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sobre Villasrubias
Municipio del Rebollar con piscina natural y entorno forestal denso; ideal para el verano
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En el extremo occidental de la provincia de Salamanca, donde la meseta castellana empieza a romperse en colinas que anuncian la raya con Portugal, está Villasrubias. Un municipio de unos 250 vecinos, a 849 metros de altitud, que es más un pueblo para vivirlo tranquilo que para ir tachando “puntos de interés” de una lista.
Villasrubias forma parte de la comarca de Ciudad Rodrigo, territorio de frontera que durante siglos fue escenario de conflictos entre reinos y que hoy se toma las cosas con mucha más calma. Encinas, fincas de ganado y dehesas marcan el paisaje. Aquí el tiempo lo mandan las estaciones, las labores del campo y las fiestas del pueblo, que siguen siendo el pegamento social.
Venir a Villasrubias es asomarse a una Salamanca poco turística: casas de piedra y adobe, plazas donde todavía se charla a la fresca y un entorno natural que es más para pasear sin prisa que para ir a hacer la foto rápida y marcharse.
Qué ver en Villasrubias
El patrimonio de Villasrubias es modesto, acorde al tamaño del pueblo, pero bastante representativo de la arquitectura rural salmantina.
La iglesia parroquial preside el núcleo urbano y funciona como lo que ha sido siempre: referencia visual y punto de encuentro. Arquitectónicamente no es una catedral en miniatura, pero vista de cerca se le notan los años y las capas de historia local. Vale la pena entrar, fijarse en los detalles y, si coincide, escuchar alguna anécdota de los vecinos mayores. Si hay misa o algún acto, mejor preguntar antes de entrar dando vueltas con la cámara.
El verdadero interés está en la arquitectura popular. Paseando por sus calles se entienden mejor la vida y el clima de esta zona: muros gruesos, ventanas pequeñas para guardar el calor, grandes portones de madera y patios interiores donde antes se mezclaban animales, aperos de labranza y vida familiar. Muchas casas se han rehabilitado, otras siguen tal cual, y el conjunto ayuda a imaginar cómo era el día a día aquí hace apenas unas décadas, cuando casi todo giraba alrededor del campo.
El entorno natural completa la visita. La dehesa que rodea el pueblo, con encinas viejas y praderas que cambian de color con las estaciones, invita a salir a caminar sin grandes complicaciones. Desde las afueras se tienen buenas panorámicas, sobre todo al atardecer, cuando la luz baja y el campo se vuelve dorado y se oye más a los pájaros que a los coches.
Qué hacer
Villasrubias encaja bien si lo que buscas es desconexión y contacto con la naturaleza, pero sin grandes alardes deportivos ni actividades organizadas.
El senderismo es lo más sencillo: pistas y caminos que salen del pueblo, muchos de ellos antiguas vías ganaderas, permiten pasear entre encinas y fincas. No son rutas señalizadas al estilo “parque nacional”, así que conviene preguntar a la gente del pueblo por los caminos más usados y respetar cancelas y propiedades privadas. Aquí se anda más “a la antigua”: referencia de cruce, arroyo, encina grande y poco más.
La observación de aves tiene bastante sentido aquí. Cigüeñas, milanos, buitres y pájaros forestales son habituales; no hace falta ser un experto, basta con ir con algo de calma y, si puede ser, con prismáticos. Si madrugas un poco o te quedas al atardecer, se nota.
Para quien practique cicloturismo, las carreteras secundarias que comunican Villasrubias con los pueblos de alrededor permiten rodar con poco tráfico y desniveles suaves. Es más terreno para bici tranquila que para grandes puertos, aunque conviene tener en cuenta que no hay arcén ancho y que los coches que pasan van “a pueblo”: pocos, pero a veces rápidos.
La gastronomía hay que tomársela con realismo: en el mismo pueblo la oferta es limitada, pero la cocina tradicional salmantina está en las casas y en las celebraciones. Hornazo, embutidos ibéricos, patatas meneás, migas… son platos que explican mejor que muchos libros qué se come y por qué en esta zona. Si no tienes familia o conocidos aquí, lo normal será comer en otros pueblos cercanos y dejar Villasrubias para el paseo y el rato tranquilo.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Villasrubias sigue el esquema de muchos pueblos de la zona, pero aquí las fiestas se viven a escala humana, todos se conocen.
