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sobre Villar de la Yegua
Localidad cercana al yacimiento de Siega Verde; tradición ganadera y entorno de ribera rocosa
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A primera hora de la mañana, cuando aún hay humedad en los caminos, Villar de la Yegua aparece entre encinas dispersas y parcelas de cereal. La carretera llega sin rodeos desde Ciudad Rodrigo y, de pronto, el pueblo queda delante: casas bajas, piedra clara y un silencio que solo se rompe cuando pasa algún coche o ladra un perro al fondo de una calle.
Villar de la Yegua, en la comarca de Ciudad Rodrigo, ronda los 150 habitantes. Está en una zona llana del oeste salmantino donde la dehesa marca el paisaje. Aquí el terreno se abre en grandes fincas con muros de piedra, encinas viejas y caminos de tierra que conectan unos pueblos con otros. No es un lugar de monumentos ni de plazas monumentales; lo que se ve tiene más que ver con la vida diaria que con el patrimonio monumental.
Calles cortas y casas de piedra
El casco urbano se recorre en poco tiempo. Las calles son cortas y bastante tranquilas, con viviendas de mampostería, portones de madera oscurecida y corrales que todavía se usan. En algunos patios se ven aperos de labranza apoyados contra la pared o remolques aparcados junto a la puerta.
No todo está restaurado ni abandonado: hay casas cuidadas y otras que muestran el paso de los años sin disimulo. Esa mezcla es bastante común en pueblos pequeños de esta parte de Salamanca, donde la población ha ido bajando con el tiempo pero todavía queda actividad ligada al campo.
La iglesia de San Bartolomé
La silueta más reconocible del pueblo es la iglesia parroquial de San Bartolomé. La torre sobresale por encima de los tejados y sirve un poco de referencia cuando uno llega por los caminos de alrededor.
El edificio combina partes antiguas con reformas posteriores, algo habitual en iglesias rurales que se han ido adaptando con los siglos. La puerta no siempre está abierta; cuando lo está, el interior es sencillo, con retablos y elementos que reflejan el uso cotidiano más que una intención artística destacada.
El paisaje de dehesa alrededor
Lo que realmente define a Villar de la Yegua está fuera del casco urbano. Al salir por cualquiera de las pistas que parten del pueblo aparecen las dehesas: encinas separadas entre sí, pastos abiertos y cercas de piedra que dibujan parcelas irregulares.
En primavera el campo se vuelve muy verde y el aire suele traer olor a hierba húmeda. En verano el paisaje cambia por completo: el suelo se vuelve pajizo y el sol cae con fuerza desde media mañana. En invierno no es raro encontrar escarcha sobre las piedras de los muros cuando amanece.
Por estos caminos es fácil ver cigüeñas buscando comida en los prados o milanos planeando despacio sobre los campos. No hay rutas señalizadas como tal, pero muchos caminos comunican con pueblos cercanos como La Encina o El Bodón. Basta seguir las pistas con calma y volver sobre los propios pasos.
Pasear sin prisa
En un pueblo así no hay una lista de lugares que ir tachando. Lo habitual es caminar un rato por las calles, acercarse a la iglesia, salir por algún camino y detenerse a mirar el paisaje abierto que rodea el pueblo.
Si tienes pensado acercarte, suele ser mejor evitar las horas centrales de los días más calurosos del verano: hay poca sombra dentro del casco urbano y el sol cae directo sobre las calles. A cambio, el atardecer tiene una luz muy suave que tiñe de dorado las paredes de piedra y alarga las sombras de las encinas en los campos.
Una parada tranquila cerca de Ciudad Rodrigo
Muchos viajeros llegan a Villar de la Yegua como una pequeña parada dentro de una ruta por la comarca de Ciudad Rodrigo. La ciudad está a unos 25 kilómetros y concentra buena parte del patrimonio de la zona, con su muralla, su catedral y varias plazas porticadas.
El pueblo funciona más bien como una ventana a la vida rural de esta parte del oeste salmantino: un lugar pequeño, silencioso y abierto al paisaje, donde lo más interesante no siempre está en los edificios sino en lo que ocurre alrededor de ellos.