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sobre Munilla
Antiguo centro industrial textil y del calzado; hoy destaca por su patrimonio paleontológico y festivales.
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¿Sabes cuando llegas a un sitio y la primera sensación es que aquí no pasa prisa por nada? Eso me pasó la primera vez que paré en Munilla. Es un pueblo pequeño de La Rioja, metido en el valle del Cidacos, de esos donde el silencio no es postureo rural: simplemente es lo que hay. Casas de piedra, tejados rojizos y un puñado de calles que se agarran a la ladera mientras el valle se abre alrededor.
En Munilla no hay carteles intentando llamar la atención ni un casco histórico pensado para hacerse fotos cada cinco metros. Es más bien un lugar donde uno pasea mirando detalles: una puerta que lleva ahí décadas, un balcón torcido, una fachada que ha visto más inviernos de los que cualquiera recuerda.
Cómo es el núcleo urbano y en qué fijarse al caminar
La iglesia parroquial está en el centro de la vida del pueblo, aunque arquitectónicamente es bastante sobria. No es uno de esos templos que te obligan a levantar la cámara, pero encaja bien con el resto: piedra, proporciones sencillas y esa sensación de edificio que ha cumplido su función durante generaciones.
El casco urbano se recorre rápido. Si vas con paso alegre, en media hora lo tienes visto. Pero Munilla funciona mejor cuando bajas el ritmo. Empiezas a notar los remiendos en las paredes, las vigas de madera que asoman en algunas casas o los arcos que conectan callejuelas.
A mí me gusta subir un poco hacia los bordes del pueblo. Desde ahí se entiende mejor cómo está colocado: un pequeño núcleo rodeado de lomas, campos y manchas de encinas. Nada espectacular, pero sí muy reconocible si conoces el interior de La Rioja.
Caminos alrededor del pueblo
En cuanto sales del casco urbano aparecen caminos agrícolas que bajan hacia el valle o serpentean entre campos. No son rutas señalizadas al estilo de un parque natural; son los caminos que siempre han usado los vecinos para moverse por la zona.
Las pendientes suelen ser suaves y el paisaje cambia bastante según la época del año. En primavera el valle se ve más verde de lo que muchos imaginan cuando piensan en La Rioja. A finales de verano y en otoño dominan los tonos ocres y el terreno se vuelve más seco.
Si te gusta caminar sin demasiadas complicaciones, basta con seguir uno de estos caminos un rato y luego volver al pueblo. No hace falta planificar una ruta larga para disfrutar del entorno.
Aves, campo abierto y ratos tranquilos
El valle del Cidacos tiene bastante vida si vas atento. Con algo de paciencia se dejan ver aves comunes de zonas agrícolas: cernícalos planeando sobre los campos, abubillas en los márgenes o, en determinadas épocas, abejarucos cruzando el cielo con ese vuelo tan reconocible.
No es un lugar preparado como observatorio ornitológico, pero precisamente por eso se disfruta de otra manera: caminando, parándote un momento y escuchando el campo.
También es buen sitio para fotografía tranquila. Las primeras horas del día y el final de la tarde cambian bastante el aspecto del paisaje y de las fachadas de piedra del pueblo.
Las fiestas y el regreso de quienes se fueron
Como pasa en muchos pueblos pequeños, en agosto Munilla cambia un poco. Vuelven vecinos que viven fuera durante el resto del año y el pueblo recupera movimiento durante unos días.
Las celebraciones suelen ser sencillas, muy ligadas a la gente del propio pueblo y a las familias que mantienen raíces aquí. Nada pensado para atraer grandes cantidades de visitantes, más bien encuentros entre quienes siguen teniendo Munilla como referencia.
También se mantienen algunas tradiciones relacionadas con el calendario religioso o con las labores del campo, aunque muchas veces toman forma de reuniones informales más que de grandes actos.
Una parada breve, pero con sentido
Munilla no es un sitio para llenar un día entero de planes. Y no pasa nada por decirlo. Funciona mejor como parada dentro de una ruta por el valle del Cidacos, sobre todo si ya estás visitando lugares como Arnedo u otros pueblos de la zona.
Un paseo por el casco, una vuelta corta por los caminos cercanos y un rato mirando el valle desde algún punto elevado. Con eso te haces una idea bastante clara del lugar.
Cosas a tener en cuenta antes de ir
Es un municipio pequeño y eso se nota en los servicios. No conviene llegar pensando que habrá todo abierto a cualquier hora. Mucha gente que pasa por aquí viene ya desde Arnedo u otras localidades cercanas.
Para llegar desde Logroño lo habitual es bajar hacia el valle del Ebro y después dirigirse a Arnedo; desde allí la carretera continúa hacia el interior del valle hasta Munilla. El trayecto final es tranquilo, de esos en los que empiezas a ver cada vez menos tráfico y más paisaje.
Primavera y otoño suelen ser momentos agradables para acercarse. En verano el sol aprieta bastante a mediodía, aunque al caer la tarde el ambiente suele refrescar, algo bastante típico en esta parte de La Rioja. Si vas a caminar por los alrededores, mejor llevar agua y tomárselo con calma. Aquí el plan va justo de eso.