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sobre Cenicero
Ciudad del vino con numerosas bodegas de prestigio; situada en la margen derecha del Ebro.
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A las ocho de la mañana, el aire de Cenicero huele a mosto fermentando. No es una metáfora: es el olor que sale de las bodegas cuando abren las trampillas de ventilación, ese dulce acre que se te queda en la garganta y recuerda que aquí el vino no es un adorno, es parte del día a día. Desde la plaza Mayor, todavía medio vacía, se ven naves antiguas de ladrillo rojizo y ventanas redondas que delatan bodegas centenarias mezcladas con las casas. Alguien barre la acera de un bar que acaba de subir la persiana. Un perro duerme delante de una carnicería mientras dentro colocan los chuletones en el mostrador.
El vino que se bebe antes de que nazca
En Cenicero las bodegas no están apartadas del pueblo. Forman parte de él. Aparecen entre viviendas, patios y calles estrechas, y a veces basta doblar una esquina para notar ese olor a madera húmeda y vino joven que sale de las puertas abiertas.
Algunas elaboradoras llevan aquí más de un siglo y otras son mucho más pequeñas, casi familiares. En época de vendimia el movimiento se nota desde primera hora: tractores que entran y salen, remolques cargados de uva, gente lavando cajas en la calle. El olor a mosto se queda flotando sobre todo el casco urbano durante días.
Si te interesa entrar en alguna, lo más prudente es preguntar antes o llamar con antelación. No siempre hay visitas organizadas y, entre semana, muchas funcionan a su propio ritmo de trabajo.
La torre que vigila la vega
Sal del centro por la calle San Pedro y continúa hacia los campos que rodean el pueblo. El paisaje cambia rápido: las casas se quedan atrás y aparecen hileras de viña muy ordenadas, con la tierra clara entre las cepas.
En medio de ese terreno abierto está la Torre de los Urbanos. Hoy queda solo una parte del muro, pero aún se distingue la forma de la fortificación. La tradición local cuenta que en el siglo XIX fue escenario de un asedio durante las guerras carlistas, defendida por vecinos del propio pueblo.
Desde allí se entiende bien dónde está Cenicero: la vega del Ebro extendiéndose hacia el este, parcelas de viñedo dibujando líneas rectas y, en los días despejados, las montañas al fondo marcando el límite de la comarca.
Al atardecer la piedra cambia de color y el viento mueve las hojas de las viñas con un sonido seco, como papel.
Cuando el pueblo se llena de mesas
En septiembre, cuando llega la vendimia, el ambiente cambia. Durante esos días muchas calles se llenan de cuadrillas, música y mesas largas. No es raro ver a los vecinos cenando fuera, con brasas encendidas y platos que van pasando de mano en mano.
Las peñas del pueblo montan sus espacios y la banda suele recorrer las calles. A ciertas horas todo se mezcla: olor a carne a la brasa, vino joven en vasos de plástico y conversaciones que se alargan hasta bien entrada la noche.
Si prefieres ver el pueblo con más calma, conviene evitar ese fin de semana de fiestas. La diferencia es grande: el resto del año Cenicero vuelve a un ritmo mucho más tranquilo.
Sabores de casa
La cocina aquí es directa, de producto y fuego fuerte. El chuletón se hace sobre brasas de leña y llega a la mesa con la sal todavía crujiente. También aparecen mucho las verduras de la huerta del Ebro: alcachofas, cardo o menestra cuando es temporada.
Hay preparaciones más caseras que apenas salen de las cocinas particulares. Una de ellas es la torta de chicharrones, dulce y contundente, hecha con manteca y trozos pequeños de chicharrón. Tradicionalmente se preparaba en invierno, después de la matanza.
Son de esas recetas que no suelen aparecer en cartas ni escaparates. A veces siguen circulando entre vecinos en bandejas cubiertas con un paño.
Cómo llegar y cuándo venir
Cenicero está a pocos minutos en coche de Logroño y se llega rápido por carretera. El pueblo se recorre bien andando; el centro no es grande y muchas calles mantienen el empedrado tradicional, que cuando llueve puede resbalar un poco.
La vendimia, a comienzos de otoño, es el momento en que más movimiento hay y cuando el olor a mosto invade todo el casco urbano. Si prefieres caminar con más silencio y ver las viñas con calma, la primavera y los días claros de invierno suelen ser tranquilos.
Un buen momento del día es la primera hora de la mañana. Todavía hay poca gente en la calle y el pueblo huele a pan recién hecho y a bodega abierta. Ese rato dice bastante de cómo funciona Cenicero cuando no está de fiesta.