Artículo completo
sobre Enciso
Capital de los dinosaurios en La Rioja; cuenta con un parque de paleoaventura y numerosos yacimientos.
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos que te entran por los ojos nada más llegar. Enciso no va por ahí. Enciso es más bien como esos documentales de dinosaurios que veíamos de críos: al principio parece solo tierra y piedras… hasta que alguien señala el suelo y te dice “mira bien”. Y entonces cambia todo.
El turismo en Enciso gira alrededor de algo bastante poco habitual: huellas de dinosaurio a la vista de cualquiera. No en vitrinas ni detrás de cristales, sino en la propia roca, al aire libre. Y el paisaje acompaña: cerros rojizos, barrancos secos y un terreno que, por momentos, recuerda más a Almería que a la idea que mucha gente tiene de La Rioja.
Los secretos debajo de los pies
Antes de lanzarte al campo a buscar pisadas, suele merecer la pena pasar por el Centro Paleontológico. No es un museo enorme ni de esos que te tienen dentro media mañana, pero cumple bien su papel: sales entendiendo qué estás mirando luego en las rocas.
Allí explican cómo se formaron esas huellas y por qué aparecen precisamente en esta zona. Con esa pequeña base, visitar yacimientos como Virgen del Campo o Valdecevillo cambia bastante. Ya no ves “marcas raras en la piedra”, sino el rastro de animales que pasaron por aquí hace millones de años.
Además, varios de estos lugares tienen pasarelas y paneles que ayudan a distinguir las icnitas sin volverte loco buscándolas. Algo que se agradece, porque a simple vista no siempre es tan evidente como en las fotos.
Pasear por el pueblo (que se ve rápido)
Enciso es pequeño, de los que recorres en un paseo tranquilo sin necesidad de mapa. La iglesia de San Pedro marca bastante el centro del pueblo y alrededor aparecen calles cortas, casas de piedra y algún patio excavado en la roca que llama la atención si vas mirando con calma.
No es un casco urbano lleno de monumentos ni de plazas grandes. Más bien tiene ese aire de pueblo serrano tranquilo donde la vida va a otro ritmo. De hecho, lo normal es verlo en un rato y luego moverse hacia los yacimientos de los alrededores.
Ver huellas de dinosaurio sin ser geólogo
La gracia de Enciso es que no necesitas saber nada de paleontología para disfrutarlo. Los yacimientos cercanos están bastante preparados para la visita: caminos claros, miradores y paneles que te señalan dónde mirar.
Valdecevillo, por ejemplo, suele llamar la atención porque se aprecian bien varias huellas siguiendo una misma dirección, casi como si alguien hubiera pasado andando hace un rato. Cuando te lo explican, te das cuenta de que estás mirando literalmente el paso de un animal de hace millones de años. Es una sensación un poco rara, en el buen sentido.
Si solo tienes un par de horas
Enciso se ve rápido, y eso no es una crítica. Es más bien un sitio para parar, entender qué pasa aquí y seguir ruta.
Un plan bastante lógico sería: paseo corto por el pueblo, visita al centro paleontológico para poner todo en contexto y luego acercarte en coche a uno o dos yacimientos cercanos. Con eso ya te llevas la idea de lo que hace especial a esta zona.
Errores bastante típicos
El primero: venir en pleno verano a mediodía pensando que será un paseo agradable. El paisaje es bonito, sí, pero también seco y abierto. Cuando pega el sol, pega bien.
El segundo: venir con calzado de paseo muy ligero. Muchos accesos son sencillos, pero el terreno es pedregoso y desigual. Unas zapatillas decentes te ahorran resbalones tontos.
Y otro detalle: después de lluvias, algunos senderos pueden ponerse algo embarrados o resbaladizos. Conviene tomárselo con calma.
Lo que Enciso es… y lo que no
Enciso no es un pueblo de esos donde pasas el día entero saltando de plaza en plaza o entrando en tiendas. Aquí casi todo gira alrededor de las huellas de dinosaurio y del paisaje que las rodea.
Si vienes con esa idea, funciona muy bien como parada dentro de una ruta por esta parte de La Rioja. Ves algo que no es nada común, das un paseo tranquilo y sigues camino.
Y hay un momento curioso que le pasa a bastante gente: estás mirando una roca llena de marcas y, de repente, caes en que alguien —bueno, algo— caminó exactamente por ese mismo sitio hace millones de años. Ese tipo de pensamiento no te lo llevas todos los días de un pueblo de 167 habitantes.