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sobre Fuenmayor
Importante centro vinícola con grandes bodegas; pueblo dinámico con casonas nobles.
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A once kilómetros de Logroño, en el amplio valle del Ebro, el turismo en Fuenmayor gira inevitablemente alrededor del vino. A media mañana, cuando el sol ya calienta las viñas, es habitual ver tractores cruzando el casco urbano cargados de cajas durante la vendimia. No es una escena preparada: el pueblo sigue funcionando como un núcleo agrícola vinculado a la vid desde hace siglos. Gran parte del término municipal está plantado de tempranillo, garnacha o mazuelo, y en otoño el olor a mosto llega hasta las calles más céntricas cuando sopla el cierzo.
Del señorío medieval a la organización del vino
Fuenmayor aparece citado en documentos del siglo XI vinculados al monasterio de Santa María la Real de Nájera, uno de los grandes centros de poder en La Rioja medieval. El asentamiento, como muchos de esta parte del valle, creció ligado al cultivo cerealista primero y al viñedo después.
El episodio que ayuda a entender el peso actual del vino llegó bastante más tarde. En el siglo XVIII, el Palacio de los Marqueses de Terán acogió reuniones de la llamada Real Junta de Cosecheros de Rioja. Allí se discutían cuestiones que hoy parecen normales —precios, control de calidad, fechas de vendimia— pero que entonces suponían un intento temprano de ordenar el comercio del vino en la zona.
Esa tradición cooperativa sigue muy presente. En el casco urbano y en su entorno inmediato se concentran numerosas bodegas, muchas de ellas familiares, algunas con calados subterráneos que se remontan al siglo XIX.
La iglesia reconstruida y un cine singular
La parroquia de Santa María domina el perfil del pueblo. La nave principal corresponde al siglo XVI y consta que las obras estaban concluidas hacia 1540, con participación de canteros activos en otras iglesias de la comarca. La torre, sin embargo, no es la original: la anterior se vino abajo en el siglo XVIII tras años de deterioro. El chapitel actual es mucho más reciente, levantado a finales del siglo XX después de un incendio.
El interior es sobrio. El retablo principal responde al gusto neoclásico y no busca grandes efectos, pero algunos detalles constructivos —como la escalera de piedra que sube al coro— recuerdan la solidez de la obra renacentista. Durante la Guerra Civil, según cuentan en el pueblo, parte del archivo parroquial se ocultó en ese espacio.
A poca distancia se levanta el antiguo cine del pueblo, inaugurado en la década de 1930. El edificio suele mencionarse por su sala con anfiteatro suspendido sin columnas intermedias, una solución técnica poco habitual en cines de localidades pequeñas. El proyecto se atribuye al arquitecto Secundino Zuazo, que por entonces trabajaba en varias obras importantes en Madrid. La sala todavía se utiliza de manera ocasional.
Los Marchos: fuego en diciembre
La noche del 7 de diciembre se celebra una de las tradiciones más conocidas del municipio: la Fiesta de los Marchos. La costumbre, documentada al menos desde el siglo XIX, consiste en encender hogueras en distintos puntos del pueblo.
Durante semanas se acumula leña —tradicionalmente de encina— y al caer la tarde se prende fuego en portales y plazas. Las patatas se asan directamente en la brasa y se comen allí mismo, abiertas con la mano y acompañadas con sal o pimentón. El vino corre de casa en casa, muchas veces procedente de las propias bodegas familiares.
A la mañana siguiente todavía queda olor a humo en las calles. Parte de las cenizas se han utilizado tradicionalmente en las viñas cercanas, una práctica doméstica que muchos vecinos recuerdan aunque hoy ya no sea general.
Entre el Ebro y el Moncalvillo
El término municipal queda a medio camino entre dos paisajes muy distintos. Hacia el norte, el río Ebro discurre entre sotos y campos de cultivo. El sendero GR‑99, que sigue el curso del río, pasa por esta zona y permite caminar hasta localidades cercanas por tramos bastante llanos.
En dirección sur el terreno cambia rápido: aparecen las primeras rampas de la sierra de Moncalvillo. Desde algunas pistas agrícolas y caminos de monte se obtienen buenas vistas del valle, con el mosaico de viñedos extendiéndose hacia Logroño.
Dentro del propio pueblo existe un pequeño recorrido señalizado que enlaza palacios, antiguas bodegas y varios calados históricos. Es un paseo corto que ayuda a entender cómo la arquitectura local se adaptó durante siglos a la producción de vino.
Cómo organizar la visita
Fuenmayor está muy cerca de Logroño y se llega en pocos minutos por carretera. El pueblo se recorre andando sin dificultad.
Las bodegas suelen recibir visitas, aunque muchas trabajan con cita previa y conviene organizarlo con algo de margen, sobre todo en época de vendimia. En el casco urbano se conservan varios edificios civiles de los siglos XVII y XVIII y la iglesia parroquial suele ser el mejor punto para empezar a orientarse.
Si se dispone de tiempo, merece la pena salir un poco del centro y caminar hacia los caminos agrícolas que rodean el pueblo: es la forma más directa de entender hasta qué punto la vid sigue marcando el paisaje y el ritmo de vida local.