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sobre Logroño
Capital administrativa y económica; famosa por la Calle Laurel y su calidad de vida.
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El Camino de Santiago entra en Logroño por el puente de piedra. Es una entrada lógica: durante siglos ese paso sobre el Ebro marcó la vida de la ciudad. A pocos minutos aparece la calle Laurel, quizá el lugar donde mejor se entiende la relación de Logroño con el vino. Las tabernas se suceden puerta con puerta y la costumbre es moverse de una a otra con una copa de Rioja en la mano. Muchos peregrinos llegan aquí después de cruzar la sierra de Cantabria y descubren que la ciudad funciona con dos ritmos bastante claros: el de las campanas del casco antiguo y el de las barras cuando cae la tarde.
La ciudad que se organizó alrededor del puente
Logroño creció porque había que controlar este punto del Ebro. Durante la Edad Media la frontera entre los reinos de Navarra y Castilla estuvo cerca, y el puente se convirtió en un lugar estratégico para el comercio y el tránsito de peregrinos. A su alrededor se organizó la villa: muralla, puertas y un trazado de calles que todavía se reconoce en el casco antiguo.
Ese trazado medieval se percibe mejor en las calles próximas a Portales y al entorno de la Plaza del Mercado. Algunas casas conservan soportales y estructuras de madera que recuerdan cómo se construía en los siglos finales de la Edad Media. En ese mismo barrio está la iglesia de San Bartolomé, generalmente considerada el templo más antiguo de la ciudad. Su portada gótica, muy trabajada, contrasta con el resto del edificio, más sobrio. Durante siglos este lado de la ciudad miraba directamente al río y al puente, así que el control del paso estaba muy cerca.
La ciudad fue consolidando su papel administrativo con el tiempo. En el siglo XV recibió el título de ciudad por parte de la monarquía castellana, y esos reconocimientos todavía aparecen en el escudo municipal.
El asedio de 1521 y la fiesta de San Bernabé
Uno de los episodios históricos más recordados en Logroño ocurrió en 1521, cuando tropas francesas intentaron tomar la ciudad en el contexto de las guerras entre las coronas europeas de la época. La población resistió el asedio durante varias semanas hasta que el ejército atacante se retiró.
La memoria de aquel episodio se mantiene en la fiesta de San Bernabé, que se celebra cada mes de junio. Durante esos días el casco antiguo recrea escenas del asedio y se reparte pescado, una referencia a la tradición según la cual los habitantes lograron alimentarse pescando en el Ebro mientras la ciudad estaba cercada.
De la antigua muralla queda poco. El elemento más visible es el Cubo del Revellín, una estructura defensiva vinculada a las reformas militares del siglo XVI. Hoy es uno de los puntos más claros para imaginar cómo estaba fortificada la ciudad.
Tres iglesias en el corazón del casco antiguo
La Concatedral de Santa María de La Redonda domina la Plaza del Mercado. El edificio actual comenzó a levantarse en el siglo XVI y fue transformándose con el tiempo. Sus dos torres gemelas son ya parte del perfil urbano de Logroño. En el interior se conserva un retablo mayor barroco y varias capillas que muestran cómo fue creciendo la importancia religiosa y social del templo.
A pocos minutos está la iglesia de Santiago el Real, muy vinculada al Camino de Santiago. La iconografía jacobea aparece varias veces en su fachada y en el interior. No es casual: durante siglos fue uno de los templos que recibían a los peregrinos que entraban en la ciudad desde el este.
La tercera pieza importante es Santa María de Palacio. Su torre piramidal —a la que en la ciudad suelen llamar “la Aguja”— es fácil de reconocer desde distintos puntos del casco antiguo. La iglesia tiene origen medieval y estuvo ligada a órdenes religiosas y a la vida comercial que se desarrollaba cerca del río.
El mercado y la despensa riojana
Junto a La Redonda se encuentra el Mercado de San Blas. El edificio actual es del primer tercio del siglo XX y sigue funcionando como mercado de abastos. En los puestos aparecen con frecuencia productos de la huerta riojana y de los valles cercanos: pimientos, setas en temporada o alubias que forman parte de la cocina tradicional de la región.
El ambiente cambia según el día de la semana, pero mantiene algo que ya casi ha desaparecido en muchas ciudades: compra directa, conversación breve con quien vende y un ritmo más pausado que el de los supermercados.
El vino en la vida cotidiana de la ciudad
Hablar de Logroño sin mencionar el vino sería difícil. La ciudad forma parte del territorio histórico del Rioja y esa relación se nota en la vida diaria. Durante las fiestas de la vendimia en septiembre el vínculo es más visible, pero la presencia del vino se mantiene todo el año.
En el subsuelo del casco antiguo existieron durante siglos calados: bodegas excavadas que aprovechaban la temperatura estable de la tierra para conservar el vino. Algunos siguen conservándose, aunque muchos se han transformado con el paso del tiempo.
Las calles Laurel y Travesía de Laurel concentran buena parte del ambiente gastronómico del centro. La costumbre es recorrer varios bares probando pequeñas raciones mientras se bebe vino por copas. A determinadas horas la mezcla es curiosa: vecinos del barrio, gente que trabaja en la ciudad y peregrinos del Camino de Santiago que han decidido alargar la parada.
Cómo moverse por la ciudad
Logroño está bien comunicada por carretera con otras ciudades del norte peninsular y también cuenta con conexiones ferroviarias y de autobús. Las estaciones quedan relativamente cerca del centro, de modo que se puede llegar caminando al casco antiguo en pocos minutos.
El núcleo histórico es compacto y se recorre sin dificultad a pie. Un paseo habitual comienza en la Plaza del Mercado, continúa por la calle Portales y termina cerca del Ebro, donde se ve el puente de piedra por el que entran los peregrinos.
Quien tenga algo más de tiempo puede acercarse al Museo de La Rioja, instalado en un antiguo palacio del centro. Su colección ayuda a entender la historia de la región, desde restos arqueológicos hasta arte de época moderna. A partir de ahí, la ciudad vuelve a lo de siempre: caminar un poco más, cruzarse con el río y acabar en alguna barra del casco antiguo. Logroño funciona bastante bien así.