Artículo completo
sobre Sotés
Localidad vinícola en la falda de Moncalvillo; combina viñedo y monte bajo.
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, cuando el sol ya cae con fuerza sobre la ladera, el turismo en Sotés empieza casi siempre igual: con el silencio de las calles y el sonido de alguna puerta de madera que se abre. El pueblo aparece recogido sobre la colina, con casas de piedra y ladrillo que alternan tonos rojizos y ocres. En verano el aire huele a polvo seco y a viña cercana; en invierno, cuando hay humedad, las fachadas oscurecen y las calles parecen más estrechas.
Sotés está a poca distancia de Logroño, en la parte occidental de su comarca, y hoy viven aquí unas 261 personas. El tamaño se nota enseguida: el ritmo es lento, los coches pasan de vez en cuando y muchas casas conservan portones anchos que recuerdan que aquí el campo ha marcado siempre la vida diaria.
La silueta que se reconoce desde lejos es la torre de la iglesia parroquial de San Millán. En la base aún se aprecian restos románicos, aunque el conjunto ha cambiado con los siglos. Cuando te acercas, la torre sobresale entre tejados bajos y chimeneas, y acaba funcionando como punto de orientación mientras caminas por el pueblo.
Calles cortas y detalles en las fachadas
El casco urbano se recorre rápido, pero conviene hacerlo despacio. Algunas portadas de madera siguen mostrando herrajes antiguos; en varias fachadas aparecen escudos de piedra bastante gastados, y de vez en cuando una puerta entreabierta deja ver patios con herramientas, leña apilada o pequeños corrales.
No hay grandes plazas ni edificios monumentales. Más bien un entramado de calles cortas que suben y bajan ligeramente siguiendo la pendiente de la colina. A ciertas horas, sobre todo al final de la tarde, la luz entra muy baja entre las casas y resalta las rugosidades de la piedra.
Caminos entre cereal y viñedo
Al salir del núcleo urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. Bastan unos minutos andando para dejar atrás las últimas casas y encontrarse con pistas de tierra que atraviesan campos de cereal y parcelas de viñedo.
Las lomas alrededor de Sotés son suaves. Desde algunos puntos se ve bien el mosaico del paisaje riojano: líneas de viñas bien ordenadas, parcelas de tierra recién trabajada y manchas de hierba que cambian mucho según la época del año. Después de lluvias recientes el verde aparece con más fuerza; en pleno verano domina el color pajizo.
Son paseos sencillos, sin grandes desniveles. Eso sí, en época de vendimia suele haber más movimiento de tractores y remolques, así que conviene caminar atento si compartes camino con vehículos del campo.
En los alrededores también hay pequeñas bodegas familiares. Algunas, si se contacta con tiempo, suelen enseñar cómo trabajan y cómo se elabora el vino en instalaciones pequeñas, muy ligadas al viñedo que las rodea.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
Las fiestas en honor a San Millán suelen celebrarse en agosto. Durante esos días el pueblo cambia bastante: más gente en las calles, música por la noche y procesiones que recorren el casco urbano. Para quien llega de fuera es un buen momento para ver el ambiente social del pueblo, aunque también es cuando más ruido y movimiento hay.
El resto del año, Sotés vuelve a su calma habitual.
Cuándo ir y cómo llegar
En verano conviene evitar las horas centrales del día. El sol cae directo sobre la ladera y el calor se nota mucho en las calles sin sombra. A primera hora de la mañana o al final de la tarde el paseo se vuelve mucho más llevadero, y además la luz sobre los campos cambia completamente.
Desde Logroño se llega por carretera local en algo menos de media hora, dependiendo del tráfico. El acceso es sencillo, aunque durante la vendimia es habitual cruzarse con maquinaria agrícola.
Sotés es pequeño, y pasar varios días aquí sin moverse puede hacerse largo. Funciona mejor como parada tranquila dentro de una ruta por los pueblos de la zona o como escapada corta desde Logroño para caminar un rato entre viñas y calles silenciosas.