Artículo completo
sobre Coles
Ocultar artículo Leer artículo completo
Los domingos por la mañana, el turismo en Coles tiene algo muy concreto: olor a pan y a río. No es una forma de hablar. El Miño pasa por aquí con esa calma de río ancho que ya ha visto de todo, y el pueblo arranca despacio, como cuando un domingo te levantas sin despertador. Está a un cuarto de hora de Ourense en coche, pero entras y da la sensación de haber aflojado el ritmo un par de marchas.
Un municipio que vive mirando a Ourense
Coles es ese tipo de sitio que tiene la ciudad al lado pero no corre para alcanzarla. Mucha gente trabaja en Ourense y vuelve aquí por la tarde, así que el municipio mezcla casas de toda la vida con viviendas más recientes, garajes grandes y chalets que miran hacia el valle del Miño.
No esperes una aldea detenida en el tiempo. Si vienes buscando una postal perfecta de piedra vieja, probablemente te descoloque un poco. Pero también tiene su lógica: es un lugar vivido, no un decorado.
El municipio se reparte en varias parroquias pequeñas, cada una con su iglesia, su campo de la fiesta y ese grupo de vecinos que se conocen desde siempre. Vas pasando de una a otra por carreteras cortas, con viñas, huertas y el río apareciendo y desapareciendo entre los árboles.
Si te apetece caminar, una buena idea es bajar hacia la zona de Ribela y acercarte al Miño. Hay caminos sencillos que siguen la orilla. Nada de pasarelas espectaculares ni carteles cada diez metros: pista de tierra, algún banco y el río moviéndose lento. En otoño conviene llevar botas. El barro aquí no anda con tonterías.
Iglesias pequeñas, de las que siguen en uso
En Coles las iglesias no están pensadas para que entres cinco minutos y sigas ruta. Siguen siendo iglesias de pueblo: se abren para misa, para una boda o para el día del patrón.
Algunas conservan partes bastante antiguas, de piedra oscura y muros gruesos. Entras y huele a cera, humedad y madera vieja, ese olor que tienen los templos rurales cuando llevan siglos en el mismo sitio. No hay paneles explicativos ni audioguías, pero tampoco hacen falta demasiadas pistas para entender lo que estás viendo.
Cerca de la iglesia de Santa María de Ucelle aparece el Pazo de Fontefiz. Es un edificio grande, de esos que llaman la atención incluso desde la carretera. Durante años ha tenido distintos usos y no siempre se puede visitar, pero la fachada ya justifica parar un momento. Es como encontrarte un coche clásico aparcado en medio de un supermercado: no venías a verlo, pero acabas rodeándolo un rato.
Cuando llegan las fiestas de las parroquias
Entre finales de primavera y el verano las parroquias van celebrando sus fiestas patronales. No todas caen el mismo fin de semana, así que el calendario se va repartiendo.
La escena suele repetirse: carpa o escenario en el campo de la fiesta, orquesta por la noche y mesas largas donde la gente se junta a cenar. En algunos casos todavía se preparan platos tradicionales para compartir o se asan castañas cuando llega el frío, dependiendo de la época.
Si te cruzas con una de estas fiestas sin haberlo planeado, quédate un rato. Son celebraciones pensadas para los vecinos, pero nadie te va a mirar raro por acercarte a ver cómo va la verbena.
Aparcar y moverse por Coles
Llegar es sencillo desde Ourense por carretera. En el entorno del ayuntamiento suele haber sitio para dejar el coche sin demasiada complicación, y desde ahí puedes moverte a pie por los alrededores más inmediatos.
Si coincide con día de mercado o con alguna actividad en la plaza, puede haber más movimiento de lo habitual. En ese caso lo más práctico es aparcar un poco más arriba y bajar andando. Son trayectos cortos y así evitas dar vueltas.
Mi consejo es tomártelo como una pausa. Paseas un rato junto al Miño, te acercas a alguna iglesia, recorres un par de parroquias en coche y vuelves a la carretera. Coles funciona mejor así: sin plan demasiado cerrado y con tiempo para ir despacio. Porque al final el interés del sitio está justo en eso, en que aquí nadie parece tener prisa.