Artículo completo
sobre Puebla de Azaba
Municipio de la comarca de Azaba con bosques de robles y actividad maderera
Ocultar artículo Leer artículo completo
En el extremo occidental de la provincia de Salamanca, donde las dehesas se extienden hasta rozar la frontera portuguesa, se encuentra Puebla de Azaba, una pequeña aldea de apenas 150 habitantes que conserva bastante intacta la esencia de la vida rural del Campo Charro. A unos 670 metros de altitud, este rincón de la comarca de Ciudad Rodrigo invita a bajar revoluciones y a mirar el paisaje con calma: encinas viejas, piedra granítica y un horizonte abierto que aquí es lo normal, no una postal preparada para el visitante.
El municipio forma parte de esa llamada España vaciada que, en realidad, está llena de rutinas rurales y de gente que sigue viviendo del campo. Sus calles, sus casas tradicionales de mampostería y las conversaciones pausadas de sus vecinos en la plaza componen una estampa que podría ser de hace décadas, con algún coche y móvil de por medio. No es un pueblo monumental ni aparece en las grandes guías turísticas, y ahí está parte de su interés: Puebla de Azaba funciona mejor como parada tranquila dentro de una ruta por la zona que como lugar al que venir expresamente varios días.
El entorno de dehesas que rodea la localidad es representativo del paisaje del suroeste salmantino, ese equilibrio trabajado durante siglos entre naturaleza y aprovechamiento ganadero. Aquí el tiempo transcurre al ritmo de las estaciones, marcado por el ciclo de la hierba, las vacas y las labores del campo.
¿Qué ver en Puebla de Azaba?
El patrimonio de Puebla de Azaba es discreto pero reconocible para cualquiera que conozca la arquitectura tradicional del Campo Charro. La iglesia parroquial, de piedra, preside el núcleo urbano con una construcción sobria, sin grandes alardes, pero con los rasgos típicos de las iglesias rurales salmantinas. No esperes retablos espectaculares ni visitas guiadas: es una iglesia de pueblo, usada y cuidada por su gente, y conviene adaptar la visita a los horarios de culto.
Pasear por el casco urbano permite fijarse en la arquitectura popular de la comarca: casas de mampostería granítica, portones de madera maciza y algún balcón de forja sencilla. Las construcciones auxiliares, como corrales y cuadras, recuerdan que aquí la ganadería no es decorado, sino el motor del lugar. En las afueras, algunas fuentes y abrevaderos de piedra hablan de cuando el agua no salía del grifo y había que organizar el día en torno a ella; algunos están algo deteriorados, pero el conjunto ayuda a entender cómo se vivía aquí hace no tanto.
El verdadero protagonista visual es el paisaje de dehesa que rodea el pueblo. Estas extensiones de encinas y alcornoques, con sus pastizales donde pace el ganado vacuno, forman un mosaico que hay que ver caminando, no solo desde el coche. Los aficionados a la fotografía tienen en los atardeceres sobre la dehesa un momento especialmente agradecido, sobre todo en primavera, cuando el verde rompe la monotonía de la piedra y la tierra.
La proximidad a Ciudad Rodrigo (a unos 25 kilómetros) permite combinar la visita a Puebla de Azaba con un paseo por uno de los conjuntos monumentales más importantes de Castilla y León, con su catedral, murallas y plaza mayor fortificada.
¿Qué hacer?
Puebla de Azaba se presta al turismo tranquilo y al contacto sencillo con la naturaleza, sin grandes infraestructuras ni carteles por todas partes. Las dehesas que rodean el municipio son adecuadas para realizar paseos y rutas de senderismo de baja dificultad, siguiendo pistas y caminos tradicionales. Conviene llevar mapa o aplicación de rutas, porque la señalización sobre el terreno es limitada y muchos caminos son usos ganaderos. Y conviene también asumir que hay cancelas y propiedades privadas: si dudas, no cruces.
La observación de fauna es uno de los atractivos más claros: buitres, cigüeñas, milanos y una buena variedad de rapaces sobrevuelan estos territorios. Con prismáticos, las primeras horas de la mañana y el final de la tarde son los momentos más agradecidos, siempre sin molestar al ganado ni salirse de los caminos.
