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sobre Alfaro
Ciudad de las cigüeñas famosa por albergar la mayor colonia mundial sobre un solo edificio; rica en patrimonio barroco.
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Hay pueblos que se hacen famosos por una foto de Instagram y otros que llevan siglos siendo importantes sin que nadie se entere. Alfaro es más bien de los segundos. Mientras mucha gente pasa de largo camino de Logroño, aquí llevan mucho tiempo siendo un cruce natural: el Ebro cerca, vías de tren que conectan media España, aves migratorias que paran a descansar y peregrinos que siguen el Ebro rumbo a Santiago.
El pueblo donde las cigüeñas mandan
La primera vez que fui a Alfaro fue por error. Había perdido el tren en Calahorra y el siguiente paraba aquí. Salí de la estación y me encontré con algo que no esperaba: cientos de cigüeñas blancas girando alrededor de las torres de la Colegiata como si aquello fuera un aeropuerto en miniatura.
Hay algo que no te cuentan hasta que estás allí: el ruido. Cuando se juntan tantas, el golpeteo de los picos y el aleteo constante montan un jaleo que recuerda a un patio de colegio, pero en el aire.
Llevan décadas instaladas en el tejado de la Colegiata de San Miguel y en los edificios de alrededor. En el pueblo se han acostumbrado a convivir con los nidos como quien convive con palomas en una plaza, solo que aquí el tamaño cambia bastante.
Un buen sitio para entender la escala del asunto es La Plana, el monte que domina el pueblo. Desde arriba ves las torres, el casco urbano y el ir y venir de las cigüeñas cuando cae la tarde. Ese momento en que empiezan a regresar a los nidos es de los que se te quedan grabados.
De romanos a ciclistas pasando por un santo
El casco antiguo de Alfaro funciona un poco como esos libros que vas leyendo hacia atrás: empiezas por lo más visible y poco a poco aparecen capas de historia.
La Colegiata de San Miguel es el edificio que marca el perfil del pueblo. Es enorme para el tamaño de Alfaro, levantada en ladrillo y con un aire que recuerda más a una fortaleza que a una iglesia. Dentro está la tumba vertical de José Sáenz de Heredia, enterrado de pie mirando hacia la casa de su amor imposible. Suena a leyenda local, pero es una de esas historias que aquí todo el mundo conoce.
A pocas calles aparecen restos de época romana, como el ninfeo, una construcción relacionada con el agua. No queda una ciudad romana completa, claro, pero sirve para recordar que aquí estuvo Graccurris, un asentamiento importante en su momento.
Y luego están esas cosas raras que te encuentras en pueblos grandes. En Alfaro existe una colección de bicicletas en miniatura que empezó como afición privada y acabó convirtiéndose en una pequeña exposición que a veces se puede visitar. Más de mil modelos diminutos. De esas cosas que no esperas ver y que acaban siendo parte del recuerdo del viaje.
Comer a paso lento, sin postureo
La cocina de Alfaro va más por el lado de las recetas de siempre que por experimentos. Platos contundentes, de los que salen de la cocina en una sartén grande para compartir.
El bacalao al ajo arriero es uno de los clásicos: bacalao desmigado con patata y pimientos choriceros. Es de esos platos que parecen sencillos hasta que intentas hacerlos en casa y no saben igual.
En primavera es habitual escuchar hablar de la culeca, un bollo dulce ligado al Jueves Lardero. La tradición manda subir a La Plana a comerlo. Familias enteras con mantas, tortillas, vino y el bollo recién hecho. Si lo ves desde fuera parece simplemente un picnic multitudinario, pero cuando preguntas a la gente del pueblo te das cuenta de que es uno de esos rituales que llevan generaciones repitiéndose.
Y en Semana Santa aparecen las torrijas de vino, empapadas antes en vino tinto de la zona. Tienen ese punto entre dulce y potente que te deja bastante claro dónde estás.
Senderos donde el Ebro marca el ritmo
Alfaro tiene mucho término municipal y eso se nota cuando sales a caminar. Cerca del pueblo está la reserva natural de los Sotos del Ebro, una zona de ribera donde el río sigue bastante a su aire.
Hay senderos que recorren varios kilómetros entre chopos y carrizales. El terreno es llano, así que se camina sin esfuerzo mientras vas viendo garzas, martines pescadores y, con suerte, alguna nutria si el día está tranquilo.
Otra ruta sencilla conecta la zona del pueblo con restos relacionados con el antiguo sistema de agua romano. No es larga, pero ayuda a entender por qué los romanos se asentaron aquí: agua cerca, tierras fértiles y una posición estratégica junto al río.
Desde Alfaro también arranca el Camino de Santiago del Ebro. La primera etapa hacia Aldeanueva atraviesa campo abierto durante bastantes kilómetros. Conviene salir con agua porque hay tramos donde no aparece ni una sombra.
Mi consejo de amigo
Alfaro no funciona muy bien con mentalidad de lista de cosas que tachar. Es más de bajar el ritmo: dar una vuelta por el centro, sentarte un rato en el paseo de la Florida y mirar al cielo cuando pasan las cigüeñas.
Cuando el día está claro, el contraste entre el ladrillo de la Colegiata y las aves planeando encima tiene algo hipnótico. Te quedas mirando más tiempo del que pensabas.
Si vienes en primavera, verás más movimiento de cigüeñas y el campo alrededor suele estar verde. En septiembre, con las fiestas de la Virgen del Burgo, el pueblo cambia bastante y hay más ambiente por las calles.
Para una primera visita, un día llega para recorrer lo principal. Si añades un paseo por los Sotos del Ebro o alguna caminata por los alrededores, entonces sí merece la pena dormir cerca y tomárselo con calma.
La estación de tren queda a un paseo del centro, así que ni siquiera hace falta coche para moverse por lo básico. Y cuando subas a La Plana al atardecer y veas las cigüeñas girando sobre la Colegiata, probablemente entiendas por qué Alfaro se recuerda más por el cielo que por las calles.