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sobre Sojuela
Municipio en la Sierra de Moncalvillo con urbanización y campo de golf; entorno natural boscoso.
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A las cinco de la tarde, las sombras de los viñedos se alargan sobre la carretera que sube a Sojuela. El pueblo aparece de golpe al girar una curva. Casas de piedra amarilla y teja roja agarradas a la ladera. Desde el coche se distingue la torre de la iglesia, recta sobre los tejados. En días de vendimia el aire suele traer olor a tierra removida y a sarmiento quemado desde las fincas cercanas.
Sojuela queda a pocos kilómetros de Logroño, pero la subida cambia el ritmo. La carretera se estrecha, aparecen pinares y, cuando entras en el casco urbano, las calles bajan y suben con esa lógica antigua de los pueblos pegados al terreno.
Una mañana de domingo en la plaza
A primera hora la plaza se mueve poco. Alguna puerta se abre, alguien barre la acera. En un local donde venden pan la barra todavía está templada y la gente entra con bolsas de tela. Se habla bajo. No por norma escrita, más bien por costumbre.
Los domingos suelen alargarse en la plaza. Vermú, conversaciones sobre la viña, sobre si la semana vendrá seca o no. En muchas casas la comida gira alrededor de lo que haya en temporada: alubias, verduras de huerta, guisos que pasan la mañana al fuego lento. El olor sale a la calle cuando se abren las ventanas.
Las ruinas de San Julián, entre pinos
Por encima del pueblo hay un sendero de tierra que sube hacia unas ruinas que aquí suelen llamar monasterio de San Julián. El camino serpentea entre pinos y matorral bajo. En verano el suelo cruje con las agujas secas.
Del edificio quedan muros, arcos abiertos y piedra cubierta de musgo en las zonas donde casi no entra el sol. No siempre hay nadie. A media tarde se oyen sobre todo insectos y viento en las copas de los pinos. La luz entra en diagonal por los huecos de las paredes y dibuja rectángulos en el suelo.
Conviene subir con calzado cerrado. El sendero es sencillo, pero tiene tramos de tierra suelta.
Calles cortas, puertas de colores
El casco urbano se recorre rápido. Calles estrechas, algunas en cuesta, con casas de piedra que muestran reparaciones de distintas épocas. Muchas puertas están pintadas en colores vivos: azules intensos, verdes oscuros, rojos algo gastados por el sol.
En verano aparecen macetas con geranios en balcones y repisas. En invierno el tono cambia. La piedra se vuelve más gris y el pueblo queda más silencioso, sobre todo entre semana.
Si vienes en coche, lo más práctico suele ser aparcar en la parte baja y subir andando. Dentro del casco antiguo hay poco espacio y las calles no están pensadas para maniobrar.
Las horas quietas del mediodía
Hacia las dos el pueblo baja el volumen. Se oye alguna persiana, un coche que pasa despacio, un perro que ladra a lo lejos. Muchas casas siguen el horario clásico de comida larga y descanso después.
Caminar por Sojuela en ese tramo del día tiene algo muy concreto: el calor pegado a la piedra, el olor de las cocinas que se escapa por las ventanas y casi nadie en la calle.
Mayo y junio suelen ser buenos meses para acercarse. Las viñas ya están verdes y la temperatura todavía permite caminar por los caminos de alrededor. En septiembre hay más movimiento por la vendimia. Agosto, sobre todo los fines de semana, cambia bastante el ambiente: muchas segundas residencias se llenan y el coche se vuelve protagonista en calles que no tienen mucho sitio para él.