La gastronomía local gira en torno a los productos de la dehesa: carnes de ternera, cerdo ibérico, quesos y embutidos elaborados de forma tradicional. En el propio pueblo la oferta es muy reducida, a veces inexistente según la época, así que lo sensato es contar con los bares y casas de comida de los pueblos cercanos o de Ciudad Rodrigo, donde platos como el hornazo, el farinato o las patatas meneás siguen siendo habituales.
Para los aficionados al turismo ornitológico, la zona forma parte de áreas de interés para la observación de aves de dehesa y alguna especie más ligada a medios abiertos. No hay observatorios espectaculares ni centros de interpretación, pero sí tranquilidad y poco ruido de fondo, que al final es lo que suele marcar la diferencia para escuchar y ver aves con calma.
La recolección micológica en otoño atrae también a algunos visitantes, siempre respetando la normativa local sobre aprovechamientos forestales y las indicaciones de los propietarios de las fincas. Más que venir solo por las setas, tiene sentido aprovecharlo como excusa para caminar la dehesa con otra mirada y entender que aquí casi todo tiene dueño y un uso concreto.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Puebla de Azaba, como el de muchos pueblos pequeños, se concentra en unas pocas fechas que reúnen a vecinos y a quienes regresan solo unos días al año. Las fiestas patronales suelen celebrarse durante el verano, habitualmente en agosto, cuando muchos hijos del pueblo vuelven desde las ciudades. Estos días suelen incluir actos religiosos, verbenas y comidas colectivas organizadas de manera más o menos informal, con un ambiente muy de casa, no de romería masiva.
La matanza tradicional en invierno sigue siendo una costumbre presente en algunas casas, aunque cada vez más reducida al ámbito familiar. Es un ritual que conecta con siglos de cultura rural y aprovechamiento del cerdo ibérico criado en las dehesas, y que ha ido adaptándose a las normas sanitarias actuales.
Las celebraciones del ciclo litúrgico marcan también el calendario: Semana Santa, con procesiones sobrias, y las festividades de invierno con un tono muy doméstico, más de convivencia que de espectáculo.
Cuándo visitar Puebla de Azaba
Primavera: meses como abril y mayo son los más agradecidos para ver la dehesa en verde, con temperaturas suaves y días más largos. Es cuando más se aprecia el contraste entre la piedra, las encinas y la hierba.
Otoño: los tonos ocres y la posibilidad de setas suman interés, pero las lluvias pueden complicar los caminos de tierra. Mejor llevar calzado que no se estropee con el barro y una capa de agua en la mochila.
Verano e invierno: en verano el calor aprieta a media tarde, pero las noches refrescan y se puede pasear sin agobios al amanecer y al atardecer. El invierno es frío y más corto de luz; si te gusta el ambiente de pueblo recogido, es cuando más se nota, pero hay menos movimiento y servicios abiertos.
Errores típicos al visitar Puebla de Azaba
- Esperar “mucho que ver” en el casco urbano: el pueblo es pequeño y el paseo se hace rápido. El interés está más en el paisaje y en entender la vida de dehesa que en ir de monumento en monumento.
- Pensar que todo el campo es accesible: buena parte de la dehesa son fincas privadas con ganado. No abras cancelas cerradas, no cruces alambradas y respeta siempre los carteles de “propiedad privada”.
- Confiar en encontrar siempre dónde comer o tomar algo: la oferta dentro del municipio es limitada y variable según la temporada. Mejor llevar algo de comida y bebida y planificar las paradas gastronómicas en pueblos mayores o en Ciudad Rodrigo.
Lo que no te cuentan
Puebla de Azaba es pequeño y se ve rápido. El paseo por el pueblo y los alrededores inmediatos no da, por sí solo, para un fin de semana completo. Tiene más sentido como parte de una ruta por la comarca de Ciudad Rodrigo y el oeste salmantino que como único destino.
Las fotos de la dehesa pueden llevar a pensar en un paisaje muy “salvaje”; en realidad, estás en un territorio totalmente trabajado por el ser humano, con fincas privadas, cancelas y ganado. Aquí lo rural no es decorado para el turista, sino forma de vida, y se nota en los horarios, en el silencio de las tardes de invierno y en que casi todo el movimiento se concentra en unos pocos días de verano. Si lo que buscas es eso, el lugar encaja; si esperas animación continua, mejor combinarlo con otros pueblos de la zona.