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sobre Morón de Almazán
Destaca por su Plaza Mayor renacentista una de las más bellas de la provincia
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A primera hora, cuando la luz empieza a subir desde la paramera y todavía queda algo de frío en el aire, Morón de Almazán suena a campo abierto. Algún coche que pasa despacio, el viento moviendo los pinos de los alrededores y, si te quedas un rato en silencio, el vuelo de alguna rapaz sobre los campos. El pueblo está a más de mil metros de altitud y esa altura se nota: el aire es seco, limpio, y las mañanas incluso en verano empiezan con chaqueta.
Morón de Almazán tiene menos de doscientos habitantes y conserva ese ritmo tranquilo de los pueblos que siguen mirando al campo. Las casas se agrupan alrededor de calles cortas, con muros gruesos de piedra y portones de madera oscurecidos por los años. No hay grandes alardes arquitectónicos, pero sí muchos detalles que hablan de cómo se ha vivido aquí durante generaciones.
La iglesia de San Andrés y el corazón del pueblo
La iglesia parroquial de San Andrés se levanta en mampostería, sólida y algo austera, como muchas en esta parte de Soria. El interior es sencillo, con esa sensación fresca que tienen los templos de piedra incluso en pleno agosto.
Alrededor de la iglesia se organizan varias de las casas más antiguas. Algunas conservan balcones de hierro y aleros de madera que proyectan sombra sobre la calle en las horas centrales del día. Cuando cae la tarde, esa zona suele ser el lugar donde se cruzan los vecinos que salen a tomar el aire.
Calles, pajares y construcciones del campo
Al caminar por Morón se nota enseguida el peso de la vida agrícola. En los bordes del casco aparecen pajares, corrales y algún palomar de planta circular, muy propios de la provincia. Muchos ya no tienen el uso original, pero siguen formando parte del paisaje del pueblo.
Las calles son estrechas y con ligeras pendientes. Conviene dejar el coche en la entrada si vienes solo a pasear un rato: se recorre sin prisa en poco tiempo y así evitas maniobras incómodas entre fachadas muy pegadas.
La paramera alrededor de Morón de Almazán
Fuera del pueblo el paisaje se abre rápido. Campos amplios, horizontes largos y ese silencio que caracteriza a buena parte del interior soriano. En primavera el verde aparece entre las parcelas de cereal; a finales de verano el color cambia hacia los dorados y ocres.
Hay caminos agrícolas que salen en varias direcciones. No están pensados como rutas señalizadas, pero se pueden recorrer andando o en bicicleta con un mapa o GPS. Son pistas fáciles, aunque el viento aquí a veces sopla con ganas y convierte un trayecto corto en algo más exigente.
Si madrugas, no es raro ver aves grandes moviéndose sobre los campos. En esta zona todavía sobreviven especies ligadas a los espacios abiertos, aunque hace falta paciencia y algo de distancia para observarlas.
Almazán, a pocos kilómetros
A poca distancia está Almazán, que actúa como centro comarcal. Allí el paisaje cambia: murallas, calles más animadas y restos claros de su pasado medieval. Muchos vecinos de Morón hacen allí las gestiones del día a día.
Si estás recorriendo esta parte de Soria, combinar ambos lugares tiene bastante sentido. Morón representa bien la escala pequeña de los pueblos de la paramera; Almazán concentra servicios y un casco histórico más amplio.
Noches oscuras y cielos muy limpios
Cuando anochece, la falta de iluminación en los alrededores se nota. Basta alejarse unos minutos en coche por cualquiera de las carreteras secundarias para encontrarse con un cielo muy limpio. En noches despejadas la Vía Láctea se distingue con bastante claridad, algo cada vez menos habitual en zonas más pobladas.
En invierno las temperaturas bajan con facilidad por debajo de cero y el viento puede ser duro. Si vienes en esa época conviene mirar la previsión antes de salir a caminar por los alrededores. En cambio, las tardes de primavera y principios de otoño suelen ser el momento más agradecido para recorrer el entorno con calma.
Morón de Almazán no tiene grandes reclamos ni movimiento constante. Lo que hay es otra cosa: un pueblo pequeño, campos abiertos y una forma de vida que sigue muy pegada al territorio. A veces eso es precisamente lo que uno busca cuando se desvía de la carretera principal.