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sobre Medrano
Municipio al pie de la Sierra de Moncalvillo; conocido por sus aguas y entorno verde.
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A las siete, el sonido en Medrano es el de tus propios pasos sobre la grava. Alguna persiana sube con un traqueteo seco. Si ha llovido, el aire huele a tierra removida y a hierba mojada. El pueblo, de unos 350 vecinos, está encaramado en una pequeña loma a casi 600 metros. Lo primero que ves al llegar son los viñedos. Lo segundo, el silencio.
El caserío se agrupa rodeado de parcelas de vid y cereal. En octubre, las hojas se queman en tonos óxido y carmín. Para mayo, el paisaje es una mancha verde pálido, interrumpida por el marrón de los troncos retorcidos.
La iglesia de San Martín de Tours
La iglesia de San Martín no impone por su altura, sino por su ubicación. Todo pasa por su lado. Su construcción fue un proceso lento, y en sus muros se mezclan la piedra arenisca y el ladrillo visto sin mucho orden, como si cada época hubiera añadido lo suyo.
Sobre las diez, la plaza frente a la puerta tiene un movimiento sosegado: alguien sale del bar con el periódico, un vecino cruza con la bolsa de la compra. Las calles que parten de aquí son angostas, con pavimento irregular. Algunas fachadas tienen portales de piedra desgastada por el roce, y balcones de hierro negro donde en junio ya asoman geranios.
Los caminos que salen del pueblo
Basta pasar la última casa para encontrarse en un camino de tierra entre viñas. No hay transición. En tres minutos, el volumen del pueblo se reduce a un rumor bajo y la vista se abre a lomas suaves.
La luz transforma el color de la tierra. Al caer la tarde, con el sol bajo, los surcos proyectan líneas de sombra alargada y el terreno se vuelve rojizo. Si el día está despejado, se distingue la geometría plana de la Rioja Media, punteada por las torres de otros pueblos.
Estas son pistas de labor. Es probable que te encuentres con un tractor; lo oirás venir. Después de una tormenta, la arcilla se adhiere a las botas formando tacones pesados de barro.
Andar por un terreno sin prisa
No hay cuestas pronunciadas. Se puede caminar o ir en bicicleta sin exigencia física, siempre que el suelo esté firme. Las pistas aguantan bien, excepto cuando la arcilla se humedece y se convierte en una masa pegajosa.
Conviene salir temprano o al final del día. A mediodía en julio o agosto, el sol cae a plomo y no hay un árbol que dé refugio en kilómetros a la redonda. Con el crepúsculo vuelven los pájaros y una brisa que huele a tomillo seco.
La mesa en las casas
Se come lo que da la huerta y lo que pide el cuerpo con el frío: potajes de alubias, verduras de la temporada, chuletas a la brasa. El vino está siempre presente, un vino local que no necesita presentación en un lugar donde las cepas llegan hasta el borde del asfalto.
No es un destino para marcar restaurantes en un mapa. La gastronomía aquí es doméstica, parte del ritmo diario, no una oferta diseñada para el forastero.
Los días de fiesta
La celebración principal es para San Martín de Tours, en noviembre. Son fechas en las que vuelven los que se fueron a vivir a Logroño o más lejos. La población se multiplica y el sonido cambia: hay más voces en la calle, más coches aparcados en las entradas.
En verano suelen organizarse una comida comunal o una verbena. No son eventos espectaculares. Son la excusa para que el pueblo se reencuentre consigo mismo.
Cómo moverse por aquí
Medrano se ve bien en una mañana. Es mejor dejar el vehículo en los espacios amplios de la entrada y seguir a pie; el núcleo antiguo es una red de callejuelas hechas para ir andando.
Desde la iglesia, cualquier callejón que apunte al campo te llevará a los viñedos en unos minutos. Luego solo queda darse la vuelta y regresar despacio, notando el contraste entre el frescor de los portales oscuros y el calor que rebota en las fachadas encaladas.