Artículo completo
sobre Lardero
Ciudad dormitorio anexa a Logroño; gran crecimiento demográfico y servicios modernos.
Ocultar artículo Leer artículo completo
El crecimiento de Lardero no fue orgánico: fue una explosión. Entre mediados de los años 2000 sumó varios cientos de habitantes en apenas doce meses, uno de los incrementos más rápidos de La Rioja. No llegaron por la uva ni por el cordero. Llegaron porque Logroño se quedó pequeña y el pueblo, a apenas cuatro kilómetros de la capital, tenía suelo disponible y carretera directa. Lo que antes eran huertos de melocotón y viñedos pasó a ser urbanizaciones, polígonos y bloques de pisos. La transformación fue tan rápida que todavía se percibe: calles recientes que terminan de pronto en un campo de espárragos o junto a una bodega familiar que resistió el cambio.
De villa real a ciudad dormitorio
En 1629 Felipe IV concedió a Lardero el título de villa real. El pueblo llevaba ya siglos cultivando viñedos y pagando diezmos a los monasterios cercanos. La reina Estefanía, esposa de García Sánchez III de Nájera, lo legó a su hija Urraca en el siglo XI; antes, en torno a 1040, aparece documentado un Juan de Lardero donando tierras al monasterio de San Millán. Es decir: el lugar existía mucho antes de que los urbanizadores dibujaran las primeras rotondas.
La iglesia de San Pedro, levantada en el siglo XVIII sobre un templo anterior, es el edificio que mejor conecta con ese pasado. No es grande ni especialmente ornamentada, pero su torre de ladrillo visto sigue marcando el perfil del casco antiguo y sirve de referencia entre los barrios más recientes.
Junto a la antigua carretera hacia Entrena aparece un crucero renacentista del siglo XVI, uno de esos cruces de camino que eran habituales en la Rioja histórica. Señalaban lindes, protegían simbólicamente al viajero y recordaban que el tránsito por estas rutas era constante mucho antes del tráfico actual.
La huella que no se borra
En el término municipal, cerca de la actual N‑111, se localizaron restos de la villa tardoantigua de Atayo. La aparición de cerámicas de época bajoimperial sugiere que aquel pequeño alto sobre el valle del Iregua ya estaba ocupado hace más de mil quinientos años. No se trata de un yacimiento monumental, pero sí de una pista clara de la continuidad de poblamiento en esta franja cercana al Ebro.
Más cerca en el tiempo, el Cementerio Civil–Memorial de La Barranca guarda los restos de más de cuatrocientas personas fusiladas durante la Guerra Civil. El espacio se inauguró a finales de los años setenta y desde entonces funciona como lugar de memoria. No es un sitio de visita ligera, pero quien recorra la senda del mismo nombre conviene que sepa qué está pisando: una ladera que fue fosario y que hoy mira hacia Logroño desde uno de los puntos altos del entorno.
Fiestas que marcan el año
San Blas, a comienzos de febrero, suele considerarse la celebración más antigua del calendario local. Se bendice fruta y se reparten tortas, un gesto que tiene algo de rito agrícola en pleno invierno.
El 29 de junio, día de San Pedro, el pueblo celebra sus fiestas patronales con verbenas y actos populares que llenan las calles del casco antiguo y también los barrios más nuevos.
En septiembre, cuando llega la vendimia en la comarca, se organizan actividades relacionadas con el vino: pisado tradicional de uva y degustaciones de mosto. Y en otoño aparece una celebración más reciente, la Trashumancia, con rebaños atravesando las calles principales. No deja de ser un guiño a una práctica que durante siglos formó parte del paisaje de la región.
Comer lo que el campo da
La cocina de Lardero es la de la Rioja media, muy vinculada a lo que sale de la huerta y de las sierras cercanas. La menestra suele llevar espárragos de la vega del Iregua, guisantes y judías verdes de temporada. El potaje riojano recurre al pimiento choricero seco, que aporta color y fondo de sabor.
Cuando llegan los meses de monte aparecen setas de cardo y níscalos, que acaban en guisos o dentro de una tortilla. Y la carne, como en buena parte de la región, suele pasar por la brasa de encina y compartirse en la mesa.
En el calendario dulce mandan las estaciones: hojuelas en carnaval y fardelejos de almendra cuando se acerca la Navidad, un dulce muy asociado a esta zona de La Rioja.
Tres caminos para entender el territorio
La Senda de la Barranca arranca cerca del paseo del Iregua y sube por la ladera hasta un mirador natural desde el que se abre la vista sobre Logroño y el valle del Ebro. No es una subida larga y ayuda a entender la geografía del lugar: hacia el norte el terreno cae rápido y deja poco espacio para crecer.
Otro recorrido sencillo es el que atraviesa los antiguos cultivos del entorno, entre viñas y melocotoneros. Algunos paneles explican cómo se organizaba la huerta antes de la expansión urbana de las últimas décadas.
Por Lardero también pasa una variante del Camino de Santiago que termina entrando en Logroño por este lado de la ciudad. El tramo es breve y bastante urbano, pero recuerda que el tránsito de peregrinos por esta zona viene de muy lejos.
Cómo moverse y cuándo ir
Lardero está prácticamente unido a Logroño y se llega en pocos minutos por carretera. También hay autobuses urbanos que conectan ambos municipios con frecuencia a lo largo del día.
El casco antiguo es pequeño y se recorre andando sin dificultad. Desde la iglesia de San Pedro hasta los caminos que suben hacia La Barranca hay apenas un paseo.
En cuanto a la época del año, primavera y otoño suelen ser los meses más agradables para caminar por los alrededores. El verano trae calor, aunque las fiestas de San Pedro animan las noches. El invierno es tranquilo y bastante silencioso: la vida aquí sigue el ritmo de un pueblo pegado a una ciudad, pero que aún conserva algo de su antigua escala agrícola.