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sobre Nogueira de Ramuín
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Hay sitios a los que llegas casi por accidente. Vas siguiendo el GPS, la carretera se estrecha, empiezan a aparecer viñedos en las laderas y piensas: “¿seguro que es por aquí?”. Así empieza muchas veces el turismo en Nogueira de Ramuín. No está en la ruta típica de quien viene a Galicia a tachar lugares famosos, y quizá por eso cuando llegas da la sensación de haber descubierto algo por tu cuenta.
No es Cangas ni Combarro, ni falta que le hace. Aquí la gracia está en el paisaje del Sil, en las aldeas pequeñas y en ese silencio que aparece cuando te bajas del coche y no pasa nadie en cinco minutos.
San Estevo, el monasterio que manda en todo el valle
Si hay un lugar que marca el mapa del municipio es el monasterio de San Estevo de Ribas de Sil. Cuando bajas por la carretera y aparece entre el bosque, entiendes rápido por qué este sitio tuvo tanto peso durante siglos.
El origen del monasterio se remonta muy atrás —los primeros documentos suelen situarlo antes del siglo X— y con el tiempo llegó a ser uno de los centros monásticos más influyentes de esta parte de Galicia. Hoy el edificio se conserva muy bien y funciona como alojamiento histórico, pero lo que impresiona de verdad es el conjunto: los tres claustros, la piedra oscura y el entorno del cañón del Sil justo debajo.
Muy cerca hay varios miradores desde los que se entiende la llamada viticultura heroica de la Ribeira Sacra. Las viñas están colgadas de las laderas, casi en vertical. Cuando lo ves desde arriba, la comparación que se le ocurre a cualquiera es la del valle del Douro en Portugal.
Pequeñas iglesias románicas repartidas por las aldeas
Otra cosa que aparece una y otra vez en Nogueira de Ramuín son las iglesias románicas. No están todas juntas ni forman un gran conjunto monumental; más bien aparecen de repente en medio de una aldea o al lado de un campo.
La iglesia de San Martiño es una de las que suelen mencionarse cuando se habla del románico de la zona. Sus capiteles tienen figuras curiosas —animales, criaturas fantásticas— que recuerdan a ese imaginario medieval lleno de dragones y seres raros que los canteros dejaban esculpidos en la piedra.
San Martín de Ramuín también mantiene estructura románica, aunque con añadidos posteriores. Es lo normal en iglesias que llevan tantos siglos en pie: cada época fue tocando algo.
No son templos monumentales. Son más bien iglesias de parroquia, de las que llevan siglos viendo pasar entierros, fiestas y domingos tranquilos.
Los afiladores y la tradición que salió de estos montes
En Ourense la figura del afilador forma parte de la memoria colectiva, y en esta zona se suele contar que algunos de los primeros afiladores documentados salieron de aquí, hace varios siglos.
Eran oficios ambulantes. Gente que recorría pueblos y ciudades con la rueda de afilar y ese silbido tan reconocible. No es una historia llena de monumentos ni de museos, pero ayuda a entender cómo muchos vecinos de estas comarcas tuvieron que buscarse la vida viajando.
Luíntra, el pequeño centro del municipio
La capital municipal es Luíntra. No es grande —apenas un puñado de calles y servicios básicos— pero funciona como punto desde el que moverse por el resto del municipio.
Desde aquí salen varios caminos y paseos que se internan entre soutos de castaños y pequeñas aldeas. Algunos terminan asomándose al cañón del Sil, que aparece de repente cuando el bosque se abre.
En otoño el paisaje cambia bastante. Los castaños amarillean, las viñas empiezan a coger tonos rojizos y el río queda encajado entre paredes de roca. No es raro encontrarte a vecinos recogiendo castañas o caminando tranquilamente por los senderos.
Cómo plantear la visita
Nogueira de Ramuín no es un sitio de correr de un monumento a otro. Se parece más a esos lugares donde haces tres o cuatro paradas, conduces un rato entre viñedos y acabas en un mirador mirando el río sin prisa.
Un plan bastante sensato puede ser acercarse a San Estevo, parar en algún mirador del Sil y luego perderse por las aldeas donde están las iglesias románicas. Entre una cosa y otra se te va la mañana sin darte cuenta.
Es ese tipo de lugar donde lo mejor no siempre está señalado con un cartel grande. A veces simplemente aparece al doblar una curva. Y eso, en tiempos de rutas milimetradas y listas de “lo más visto”, se agradece bastante.