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sobre Verín
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Verín es como ese área de servicio en la que paras a estirar las piernas y acabas mirando el reloj porque llevas media hora más de la cuenta. Mucha gente lo cruza camino de Ourense o de Portugal, lo ve por la ventanilla y sigue. Pero cuando te bajas del coche y caminas un poco, el sitio cambia. Lo que parecía una parada rápida tiene más vida de la que se intuye desde la N‑525.
La fortaleza que lo vigila todo
Subir al castillo de Monterrei es un poco como subir a la azotea del edificio más alto del barrio: de repente entiendes cómo está organizado todo. Desde ahí arriba ves el valle del Támega y el camino hacia Portugal como quien despliega un mapa sobre la mesa.
Las murallas tienen ese aire de fortaleza usada, no de decorado recién pintado. Algo así como cuando ves un campo de fútbol de pueblo con las gradas algo torcidas: igual no es impecable, pero se nota que ha tenido vida. Empezaron a levantar el conjunto en el siglo XIII y el lugar ha ido cambiando con los siglos.
La torre del Homenaje, que se levantó en el XV, es de esas que invitan a imaginar historias medievales. Desde arriba el pueblo parece una maqueta. Casas bajas, campos alrededor y la frontera portuguesa muy cerca. Y lo mejor: no suele haber esa sensación de parque temático donde todo el mundo está esperando turno para la misma foto.
Carnaval con campanas
Si caes por aquí en febrero, el ambiente cambia bastante. El Entroido de Verín no se parece demasiado al carnaval de disfraz improvisado que muchos conocemos.
El protagonista es el Cigarrón. Lleva máscara de madera y un cinturón con campanas que suenan a cada paso. Cuando pasan corriendo por la calle el ruido recuerda al de un manojo de llaves gigante agitándose sin parar. Al principio te sorprende. Después de un rato te acostumbras, como cuando pasas unos días cerca de una vía de tren y acabas dejando de oírlo.
El pueblo entero se mete en la fiesta. No es algo montado para un fin de semana concreto. Las comparsas y los trajes se preparan con meses de antelación y eso se nota en la calle.
Donde el agua brota sola
En Verín el agua mineral aparece casi como si alguien hubiera dejado varios grifos abiertos bajo tierra. Hay manantiales conocidos en los alrededores, como Cabreiroá, Sousas o Fontenova, cada uno con su historia.
La zona de los manantiales se recorre caminando junto al río. No tiene la sensación de spa elegante con música suave de fondo. Es más bien como ese paseo que das después de comer para bajar la comida, solo que aquí vas encontrando fuentes minerales por el camino.
Si hace buen tiempo, siempre hay alguien remojando los pies o llenando una botella. Plan sencillo, de los que no necesitan mucha organización.
Comer y beber sin complejos
La comida aquí sigue la lógica de muchas zonas del interior gallego: platos contundentes y poco misterio. El cocido en invierno funciona como un radiador. Te sientas a la mesa con frío y sales con la sensación de haber recargado las pilas, como cuando enchufas el móvil que estaba al dos por ciento.
La ternera de la zona tiene bastante fama. Carne de la que se corta fácil y sabe a campo.
Y luego está el queso de Monterrei. No es de esos que vienen envueltos como si fueran un regalo caro. Es más directo. Sabor a leche y a pasto, de los que piden pan al lado.
Con el vino pasa algo curioso. La denominación de origen Monterrei no es tan conocida fuera, pero cuando pruebas un godello o un mencía de aquí ocurre lo típico: te preguntas por qué no aparece más a menudo en las cartas de vino, igual que ese grupo de música que descubres tarde y acabas escuchando en bucle.
El Portugal que está a un paseo
Verín y Chaves, en Portugal, funcionan casi como dos barrios separados por una línea en el mapa. La gente cruza la frontera con la misma naturalidad con la que cambias de supermercado cuando uno está más lleno que el otro.
Entre ambas localidades hay una ecovía que sigue el río Támega. Es un camino largo y bastante llano, de esos en los que puedes pedalear o caminar sin estar mirando constantemente el desnivel. Algo así como caminar por el paseo marítimo, pero en versión interior y rodeado de campo.
Mientras avanzas vas viendo cómo el paisaje apenas cambia aunque cruces de país. Solo te das cuenta por los carteles.
Cuándo ir (y por qué)
Fuera del Entroido, Verín suele moverse a un ritmo tranquilo. Ni calles vacías ni avalanchas de gente.
En septiembre suele celebrarse la vendimia en la zona, con ambiente alrededor del vino. En primavera también hay movimiento por una romería dedicada a San Lázaro en la que aparecen muchos vecinos con sus perros, algo que llama bastante la atención si no lo conocías.
Si tuviera que elegir momento, me quedaría con primavera u otoño. Temperatura suave y buen momento para caminar por los alrededores o acercarse a las zonas de viñedo.
Verín no juega a impresionar a primera vista. Funciona más como esas canciones que al principio pasan desapercibidas y a la tercera escucha te das cuenta de que tienen algo. No todo es postal. Pero se come bien, se bebe mejor y el ritmo es tranquilo. A veces eso es justo lo que apetece cuando viajas.