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sobre Redondela
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Redondela huele a tren y a mar. Es esa mezcla que te pilla cuando bajas del coche y te dice que estás en un sitio que vive entre dos aguas: la de la ría y la de los vagones que cruzan los viaductos desde hace más de un siglo. Oye, no es Cudillero ni Combarro, esos que salen en todas las postales. Redondela es más como ese primo que no es el más guapo de la familia pero siempre tiene una historia interesante que contar.
Los viaductos que le pusieron apodo
A Redondela la llaman "la Villa de los Viaductos" y aquí no hay exageración. Los dos grandes puentes ferroviarios del siglo XIX —el de Madrid y el de Pontevedra— siguen cruzando el pueblo como si nada, con esa presencia de obra antigua que ya forma parte del paisaje.
El de Madrid arrastra una de esas historias que se repiten mucho por aquí: que el ingeniero, Pedro Floriani, se tiró desde el viaducto porque pensaba que no le iban a pagar el trabajo. Según cuentan, el pago sí llegó… pero tarde. No es fácil saber cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda, pero la historia sigue circulando.
Hoy los viaductos son casi un punto de referencia. Los ves nada más entrar al centro y, si te quedas un rato por la zona, verás que todo el mundo acaba levantando la cabeza cuando pasa un tren por arriba. También los peregrinos, que aquí llegan desde el sur siguiendo el Camino Portugués.
El Camino que se cruza con la vida del pueblo
Redondela es una de esas paradas del Camino Portugués donde se juntan varias rutas. Por un lado llegan los que vienen pegados a la costa desde Vigo, y por otro los que suben desde el interior tras pasar por O Porriño. De repente el pueblo se llena de mochilas, bastones y gente buscando café a primera hora.
La Casa da Torre, un edificio histórico que durante años fue ayuntamiento, hoy funciona como albergue de peregrinos. Tiene gracia pensarlo: donde antes se hacían trámites municipales ahora duerme gente que lleva días caminando.
Pero el Camino aquí no se queda solo en las flechas amarillas. Está en las conversaciones rápidas en la panadería, en alguien que te señala una calle cuando dudas, en ese ambiente de tránsito constante. En verano se nota mucho más movimiento, eso sí.
La isla de San Simón, justo enfrente
Desde la orilla de la ría siempre tienes la isla de San Simón delante. No está lejos, pero tampoco es de esas a las que uno llega dando un paseo.
La isla ha tenido varias vidas: monasterio, hospital, lazareto para controlar epidemias y, durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo, prisión. Hoy funciona más bien como espacio cultural y natural, bastante tranquilo. Las visitas suelen estar organizadas y con horarios concretos, así que conviene mirarlo antes si te interesa entrar.
Si no cruzas, hay un plan que funciona muy bien: caminar por la zona de Cesantes bordeando la ría. Es un paseo bastante llano y con buenas vistas hacia San Simón y el puente de Rande al fondo.
Y sí, en la ría aparece también una referencia curiosa a Julio Verne. El escritor mencionó la batalla de Rande en Veinte mil leguas de viaje submarino, y por la zona hay guiños a esa historia.
Comer como se come aquí
Vamos a lo importante: comer. Aquí el guion es bastante gallego y bastante directo.
La empanada —muy típica la de bacalao con pasas— aparece en muchas mesas. Los chocos con patatas son otro clásico, sobre todo cerca de la ría. Y el pulpo a feira se sirve como se ha servido siempre: plato de madera, pimentón, aceite y listo.
No es un sitio de platos complicados ni de cartas interminables. Es más bien ese tipo de comida que llega a la mesa rápido, huele bien y desaparece igual de rápido.
Si coincide con temporada de marisco en la ría de Vigo, las almejas suelen aparecer mucho en las cartas de la zona. Y cuesta parar cuando empiezas.
Un municipio que no es solo el centro
Algo que muchas guías pasan por alto: Redondela no es solo el casco urbano. El municipio tiene varias parroquias repartidas entre el interior y la costa, cada una con su propio ritmo.
Una de las fiestas más conocidas es la Festa da Coca, ligada al Corpus Christi. Incluye una danza de espadas y una figura de dragón que recuerda a una leyenda local. También aparece la figura de Xan Carallás, un personaje popular al que se atribuye, según la tradición, la fundación del lugar.
No todo es postal, claro. Hay zonas más desordenadas urbanísticamente, aparcar en el centro a veces cuesta y hay tardes en las que el pueblo parece medio parado. Pero también forma parte de cómo se vive aquí.
Mi verdad sobre Redondela
¿Merece la pena acercarse? Depende de lo que busques.
Si tienes en la cabeza la imagen del pueblo gallego de piedra pulida y flores en cada balcón, puede que Redondela no encaje del todo. Pero si te interesa ver un lugar donde la ría, el tren y el Camino de Santiago se cruzan en la vida diaria, entonces tiene bastante sentido parar.
Yo lo haría así: paseo por el centro, vistazo a los viaductos, caminar un rato por la ría hacia Cesantes y comer algo sencillo por la zona. En unas horas te haces una idea bastante clara.
Redondela es ese tipo de sitio que no intenta impresionar a nadie. Y curiosamente, por eso mismo, acaba cayendo bien.