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sobre Navarrete
Hito del Camino de Santiago y centro alfarero; casco histórico declarado Bien de Interés Cultural.
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El barro aún está tibio cuando se abre el primer taller por la mañana. En Navarrete el día suele empezar así: con las manos hundidas en arcilla húmeda y el olor dulzón de las bodegas que fermentan a pocos metros. Desde algunas ventanas se ve la torre de la iglesia recortada contra el cielo claro de La Rioja Alta, y detrás, en otoño, las viñas se vuelven de un púrpura oscuro que casi parece negro al caer la tarde.
Navarrete queda a pocos kilómetros de Logroño y, aun así, mantiene un ritmo distinto. El Camino de Santiago lo atraviesa de oeste a este, y ese paso constante de gente con mochila ha marcado el carácter del pueblo durante siglos.
Un casco antiguo hecho de piedra rojiza
Caminar por Navarrete significa ir subiendo y bajando calles estrechas donde la piedra tiene un tono rojizo muy particular. En algunos tramos aparecen los cocinos, pasadizos cubiertos que conectan casas y dejan entrar la luz en franjas estrechas. Cuando el sol está bajo, esa luz cae en diagonal y resalta la textura irregular de los muros.
También sobreviven los certijos, soportales tradicionales que protegían del sol y de la lluvia. Bajo ellos todavía se ve la huella de un pueblo que fue parada habitual de mercaderes y peregrinos camino de Santiago.
En lo alto del casco antiguo aparece la iglesia de Santa María de la Asunción, visible desde casi cualquier punto. Su torre es una de las más altas de La Rioja. La iglesia se levantó a lo largo de varias décadas entre los siglos XVI y XVII, y por eso dentro conviven detalles góticos tardíos con elementos renacentistas y barrocos.
Subir a la torre implica una escalera larga de piedra, muy gastada por los años. Desde arriba se abre el valle del Ebro: un mosaico de viñedos, caminos agrícolas y pequeñas manchas de bosque que cambian de color según la estación.
El barrio de las alfarerías
Si hay algo que define a Navarrete es el barro. El barrio de las Alfarerías mantiene una tradición ceramista que se remonta, al menos, a la Edad Media. Durante buena parte del siglo pasado muchas casas tenían su propio horno.
Por la tarde, cuando el pueblo se calma, a veces se oye el zumbido de los tornos trabajando. Las piezas secándose al sol —cántaros, fuentes de horno, vasijas grandes para vino— forman parte del paisaje cotidiano. No suelen ser objetos perfectamente simétricos; siempre queda una pequeña marca de la mano que los ha hecho.
Cada verano el pueblo suele organizar una feria dedicada a la alfarería contemporánea. Durante esos días aparecen puestos y demostraciones al aire libre, y es fácil ver a artesanos trabajando el barro delante de quien pasa.
San Blas y el bollito
El calendario local tiene una fecha muy concreta: San Blas, el 3 de febrero. Ese día la gente hace cola frente a la iglesia para recoger el conocido bollito de San Blas.
Es un pan dulce pequeño que se come con chorizo cubierto de azúcar. Sobre el papel suena raro. En la práctica funciona: la masa ligeramente dulce y el chorizo caramelizado crean una mezcla que aquí se considera tradición pura. Muchos vecinos dicen que llevan comiéndolo desde niños y que el invierno no empieza de verdad hasta que llega ese día.
En agosto se celebran también las fiestas patronales. Durante esos días es habitual que en muchas casas se cocinen calderetas a fuego lento, cada familia con su versión.
El Camino de Santiago al atravesar Navarrete
El Camino entra en Navarrete entre parcelas agrícolas y viñedos. Los peregrinos llegan normalmente desde Logroño, con el polvo del camino en las botas y el sol de la Rioja Alta en la espalda.
En la plaza es fácil ver mochilas apoyadas en el suelo mientras alguien se remoja los pies en la fuente. Es una parada natural antes de seguir hacia Nájera.
A las afueras, cerca del cementerio, se conserva la portada románica del antiguo hospital de San Juan de Acre. El edificio original fue trasladado piedra a piedra en el siglo XIX cuando se construyó la carretera. Hoy queda como un fragmento silencioso del viejo hospital donde se atendía a peregrinos enfermos.
Desde ese punto el paisaje se abre: viñas, caminos agrícolas y el viento moviendo las hojas cuando cae la tarde.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradable para recorrer Navarrete. Las viñas están brotando, el aire todavía es fresco por la mañana y el Camino no tiene tanta afluencia como en pleno verano.
En agosto el pueblo cambia bastante: llegan muchos visitantes y el tráfico aumenta en las calles del centro. Si vienes en esas fechas, conviene aparcar en la parte baja y subir caminando.
A primera hora del día, antes de que el movimiento del Camino se note, Navarrete tiene otro ritmo. Las persianas se levantan despacio, alguien barre la puerta de casa y la torre de la iglesia proyecta una sombra larga sobre los tejados.
Es un buen momento para caminar sin rumbo por las calles más antiguas y ver cómo la luz va cambiando el color de la piedra a medida que avanza la mañana. Aquí muchas cosas siguen funcionando así: despacio, con tiempo. Como el barro cuando empieza a tomar forma en el torno.