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sobre Alberite
Municipio muy próximo a Logroño con fuerte carácter agrícola y servicios residenciales; destaca su torre mudéjar.
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Cuando alguien habla de turismo en Alberite, tarde o temprano aparece el tema del chuletón. Es como ese primo que solo ves en bodas: se hace esperar, pero cuando llega, todo el mundo se calla. La primera vez que paré aquí estaba en un bar de la plaza, con la brasa oliendo a sarmiento y dos vecinos discutiendo sobre si el Iregua llevaba más agua que el año pasado. De repente, silencio. El carnicero había traído la pieza. Pensé: si un chuletón provoca este respeto, algo tendrá el pueblo.
A siete kilómetros de donde pasa todo
Alberite está tan cerca de Logroño que mucha gente lo usa casi como barrio dormitorio. Son apenas unos kilómetros. En coche tardas un suspiro y hay quien incluso se anima a ir y volver andando o en bici por el camino del Iregua.
Pero cuando entras en el casco viejo la cosa cambia un poco. El ritmo lo marcan las huertas que rodean el pueblo y los bares donde los agricultores desayunan temprano. Muy temprano. No es raro ver a gente con el café y algo contundente en el plato cuando todavía no ha salido del todo el sol. Tiene sentido: muchos llevan trabajando desde antes de las seis.
Una de las veces que coincidí con más ambiente fue en septiembre, durante la Fiesta de la Sardina, que aquí suelen celebrar sacando parrillas a la calle. Yo esperaba algo pequeño, casi familiar, y me encontré con bastante gente alrededor del fuego, sardinas asándose en corros y pan pasando de mano en mano. Ese tipo de celebración en la que acabas comiendo de pie y con olor a brasa en la ropa.
La torre que no quería ser castillo
La Torre de San Martín —a veces también llamada de Doña Urraca— es de esos restos que te hacen pensar que aquí han pasado más cosas de las que parece a primera vista. No es un castillo como tal, sino una torre defensiva que ha sobrevivido al paso de los siglos.
Con ella vienen las historias. Hay quien habla de un túnel que llegaría hasta el cerro del Castillar, donde existió un asentamiento medieval que fue arrasado en el siglo XI, en una de las campañas de Rodrigo Díaz de Vivar por la zona. Lo del túnel suena bien cuando te lo cuentan, aunque algún vecino me dijo medio riéndose que su abuelo pasó años buscándolo y lo único que encontró fue una vieja conducción.
Al lado está la iglesia de San Martín. No es un templo que impresione por tamaño, pero tiene ese silencio de iglesia de pueblo que huele a madera y a cera. Si entras un rato entre semana seguramente estés solo. Los domingos la cosa cambia: hay misa y el ambiente es mucho más de parroquia que de visitante curioso.
El Iregua, el verdadero dueño del pueblo
Si hay algo que marca Alberite es el río Iregua. El pueblo prácticamente vive pegado a él, y gran parte de los paseos salen desde ahí.
La vía verde del Iregua conecta con Logroño siguiendo el curso del río. Es un camino largo, bastante cómodo para andar o pedalear, con tramos de sombra y el sonido constante del agua al lado. Mucha gente lo usa justo para eso: salir de Alberite caminando y acabar entrando en Logroño con la excusa de tomar algo antes de volver.
Si no te apetece tanto trayecto, también puedes caminar hacia Albelda por el parque del Iregua. Es un paseo más corto, bastante habitual entre vecinos que salen a estirar las piernas por la tarde.
Bodegas de las que todavía huelen a mosto
En Alberite la cultura del vino no pasa por grandes instalaciones visitables ni por recorridos pensados para grupos. Lo que hay, sobre todo, son bodegas tradicionales excavadas o adaptadas bajo las casas.
Algunas familias todavía elaboran vino para consumo propio, como se ha hecho durante generaciones. Cuando te enseñan una de estas bodegas lo primero que notas es el olor: tierra húmeda, madera, mosto. Nada de salas brillantes ni paneles explicativos. Más bien cubas, herramientas viejas y alguien contando cómo lo hacía su abuelo.
En ciertos momentos del año, sobre todo cuando hay fiestas o jornadas relacionadas con el vino, algunas de estas bodegas se abren y se pueden ver por dentro. Es un paseo curioso porque te recuerda que el vino aquí no empezó como un producto turístico, sino como parte de la vida cotidiana.
Mi consejo: ven con hambre y sin prisa
Alberite no es un sitio de grandes monumentos ni de miradores espectaculares. Se entiende mejor cuando vienes sin agenda, aparcas donde puedas y te pones a caminar.
Date una vuelta por las calles cerca de la plaza, acércate al río y sigue el sendero un rato. Siéntate en un banco y verás pasar a medio pueblo: gente paseando al perro, ciclistas que van hacia Logroño, jubilados comentando el día.
Y luego está la comida. Aquí el plan suele ser sencillo: sentarse, pedir algo contundente y alargar la sobremesa. El chuletón aparece muchas veces en la conversación, claro, pero no es lo único. También salen platos de cuchara muy riojanos cuando hace frío.
Alberite no intenta impresionar a nadie. Está a pocos minutos de Logroño, pero funciona a su manera. Y quizá por eso hay gente que prefiere vivir aquí: lo suficientemente cerca de la ciudad, pero con el río y las huertas recordándote todo el rato que esto sigue siendo pueblo.