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sobre Haro
Capital del Rioja y ciudad del vino por excelencia; famosa por su Barrio de la Estación y Batalla del Vino.
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El 29 de junio, a primera hora, la gente sube por la carretera de la ermita. Van de blanco, con pañuelo rojo, y muchos llevan botas de goma bajo el pantalón. A media mañana alguien grita «¡Agua!» y empieza a salir vino de las botas, garrafas y botellas. No es un error: es la Batalla del Vino, y en Haro el tinto se tira antes de beberse. Para muchos visitantes ese día es la puerta de entrada al pueblo. Conviene volver en otra época del año, cuando las calles recuperan su ritmo normal y se entiende mejor cómo funciona esta cabecera de la Rioja Alta.
Un castro, un fuero y una torre
Haro no nació del vino; el vino llegó después. El lugar se asocia con el antiguo asentamiento de Bilibium, citado en textos altomedievales y situado en el entorno del actual monte Bilibio, un meandro elevado del Ebro que permitía vigilar el paso del valle. El núcleo urbano fue tomando forma en la Edad Media, cuando la zona empezó a organizarse en torno a villas con fuero y mercado.
El fuero de Haro se concedió a finales del siglo XII, en tiempos de la consolidación castellana en la región. Con ese marco legal llegaron ferias y comerciantes, y el pueblo empezó a ordenarse en torno a lo que hoy es la plaza de la Paz. Desde allí se entiende bien la trama del casco antiguo: calles relativamente rectas que bajan hacia el río y otras que suben hacia la zona donde se levantaron edificios religiosos y defensivos.
La iglesia de Santo Tomás, cuya torre se añadió ya en el siglo XVI, domina el perfil del casco histórico. Es una torre esbelta, de tradición gótica tardía, que todavía funciona como referencia visual desde muchos puntos del valle. Alrededor se concentraron durante siglos los edificios de poder local: casas de linaje, dependencias municipales y la antigua lonja donde se trataban asuntos de grano y vino.
El apellido Haro —ligado a uno de los linajes más influyentes de Castilla medieval— quedó asociado al lugar incluso después de que el control señorial cambiara de manos. El escudo con el lobo sigue recordando ese origen.
Calles de bodegas y palacios
El casco viejo es compacto. De la zona de Santo Tomás a la estación de tren se tarda poco andando, aunque el paseo suele alargarse porque muchas fachadas invitan a detenerse. Varias casas nobles de los siglos XVI y XVII conservan portadas de sillería y escudos familiares. Algunas incorporan galerías interiores o patios que hablan de una época en la que Haro era un pequeño centro comercial del valle.
El Palacio de Bendaña, hoy dedicado a usos culturales y turísticos, guarda en su interior una galería de tradición mudéjar poco habitual en La Rioja. La construcción actual mezcla fases de distintas épocas, algo frecuente en edificios que fueron ampliándose conforme cambiaban las necesidades de sus propietarios.
La relación de Haro con el vino se consolidó sobre todo en el siglo XIX, cuando el ferrocarril y la crisis de la filoxera en Francia impulsaron el crecimiento de bodegas en torno a la estación. Esa franja del pueblo, todavía conocida como el barrio de la estación, reúne varios complejos bodegueros históricos construidos con ladrillo visto, hierro y grandes naves de crianza. Algunos siguen en funcionamiento y otros se han adaptado a visitas o espacios culturales.
Se puede recorrer la zona andando. Es útil fijarse en los patios, en los muros manchados por años de trasiegos y en la escala de las antiguas tinas de madera que aún se conservan en algunas instalaciones.
Fiestas que empiezan en enero
Las fiestas de San Juan, San Felices y San Pedro marcan el calendario local a finales de junio. La preparación empieza meses antes con la elección de los llamados Jarreros y Jarreras, figuras que representan al pueblo durante el ciclo festivo.
El 29 se celebra la Batalla del Vino en los riscos de Bilibio, junto a la ermita de San Felices. La costumbre consiste en lanzarse vino unos a otros hasta quedar completamente teñidos de rojo. Después llega la misa en la ermita y la bajada al pueblo, donde la jornada continúa con comidas populares y música.
El resto del año las peñas mantienen vivas otras tradiciones gastronómicas: concursos de caracoles, comidas colectivas en las calles durante las fiestas y parrillas improvisadas donde se asan chuletillas de cordero. En los bares del centro el ritual es sencillo: pedir un vino suele significar que llegará un Rioja de la zona, acompañado de algo para picar.
Subida a San Felices y otras escapadas
La ermita de San Felices está a unos kilómetros del casco urbano, en la ladera del monte Bilibio. Muchos suben en coche, aunque también hay senderos que parten desde las afueras del pueblo y atraviesan viñedos antes de ganar altura.
Desde arriba se ve bien el valle del Ebro y el mosaico de parcelas cultivadas que rodea Haro. En época de vendimia el paisaje cambia de color casi cada semana. Las manchas más oscuras suelen ser tempranillo; otras parcelas muestran tonos más claros según la variedad o el momento del ciclo de la vid.
Al regresar, es fácil acercarse a Briñas, al otro lado del río. Es un pueblo pequeño, con arquitectura tradicional agrupada en torno a la iglesia y varias bodegas tradicionales excavadas en el subsuelo.
Si se dispone de coche, se puede recorrer los pueblos riojanos que siguen el curso del Ebro: San Vicente de la Sonsierra, Briones o Torremontalbo. En muchos de ellos se entiende bien la lógica del territorio: núcleos en alto, viñedos en las laderas y las vegas reservadas para otros cultivos.
Cómo moverse sin prisa
Haro se recorre bien a pie, sobre todo el casco histórico y la zona del barrio de la estación. En el centro hay áreas de aparcamiento regulado, aunque también se encuentran calles donde dejar el coche algo más alejadas.
La estación de tren conecta el municipio con otras ciudades del valle del Ebro y del norte peninsular. Conviene consultar horarios actualizados antes de viajar porque los servicios cambian según la temporada.
La oficina de turismo está en el Palacio de Bendaña. Allí suelen indicar qué edificios se pueden visitar ese día y qué bodegas tienen puertas abiertas sin reserva.
Si se coincide con la Batalla del Vino, llevar calzado cerrado no es un detalle menor: el suelo acaba cubierto de una mezcla de tierra y vino que termina salpicando hasta los calcetines. En invierno el ambiente es más tranquilo y las bodegas huelen a madera tostada. En septiembre, cuando empieza la vendimia, el pueblo entero gira alrededor del mismo tema: si la uva ha entrado sana y cuánto tardará en llegar la lluvia. Aquí, durante unas semanas, casi todas las conversaciones acaban en la misma pregunta.