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sobre Ourense
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A las ocho de la mañana, el vapor sube lentamente desde As Burgas y se mezcla con el olor a pan recién hecho que sale de algún horno cercano. En la Plaza Mayor, los puestos del mercado aún no han abierto, pero ya se oye el ruido de las cajas de cartón arrastrándose por el suelo inclinado. Nadie diría que estamos en una capital de provincia: Ourense se mueve a ritmo de ciudad pequeña donde mucha gente se cruza dos veces al día.
El agua que todo lo cambia
Las termas forman parte de la vida diaria de Ourense. Los romanos llamaron a este lugar Aquae Originis cuando descubrieron que el agua brotaba del suelo a más de 60 grados. Dos mil años después, ese mismo vapor sigue saliendo de la piedra en pleno centro.
En As Burgas, el agua cae sin descanso dentro de pilas de granito. A media mañana suele haber jubilados sentados en los bancos de alrededor, leyendo el periódico o simplemente mirando el vapor subir despacio. El olor mineral se queda en la ropa.
A lo largo del Miño, ya a las afueras, hay varias zonas termales al aire libre. Se llega en coche o siguiendo el paseo fluvial, que es llano y bastante largo. La escena se repite todo el año: gente con la toalla al hombro, chanclas y una bolsa pequeña, como si fueran a la playa. Solo que aquí el río pasa lento, entre árboles, y el agua de las pozas sale caliente incluso cuando el aire corta la cara en invierno.
Conviene ir temprano si buscas tranquilidad. A media tarde, sobre todo en fines de semana, el ambiente cambia bastante.
La catedral que no esperas
La Catedral de San Martiño se descubre poco a poco. Desde fuera parece contenida, casi severa. Dentro, en cambio, cada espacio pertenece a una época distinta.
El Pórtico del Paraíso conserva restos de policromía que todavía sorprenden por la intensidad del color. El azul, protegido de la luz directa, aparece en pequeños fragmentos entre las figuras. Más arriba, el cimborrio gótico deja caer la luz en vertical, como si alguien hubiese abierto una claraboya sobre las columnas románicas.
A pocos minutos andando está el claustro de San Francisco, trasladado piedra a piedra desde su ubicación original en el siglo XX. Los arcos se repiten en doble fila y a mediodía proyectan sombras muy marcadas sobre el suelo. Es uno de esos lugares donde la gente se sienta un rato sin mirar el reloj.
Donde el vino sabe a hierba
La ciudad está muy cerca del Ribeiro, y eso se nota en las barras del casco histórico. El vino blanco aparece en vasos pequeños o en copas finas, fresco pero no helado. Tiene ese punto ácido que limpia el paladar después del pulpo o de cualquier plato contundente.
Ribadavia queda a unos veinte minutos en coche y suele ser una escapada habitual desde Ourense. El casco antiguo conserva calles estrechas de piedra y soportales donde el vino ha corrido durante siglos. En verano se celebra allí una fiesta histórica bastante conocida en Galicia, cuando el pueblo se llena de trajes de época y escenas medievales.
Pero el Ribeiro se entiende mejor en situaciones más cotidianas: una barra de madera, una botella abierta y alguien contando cómo fue la última vendimia en la finca de su familia.
Cuándo ir y qué evitar
Octubre suele ser uno de los mejores momentos para acercarse. Empiezan a aparecer los puestos de castañas asadas en las calles y el aire de la tarde ya refresca lo suficiente como para que meterse en el agua caliente tenga sentido.
Agosto puede resultar pesado. El calor aprieta con facilidad y durante el día las calles quedan medio vacías hasta que cae la tarde. Si vienes en verano, compensa madrugar y moverse a primera hora.
En invierno, en cambio, las termas tienen algo especial. Flotas en agua caliente mientras el vapor se mezcla con la niebla que sube del Miño. A veces apenas se distingue la otra orilla.
Al anochecer, el río se vuelve de un gris plateado que dura poco. Desde el puente medieval que cruza el Miño —reconstruido varias veces a lo largo de los siglos y todavía en uso— se ve cómo las luces empiezan a reflejarse en el agua. Durante unos minutos parece otra ciudad, más callada. Luego el tráfico vuelve a sonar y Ourense recupera su ritmo habitual. Pero el vapor sigue ahí, saliendo de la piedra como lo ha hecho siempre.