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sobre Martiago
Pueblo fronterizo con Cáceres rodeado de robledales; zona de interés micológico y cinegético
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A primera hora de la mañana, cuando todavía no se oye ningún motor, el turismo en Martiago empieza con algo muy simple: el olor a leña que sale de alguna chimenea y la humedad de la tierra en los caminos que rodean el pueblo. Las casas de piedra forman una hilera irregular a lo largo de la calle principal, con portones de madera anchos y ventanas pequeñas. A esa hora suele oírse un mirlo, alguna gallina detrás de una tapia y poco más. El resto es silencio.
Martiago está en el oeste de la provincia de Salamanca, dentro de la comarca de Ciudad Rodrigo, a unos 800 metros de altitud. Viven aquí poco más de doscientas personas, suficientes para que el pueblo siga funcionando pero pocas para que todo vaya despacio. Las calles sirven todavía para lo de siempre: hablar un rato al sol, mover ganado de un corral a otro o apilar leña junto a la puerta antes de que llegue el frío.
Por la tarde la luz cae oblicua sobre la pequeña plaza donde se levanta la iglesia. No es una plaza monumental; más bien una explanada irregular donde el suelo cambia de textura según el tramo y donde los muros de granito muestran grietas antiguas. Cuando el sol baja, la piedra se vuelve anaranjada y durante un rato el pueblo parece quedarse suspendido en ese color.
La iglesia y las casas de piedra
La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel, ocupa el centro del pueblo. El edificio actual suele situarse en torno al siglo XVI, aunque ha tenido reformas posteriores. Es de granito, sobria, con una torre que se ve desde los caminos que llegan al pueblo. Dentro hay una pila bautismal de piedra bastante robusta y un interior sin demasiada decoración.
Alrededor, las casas mantienen la arquitectura habitual de esta zona de Salamanca: muros de mampostería, tejados de teja árabe y puertas pensadas para que entraran carros o animales. Muchas tienen un pequeño huerto detrás o un corral adosado. En algunos patios todavía se apilan troncos de encina para el invierno.
Caminos entre encinas y ganado
El paisaje alrededor de Martiago es de dehesa: encinas separadas entre sí, prados abiertos y cercas de piedra. Desde el propio pueblo salen pistas de tierra que usan los vecinos para moverse entre fincas. Son caminos fáciles de seguir y bastante llanos, así que se pueden recorrer andando sin demasiada planificación.
En otoño, cuando las primeras lluvias empapan el suelo, aparecen setas entre las hojas secas. Es habitual ver gente con cesta mirando bajo las encinas, aunque conviene ir con cuidado si no se conocen bien las especies.
También es fácil cruzarse con ganado. Vacas y ovejas pastan en muchas de las fincas cercanas, y a veces el camino se convierte durante unos minutos en paso de animales. Forma parte del ritmo del lugar.
En días despejados, desde algunos puntos algo más elevados se distingue la línea de las sierras hacia el sur, ya cerca de la frontera con Portugal.
Un consejo práctico: en verano el sol cae con fuerza en estas lomas abiertas. Si vas a caminar, merece la pena salir temprano o esperar a última hora de la tarde, cuando la luz baja y el aire se mueve un poco más.
Comida de la zona
La cocina aquí sigue dependiendo mucho de la matanza y de lo que da el campo. Embutidos curados, guisos de cordero, patatas meneás y pan contundente forman parte de la mesa habitual. En temporada también aparecen setas recogidas en los alrededores, sobre todo níscalos.
Son platos de casa, de los que se cocinan despacio y se comen sin prisa.
Un buen punto para moverse por la comarca
Martiago queda relativamente cerca de Ciudad Rodrigo, a menos de media hora en coche por carreteras comarcales. La ciudad conserva su recinto amurallado, la catedral y un casco histórico donde todavía se nota la antigua condición de plaza fronteriza.
Desde el pueblo también se puede explorar el suroeste de Salamanca o acercarse a la Sierra de Gata, ya en Extremadura, donde el paisaje cambia: más relieve, más bosque y pueblos con otra arquitectura.
La frontera portuguesa está cerca y se cruza sin darse cuenta por carreteras secundarias que atraviesan dehesas y pequeñas aldeas.
Fiestas y vida en el pueblo
Las celebraciones más importantes suelen concentrarse en verano, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera. Las fiestas patronales dedicadas a San Miguel incluyen procesiones, música por la noche y reuniones largas en la plaza o en los alrededores del pueblo.
También se mantiene la costumbre de salir al campo en romería cuando llega el buen tiempo. Familias y grupos de amigos pasan el día bajo las encinas, con comida preparada en casa y niños corriendo entre los prados.
En invierno el ambiente cambia por completo. Anochece pronto y el frío aprieta. Las calles quedan casi vacías y la vida se recoge alrededor del fuego. En noches despejadas, con poca iluminación artificial, el cielo se llena de estrellas de una forma que en las ciudades ya casi no se ve.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Salamanca capital el trayecto ronda los 90 kilómetros. Lo habitual es ir primero hacia Ciudad Rodrigo por autovía y después continuar por carreteras comarcales que atraviesan la dehesa.
Martiago no tiene una infraestructura turística grande ni demasiados servicios, así que conviene llegar con lo necesario si se piensa pasar el día por los caminos.
Las mejores épocas suelen ser primavera y otoño: el campo está más verde, hay movimiento en las fincas y la temperatura permite caminar sin el calor seco del verano ni el frío intenso del invierno.