Las fiestas patronales se celebran en verano, generalmente en agosto, cuando regresan los que viven fuera y el pueblo se llena de nuevo. Hay verbenas, juegos tradicionales, alguna actividad para todas las edades y comidas populares que se alargan más de lo previsto. No es un macrofestival: es ambiente de pueblo, con lo bueno (proximidad) y lo malo (si eres de fuera, al principio te sentirás un poco “nuevo”).
La Semana Santa, sin grandes procesiones, se vive de forma más íntima, con los actos en la iglesia parroquial. Es una buena época si quieres ver el pueblo funcionando “para dentro”, sin tanta gente de fuera y con un ritmo más de invierno que de verano.
En torno a San Antonio (mediados de junio) y otros santos locales se organizan celebraciones más pequeñas, pero con mucha carga emocional para quienes han crecido aquí. Si coincides, pregunta horarios en el bar o a los vecinos; la cartelería y las redes no siempre van al día.
Cuándo visitar Villasrubias
La primavera (abril-mayo) es cuando la dehesa está más agradecida: campos verdes, temperaturas suaves y más horas de luz para pasear. Es cuando más se entiende el paisaje de la zona.
En otoño (septiembre-octubre) bajan los calores, el paisaje vira a ocres y el ambiente es más tranquilo, sin el movimiento del verano. Buen momento si quieres combinar varios pueblos y carretear sin prisas.
El verano tiene el aliciente de las fiestas y de que hay más vida en las calles, pero también más calor y menos sombra de la que parece en las fotos. Mejor evitar las horas centrales del día para caminar y tener claro que, si pega fuerte el sol, las pistas de tierra se hacen pesadas.
El invierno es frío y, a menudo, seco. Si te gusta la sensación de pueblo casi vacío y cielos despejados, es tu momento, pero hay que venir abrigado y asumir que algunos servicios pueden estar más limitados y que anochece pronto.
Si llueve, el plan pasa más por paseos cortos, charlar con la gente del pueblo y tomárselo con calma que por hacer una gran ruta. Algunos caminos se embarran y no apetece tanto alargar.
Errores típicos al visitar Villasrubias
- Esperar “mucho que ver” en el sentido clásico: aquí no hay castillo, ni casco histórico monumental, ni lista larga de museos. Es un lugar de ritmo lento, más para estar que para hacer.
- Calcular mal los tiempos: el pueblo se ve rápido. Si vienes desde lejos, plantéate combinar la visita con Ciudad Rodrigo u otros pueblos de la zona para que el día cunda.
- Confiarse con el coche: las calles son estrechas y no todo es fácil para maniobrar. Mejor dejar el coche a la entrada o en zonas amplias y recorrer el pueblo a pie; te ahorras apuros y discusiones con el GPS.
- Subestimar el clima: en verano el sol pega fuerte; en invierno el frío se nota. Sombrero en una época, abrigo serio en la otra. Y agua siempre, aunque “solo vayas a dar una vuelta”.
Información práctica
Cómo llegar: Desde Salamanca capital, Villasrubias está a unos 90 kilómetros por la N-620 en dirección Ciudad Rodrigo y, después, por carreteras locales. El trayecto ronda la hora y cuarto, según tráfico y paradas. Desde Ciudad Rodrigo, la distancia es de unos 20 kilómetros, también por carreteras secundarias en buen estado.
Consejos:
Villasrubias es muy pequeño, así que conviene tener resuelto el alojamiento en localidades cercanas como Ciudad Rodrigo u otros pueblos de la comarca. Trae calzado cómodo para caminar por caminos de tierra y calles irregulares, y ropa de abrigo en invierno. El móvil hace las veces de cámara, pero aquí los atardeceres y los cielos limpios se prestan a hacer más de una foto; si te gusta la fotografía, un trípode ligero no sobra.
Lo que no te cuentan
Villasrubias, como muchos pueblos de la raya, se recorre en poco rato. No esperes pasar aquí varios días con agenda llena: funciona mejor como parada tranquila dentro de una ruta por la comarca de Ciudad Rodrigo o como base si tienes familia o raíces en la zona. Si vienes con esa idea, la visita sabe mejor y no hay decepciones: un paseo por el casco, una vuelta por la dehesa y un rato de conversación en la plaza valen más que veinte fotos en serie.