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sobre Chantada
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Te juro que el GPS se reía de mí. “Gire a la izquierda… gire a la izquierda…”, y el coche colgado en un viaducto sobre el Miño con vistas que te obligan a levantar el pie del acelerador. El turismo en Chantada empieza un poco así: vas por carreteras tranquilas, sin grandes anuncios, y de repente el pueblo ya está ahí. Aparcas, bajas del coche y te das cuenta de que estás en pleno interior de Galicia, con el río muy cerca y viñedos trepando por las laderas como si alguien hubiese decidido plantar uvas en sitios donde a cualquier persona sensata le daría vértigo.
De la trucha al vino: el menú que viene con mapa
Lo primero que me dijeron al llegar fue: “aquí se come bien”. Puede sonar a tópico, pero luego te sientas a la mesa y entiendes por qué lo repiten tanto. El pulpo suele aparecer con pimentón y cachelos bien cocidos, de esos que se quedan con todo el jugo del plato. Si vienes con hambre de carretera, mejor pedir ración completa; aquí no suelen escatimar.
De postre es bastante común encontrarse con la llamada tarta de Chantada. A simple vista recuerda a la de Santiago, pero lleva una capa de crema en medio que cambia bastante la historia. Es de esas tartas que parecen ligeras hasta que llevas dos cucharadas y ya estás mirando el café.
Y luego está el vino, claro. Chantada forma parte de la Ribeira Sacra, así que la mencía aparece en casi cualquier barra. Si miras hacia el Miño desde alguno de los miradores cercanos entenderás rápido de dónde sale: laderas empinadas llenas de bancales donde las cepas crecen casi colgadas sobre el río. A ese tipo de cultivo le llaman “viticultura heroica”, y cuando ves el terreno entiendes perfectamente el adjetivo.
Iglesias románicas escondidas entre aldeas
Una de las paradas habituales es San Salvador de Asma, un templo románico que queda a las afueras del núcleo principal. La piedra clara y la restauración relativamente reciente le dan un aspecto curioso: estructura medieval con sensación de edificio recién puesto a punto. Dentro hay un retablo muy trabajado que suele atribuirse a talleres importantes del Renacimiento, aunque la información cambia según a quién preguntes.
Si te mueves un poco por las parroquias de alrededor empiezan a aparecer más iglesias románicas: Camporramiro, Lousada, A Cova… Son de ese tipo de edificios que parecen pegados a la aldea desde siempre, con el cementerio al lado y un par de robles vigilando el atrio.
Hay quien recorre varias de ellas siguiendo lo que se conoce como ruta del románico interior. No es una ruta complicada: carreteras locales, pequeños desvíos y muchas paradas cortas. Más que una excursión deportiva, es de las de ir enlazando pueblos tranquilos.
Fiestas donde el vino manda bastante
En verano el centro suele llenarse con una feria de ambientación medieval. Puestos, trajes de época y bastante movimiento por las calles del casco urbano. Si llegas a media mañana todavía se camina bien; a partir del mediodía aquello ya funciona más como fiesta que como mercado.
Otra cita muy conocida en la zona es la fiesta del vino, que normalmente se celebra hacia finales del verano o comienzos del otoño, cuando la vendimia está cerca. El ambiente gira alrededor de las bodegas de la zona, con degustaciones y mucha gente con la copa colgando del cuello. Si te dejas llevar, la noche se alarga más de lo que pensabas cuando saliste del hotel.
El Asma, el Miño y los paseos que arreglan la tarde
El río Asma atraviesa Chantada antes de encontrarse con el Miño. A su lado hay un paseo fluvial bastante agradecido para caminar después de comer: sombra, agua corriendo y restos de antiguos molinos repartidos por el camino. No es una caminata exigente; más bien de esas que haces sin mirar el reloj.
Por la zona también queda un puente de piedra bastante antiguo que todavía sigue en uso. Lo cruzan coches, vecinos caminando y, de vez en cuando, algún pescador que baja hacia el agua con la caña al hombro.
Si te apetece ver el paisaje desde arriba, en los alrededores hay varios miradores sobre el valle del Miño. Uno de los más mencionados exige una pequeña subida por pista y sendero, nada dramático, pero lo suficiente para que al llegar arriba el río aparezca abajo haciendo curvas entre los cañones. De esos lugares donde te quedas unos minutos callado, mirando cómo cambia el color del agua según pasa la nube.
Mi veredicto (sin rollos)
Chantada funciona mejor como escapada corta que como destino para una semana entera. Vas, comes bien, pruebas el vino de la zona, das un paseo por el río y te acercas a algún mirador. En un día largo —o un fin de semana tranquilo— te haces una idea bastante clara del sitio.
Es uno de esos lugares que no intenta llamar demasiado la atención. Pero si te gusta el interior de Galicia, los pueblos que viven alrededor del vino y los paisajes de río profundo, aquí hay materia de sobra para pasar unas horas muy a gusto. Y seguramente te irás pensando que deberías volver en época de vendimia, que es cuando todo esto cobra todavía más sentido.