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sobre Ezcaray
Villa turística de montaña por excelencia; destaca por su estación de esquí
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El olor a seta y a leña quemada se queda suspendido en la plaza mientras el termómetro apenas pasa de los seis grados. Son las diez de la mañana de un domingo de noviembre y el turismo en Ezcaray todavía va despacio. Las sillas de las terrazas siguen húmedas por el rocío de la noche y los pocos vecinos que hay se refugian dentro de los bares, con el café humeante y la tostada de pan grueso que cruje al partirla.
Ezcaray nació como villa de frontera en la Alta Edad Media, cuando estos valles marcaban el límite entre reinos. Hoy la frontera es otra: aquí empieza la sierra de la Demanda y termina la Rioja de los grandes viñedos. A unos 800 metros de altitud, el pueblo vive mirando hacia el monte. En invierno la nieve de Valdezcaray tira de gente hacia arriba; en otoño llegan los que caminan por el hayedo con cesta y navaja. Durante esos meses el pueblo se llena bastante más de lo que sugieren sus poco más de dos mil habitantes.
El agua que marca el ritmo del pueblo
El río Oja —el mismo que da nombre a toda la comarca— baja claro y frío por el centro del valle. Su nacimiento está en la sierra, a pocos kilómetros, y en Ezcaray se le oye casi siempre: bajo los puentes, entre las huertas, detrás de algunas casas.
Una buena forma de seguirlo es la vía verde que ocupa el antiguo trazado del ferrocarril que unía Ezcaray con Haro. El tren dejó de circular hace décadas, pero el camino sigue ahí, ancho y fácil, muy usado por ciclistas y gente que sale a caminar. A un lado quedan prados húmedos; al otro, manchas de hayedo y pinar que en otoño cambian de color casi de una semana a otra.
En el propio casco urbano, el puente de Canto suele considerarse el más antiguo. Desde ahí se entiende bien cómo el agua marcó la vida del pueblo. Durante siglos hubo aquí una pequeña industria textil bastante activa. Los telares funcionaban gracias al caudal del río y llegaron a trabajar muchas familias del valle. Hoy quedan algunos edificios de aquellas fábricas y, en casas viejas, todavía aparece a veces algún retal de lana guardado en desvanes.
Otoño: cesta, navaja y suelo húmedo
Cuando llegan las primeras lluvias serias de septiembre, la conversación en Ezcaray cambia de tema. Empiezan a hablar de setas.
En los montes cercanos —sobre todo en hayedos y pinares— aparecen níscalos, boletus y otras especies que atraen a mucha gente cada fin de semana. Tradicionalmente el pueblo organiza actividades y encuentros alrededor de la micología, con mesas donde se exponen ejemplares recogidos en el monte para aprender a distinguirlos. Siempre hay algún veterano explicando pacientemente qué mirar en las láminas o en el pie antes de meter algo en la cesta.
En esa época el olor que sale de las cocinas cambia también. Setas salteadas, guisos largos y carne a la brasa. El chuletón tiene aquí bastante fama y por la tarde, cuando cae el frío, el humo de las parrillas se mezcla con el de las chimeneas. Suele ser el momento en que regresan los que han pasado el día arriba, por la zona de Valdezcaray o por los senderos de la sierra.
Cuando el pueblo vuelve a quedarse tranquilo
A finales del invierno y principios de primavera hay unos días curiosos en el calendario local: la fiesta de San Benito. Es una tradición muy antigua en la que se reparten habas en la plaza. La escena es sencilla —gente del pueblo charlando, bolsas de habas pasando de mano en mano— pero tiene algo de reunión vecinal que cuesta ver en pleno agosto.
Porque agosto cambia mucho el ambiente. Durante el verano se organizan conciertos y actividades culturales que atraen a bastante gente, y el pueblo se llena de segundas residencias abiertas. Aparcar cerca del centro puede convertirse en una pequeña paciencia, sobre todo los fines de semana.
Si buscas caminar con calma o escuchar el río sin demasiado ruido, es mejor venir entre semana o fuera de los picos de verano.
Subir andando hasta la Virgen de Allende
Desde el centro histórico sale un camino que en unos dos kilómetros llega hasta la ermita de la Virgen de Allende. La primera parte atraviesa una zona de casas más recientes; después el sendero se mete en el pinar y el olor a resina se vuelve más evidente, sobre todo en días de sol.
La ermita guarda en su interior una serie de pinturas poco habituales: ángeles armados con arcabuces, un tipo de iconografía que también aparece en algunas iglesias de América y que aquí sorprende a quien entra sin esperarlo.
Desde el entorno de la ermita se abre bien el valle del Oja. Abajo queda Ezcaray, compacto, con los tejados oscuros y el río cruzando el pueblo. Al atardecer, cuando empieza a bajar el frío desde la sierra, el humo de las chimeneas vuelve a subir despacio entre las casas. Es uno de esos momentos tranquilos del día en los que el pueblo recupera su ritmo habitual, lejos del ruido de los fines de semana.