Artículo completo
sobre Treviana
Pueblo de la Rioja Alta con restos de muralla y castillo; organiza una feria de artesanía popular.
Ocultar artículo Leer artículo completo
A la sombra de la iglesia de Santa María la Mayor, en una mañana de otoño, el silencio es casi total. El aire huele a tierra húmeda y a hojas que empiezan a secarse. Treviana, con unos 142 habitantes, queda en un rincón de la Rioja Alta donde el paisaje se entiende mejor despacio, mirando alrededor y dejando que el tiempo pase un poco más lento de lo habitual. Desde Haro hay apenas unos kilómetros; la carretera cruza viñedos y campos abiertos que a primera hora suelen aparecer cubiertos por una niebla baja.
El casco del pueblo se recorre en poco más de veinte minutos a paso tranquilo. Las calles son estrechas y con ligeras pendientes, y muchas casas mezclan piedra y ladrillo en fachadas que muestran remiendos de distintas épocas. En algunos portales aparecen escudos tallados o pilares gastados por el uso. Durante siglos la vida aquí ha girado alrededor del campo, y esa huella todavía se nota en corrales, almacenes y patios interiores.
En el centro se levanta la parroquia de Santa María la Mayor, visible desde casi cualquier punto del pueblo por la altura de su campanario. El edificio actual parece corresponder en buena parte a época moderna, aunque el conjunto ha tenido varias reformas. Cuando la puerta está abierta, el interior sorprende por la sencillez: muros claros, madera oscura en el altar y una luz suave que entra por las ventanas altas.
Calles que terminan en caminos
En Treviana es fácil pasar del casco urbano al campo en pocos pasos. Algunas calles se van estrechando hasta convertirse en pistas de tierra que bajan hacia parcelas agrícolas o suben suavemente hacia pequeñas zonas de encinar y olivo.
El paisaje es de bancales y parcelas abiertas donde se cultivan cereal, algo de viña y otros cultivos de secano. En primavera domina el verde intenso; en otoño, el color cambia hacia tonos más apagados, con dorados y marrones que se mezclan con el gris claro de la tierra caliza. La cultura del vino está muy presente en toda esta parte de Rioja Alta, aunque en el término municipal las viñas aparecen más dispersas que en otras zonas cercanas.
Pasear por el entorno inmediato
Si hay un gesto sencillo para entender el lugar, es salir por cualquiera de los caminos agrícolas que arrancan en los bordes del pueblo. A los pocos minutos el ruido desaparece y queda solo el viento moviendo las hojas de los olivos o el sonido irregular de algún tractor trabajando en temporada.
Conviene tener en cuenta el sol. En verano el calor aprieta con fuerza a partir del mediodía, y caminar por pistas abiertas puede hacerse pesado. Lo más agradable suele ser salir temprano o esperar a última hora de la tarde, cuando la luz se vuelve más horizontal y los campos alrededor de Haro se ven con más profundidad.
Cuando ha llovido, algunos tramos de tierra se embarran bastante, algo habitual en esta parte de La Rioja. Si el suelo está muy blando, merece más la pena limitarse al paseo por el casco y dejar los caminos para otro momento.
Un pueblo pequeño dentro de una comarca muy activa
Treviana no tiene demasiados servicios para quien llega de fuera, y conviene venir con esa idea clara. El pueblo funciona más como parada breve dentro de un recorrido por la Rioja Alta que como destino al que dedicar muchas horas seguidas.
A pocos kilómetros, Haro concentra buena parte de la actividad vinculada al vino, con bodegas históricas y un casco antiguo donde todavía se percibe la importancia comercial que tuvo la ciudad. También quedan relativamente cerca pueblos como San Vicente de la Sonsierra o Sajazarra, donde el paisaje de viñedo y las construcciones medievales aparecen con más presencia.
Cuándo merece más la pena acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos. La temperatura permite caminar sin prisa y la luz cambia mucho a lo largo del día, algo que se nota especialmente al final de la tarde cuando el sol cae sobre los campos abiertos.
En verano el calor del mediodía puede resultar duro en las zonas sin sombra. Si vienes en esos meses, madrugar marca la diferencia: el pueblo está tranquilo, el aire aún es fresco y el sonido de las campanas o de algún coche lejano se oye con mucha claridad.
Treviana no es un lugar de grandes monumentos ni de actividad constante. Su escala es otra. Un puñado de calles, una iglesia que domina el perfil del pueblo y, alrededor, campos que siguen marcando el ritmo de la vida diaria. A veces basta con sentarse unos minutos en silencio para darse cuenta.