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sobre Quintana Redonda
Iglesia de la Asunción;Museo de la Cerámica (Tajueco - pedanía)
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A las siete de la mañana, cuando todavía no ha pasado casi ningún coche por la carretera, Quintana Redonda suena a mirlos y a algún perro que ladra al fondo del pueblo. El aire huele a cereal seco en verano y a tierra húmeda cuando ha llovido por la noche. Este pequeño municipio de Soria, con alrededor de quinientos vecinos, mantiene un ritmo que cambia poco de una estación a otra: campo, silencio y vida cotidiana que empieza temprano.
Situado en plena meseta soriana, Quintana Redonda se abre entre campos de cultivo que en verano se vuelven dorados y en invierno amanecen cubiertos de escarcha. Las calles son rectas y sin demasiados rodeos, pensadas más para pasar de una casa a otra que para pasear sin rumbo. En el centro aparece la iglesia de San Juan Bautista, de piedra sobria. La campana marca las horas y, según el día, también se oye bastante lejos, sobre todo cuando el viento sopla hacia los campos.
Calles con portones anchos
Al caminar por el pueblo se alternan fachadas de piedra con otras de adobe revocado. Muchas tienen portones anchos que dan acceso a corrales interiores. En algunos todavía se guardan aperos o se crían animales. Las rejas de hierro, las puertas de madera algo combadas y los muros gruesos hablan de inviernos largos.
Después de una lluvia breve —algo que aquí suele pasar rápido— el olor a polvo mojado se queda pegado al suelo de las calles. En esos momentos el pueblo se queda casi en silencio, salvo por algún tractor que entra o sale hacia los caminos del campo.
El horizonte abierto de la meseta
Desde varias esquinas de Quintana Redonda el paisaje se abre sin obstáculos. Caminos agrícolas salen del pueblo en líneas rectas y cruzan los cultivos hacia otros núcleos cercanos. En verano las cunetas se llenan de amapolas; en invierno los trigales aparecen blanqueados por la escarcha de primera hora.
Por la noche el cielo suele verse muy limpio. No hay demasiada iluminación y las estrellas aparecen con claridad cuando el aire está seco. En las madrugadas frías es fácil oír algún búho o el crujido del hielo fino sobre los charcos.
Caminos sencillos entre cereal
Los alrededores del pueblo se recorren bien a pie o en bicicleta por pistas agrícolas. No son rutas señalizadas como tal, sino caminos de trabajo que conectan parcelas y pequeños montes dispersos. En primavera, cuando empiezan a brotar las hierbas entre los surcos, el paisaje cambia bastante respecto al verano, más áspero y polvoriento.
Conviene evitar las horas centrales en los meses más calurosos: apenas hay sombra y el sol cae de lleno sobre los campos.
La luz sobre los campos
Los amaneceres suelen ser el momento más tranquilo. La luz entra muy baja sobre las tierras de cereal y marca las líneas del terreno recién trabajado. A última hora de la tarde el color cambia hacia tonos más cálidos y las fachadas claras del pueblo reflejan esa luz durante unos minutos antes de que caiga la noche.
Cocina ligada al calendario
La cocina de la zona sigue muy ligada al calendario agrícola. Cuando llega noviembre, muchas familias mantienen la costumbre de la matanza del cerdo, de donde salen chorizos, morcillas y otros embutidos que se curan durante el invierno. También son habituales platos contundentes como las sopas castellanas o las migas con pan asentado.
El cordero es otro producto muy presente en la provincia y suele aparecer en reuniones familiares o celebraciones.
Cuando regresan los que viven fuera
Durante buena parte del año Quintana Redonda es un lugar tranquilo, pero en agosto la situación cambia. Las fiestas dedicadas a San Juan Bautista reúnen a vecinos que viven fuera y regresan esos días. Las calles, normalmente silenciosas, se llenan de música y charlas largas en la plaza.
Si prefieres ver el pueblo con su ritmo habitual, conviene venir fuera de esa semana. En primavera o a comienzos del otoño se entiende mejor el pulso real del lugar: campos abiertos y un silencio que aquí sigue siendo parte del paisaje.