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sobre Autol
Conocido por las formaciones rocosas del Picuezo y la Picueza; importante centro de producción de setas y champiñón.
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Autol huele a champiñón. No en el sentido romántico de “vamos a coger setas al monte”, sino en plan industrial: cuando bajas por la carretera desde Logroño y el Cidacos hace su giro casi completo, el aire cambia. Se vuelve terroso, húmedo, como cuando entras en un invernadero después de regar. Son las naves de cultivo, que en algunos tramos de la vega forman una especie de ciudad de plástico blanco.
Ahí empieza a entenderse el turismo en Autol. Este no es un pueblo que un día decidiera presumir de su producto estrella. Más bien al revés: el champiñón acabó convirtiéndose en el motor de un lugar que, durante buena parte del siglo XIX, perdió peso administrativo y tuvo que reinventarse como tantos otros pueblos del valle.
El meandro que manda en el paisaje
Si subes hacia la zona del antiguo castillo —lo que queda hoy es más bien un alto con buenas vistas— se entiende rápido la geografía del sitio. El Cidacos dibuja una curva casi cerrada alrededor del casco urbano, como si abrazara el pueblo antes de seguir camino hacia el Ebro.
Es de esos lugares donde un geógrafo se queda mirando el mapa con cara de felicidad, mientras el agricultor piensa en las riadas. El río riega las huertas de la vega, donde todavía se ven parcelas de alcachofa y otras verduras que luego aparecen en los platos de la zona.
Arriba también está la iglesia de San Adrián y Santa Natalia, bastante visible desde casi cualquier punto del pueblo. Dentro conservan una talla románica de la Virgen que, según cuentan aquí, solo sale en momentos muy concretos del calendario.
Cuando el champiñón manda
Autol sin champiñón sería como Logroño sin vino: posible, sí, pero raro.
Gran parte del cultivo se hace en naves cerradas alrededor del pueblo, y eso ha marcado la economía local durante décadas. A finales de abril suele celebrarse una feria dedicada al producto que llena la plaza y varias calles con puestos y degustaciones. Es uno de esos fines de semana en los que el pueblo se anima bastante y se ve más movimiento del habitual.
Si te sientas a comer por aquí, lo normal es que el champiñón aparezca de alguna forma en la mesa. A la plancha, en salsa, con jamón… cada casa tiene su manera. También hablan mucho del llamado champiñón de Autol, que suele tener el sombrero más ancho y una textura bastante firme cuando se cocina.
Tres paseos que mucha gente pasa por alto
Muchos visitantes hacen el mismo recorrido rápido: plaza, iglesia, foto con el Picuezo y la Picueza —los dos monolitos de roca que sobresalen en las afueras— y vuelta al coche.
Pero si te apetece caminar un poco, hay más.
La senda que sube hacia los monolitos es corta y bastante asequible. En poco rato estás arriba viendo el meandro entero y las huertas del valle. Desde allí se entiende por qué el pueblo ha crecido donde ha crecido: el río pone límites bastante claros.
También pasa por aquí un recorrido señalizado que conecta con la zona de Enciso y sus yacimientos de icnitas. Es una caminata más larga, de esas que conviene mirar antes en el mapa y tomársela con calma.
Dónde comer sin complicarte demasiado
No voy a recomendarte un bar concreto, entre otras cosas porque estos sitios cambian con los años y sería jugar a adivinar el futuro.
Lo que sí pasa en Autol —como en muchos pueblos agrícolas— es que todavía existen menús bastante generosos a mediodía. Si ves coches de trabajadores aparcados en la puerta, suele ser buena señal.
El plato más fácil de encontrar es el champiñón guisado o a la plancha con algo de jamón y pan para mojar. Cuando es temporada, también aparece la menestra con verduras de la vega, donde la alcachofa suele tener bastante protagonismo.
Y luego están algunas recetas más caseras que todavía se ven en fiestas o reuniones familiares, como el llamado gazpacho autoleño, que poco tiene que ver con el andaluz: es más bien un caldo espeso con pan y verduras.
Cuánto tiempo dedicarle
Autol es de esos pueblos que se recorren rápido.
En una mañana puedes pasear por el casco, subir hacia los monolitos y comer tranquilo antes de seguir ruta por el valle del Cidacos o acercarte a Calahorra. Si vienes en uno de los fines de semana en que hay feria o ambiente en la plaza, el plan se alarga solo.
No es un destino de varios días, siendo sinceros. Pero funciona muy bien como parada en la zona. De esas en las que bajas del coche “un momento”, te comes un plato de champiñones y acabas entendiendo por qué medio pueblo vive alrededor de un hongo.