estaba destinado en la zona. Lo curioso es que el lugar exacto donde reposan sus restos no está del todo claro.
En el claustro hay placas y referencias, pero si preguntas a la gente del pueblo lo normal es que te respondan con un “por aquí andará”. Tiene algo muy nuestro: sabemos que pasó, pero no siempre hemos sido finos guardando los detalles.
Aun así, el edificio merece la vuelta tranquila por el patio. Es de esos espacios donde bajas la voz sin darte cuenta.
Las fiestas que llenan el cielo de pólvora
Si coincides con las fiestas de la Bajada de Jesús Nazareno, a comienzos de septiembre, verás otro Almazán. La Plaza Mayor se convierte en un estruendo continuo de cohetes mientras la imagen baja desde su ermita hasta la iglesia.
Cuando digo cohetes, me refiero a muchos. Muchísimos. Durante un rato el cielo se llena de humo y ruido y el ambiente parece más una mascletá improvisada que una procesión castellana.
Los vecinos lo viven con una mezcla de devoción y costumbre. Algunos cierran ventanas por si acaso entra alguna chispa. Otros lo miran desde la plaza como quien lleva viendo lo mismo toda la vida.
Lo que te comes cuando ya no te cabe más historia
Después de un rato caminando entre murallas y plazas, el cuerpo pide algo que no sea patrimonio. Aquí aparecen las yemas de Almazán.
Son pequeñas, básicamente yema de huevo y azúcar. Parece poca cosa hasta que empiezas a comer una detrás de otra. Son de esas cosas que compras “para probar” y terminas llevándote otra caja para el viaje.
Se suele contar que llegaron a surtir a la Casa Real. No sé cuánto hay de historia exacta y cuánto de orgullo local, pero lo que sí es verdad es que están muy bien hechas.
Y si te quedas a comer por la zona, es fácil encontrarte con el cocido soriano y su famosa “bola”: una especie de pelota de carne, huevo y pan que acaba flotando en la sopa. Cuando llegas a ese punto ya vas bastante lleno, pero es parte del ritual.
El momento en que todo encaja
Al atardecer, desde el puente sobre el Duero, el pueblo se ve tranquilo: las casas amarillentas, la torre de San Miguel y el río pasando despacio. Es un momento muy sencillo, pero ayuda a entender el lugar.
El nombre de Almazán suele relacionarse con el árabe al‑ma’zán, algo así como “lugar fortificado”. Y tiene sentido cuando ves cómo la villa se organizó alrededor de la muralla y del río.
No es el pueblo más espectacular de Soria. Pero tiene ese tipo de equilibrio que hace que la visita funcione: un casco histórico compacto, historia en cada esquina y comida seria. Y cuando vuelves al coche para seguir carretera, te queda la sensación de haber pasado unas horas en un sitio que sigue viviendo a su ritmo.