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sobre Ábalos
Municipio situado en la Sonsierra riojana famoso por sus vinos y bodegas; destaca por su arquitectura de piedra y casas blasonadas.
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El primer sonido es el de tus propios pasos sobre el empedrado. A esa hora, cuando la niebla baja de la sierra y se engancha en los aleros, el aire huele a tierra removida y a piedra fría. Un tractor arranca a lo lejos, en algún camino entre viñas. Así empieza el día aquí.
Ábalos está en La Rioja Alta, pegado a las laderas que miran al Ebro. No es un pueblo de postal; es un lugar donde las calles terminan en viñedo y donde la iglesia parece más una atalaya de sillar oscuro que un monumento.
La iglesia y el entramado de calles
La iglesia de San Vicente Mártir no se anuncia, simplemente está. Su torre cuadrada domina el perfil del pueblo. Si te acercas, verás que la piedra no es uniforme: hay parches de distinto color, marcas de cantero, grietas reparadas con cemento. Habla de uso, no de adorno.
Las calles que la rodean son estrechas y silenciosas. Las fachadas son sobrias, con balcones de hierro forjado ya oxidado en las esquinas. Lo que queda de la mañana se filtra entre los tejados e ilumina detalles pequeños: la madera agrietada de una puerta, los musgos en una base de piedra, una maceta con geranios secos junto a un portalón cerrado.
Las cuevas-bodega en la ladera
Si subes por cualquiera de los caminos que salen del pueblo hacia el monte, verás las bocas. Son puertas bajas, a veces apenas más altas que una persona, incrustadas en la tierra. Son las bodegas tradicionales, cuevas excavadas durante generaciones.
No esperes visitarlas por dentro sin avisar. La mayoría son privadas y se usan todavía. Algunas tienen chimeneas de ventilación que sobresalen entre la hierba como pequeños túmulos. Su valor está en eso: en cómo forman parte del terreno, en cómo mantienen el frío del invierno y el fresco del verano sin necesidad de máquinas.
Caminar donde terminan las calles
Basta cruzar la última casa para estar entre cepas. Los caminos son de tierra compacta y gravilla, surcados a veces por los neumáticos de la maquinaria agrícola. En mayo, el viñedo es una masa verde y baja; en octubre, se vuelve un mosaico de ocres y rojos quemados.
Desde alguna curva elevada se divisa la llanura del Ebro y, al fondo, la muralla azulada de la sierra de Cantabria. Si ha llovido recientemente, la tierra arcillosa se pega a las botas y algunos tramos se vuelven resbaladizos. No es un paseo ornamental; es campo de trabajo.
El ritmo del lugar
No busques museos ni tiendas de recuerdos. El pulso de Ábalos lo marca el ciclo de la vid. Por eso muchos visitantes lo incluyen en una ruta más amplia por Haro o los pueblos alaveses cercanos.
Aquí lo que hay es esto: un paseo por calles vacías, la sombra fría de la iglesia, el olor a mosto fermentado en otoño y el silbido del viento cuando baja de la sierra por la tarde. La plaza tiene unos bancos de piedra donde sentarse a ver cómo pasa el tiempo.
Cuándo venir y qué evitar
Ven en primavera si quieres ver el viñedo brotar, o en otoño para el espectáculo cromático de la vendimia. La luz entonces es larga y dorada.
En julio o agosto, el calor del mediodía aplasta. Si vienes en verano, camina temprano o al atardecer. Lleva agua siempre: no hay fuentes en los caminos.
Durante la vendimia (finales de septiembre o octubre) los tractores y remolques circulan constantemente por las pistas. Conduce con paciencia y aparta si ves uno venir.
Llegar y moverse
Se llega desde Logroño por la N-124 hacia Haro, desviándose después por carreteras secundarias que serpentean entre colinas cubiertas de viñas. También se puede acceder desde Laguardia por carreteras comarcales más estrechas.
Dentro del pueblo, las calles son angostas y con pendiente. Aparca en los espacios amplios que hay en las entradas y continúa a pie. En cinco minutos estás en cualquier parte.