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sobre Pradejón
Líder nacional en producción de champiñón y setas; pueblo moderno y dinámico.
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El olor a tierra mojada y a humo de leña entra por la ventanilla antes incluso de ver el cartel del pueblo. Son las siete y media de una mañana de octubre y la carretera que viene de Calahorra atraviesa campos de pimientos rojos que parecen velas encendidas entre la niebla. Pradejón aparece de golpe: primero los invernaderos blancos, luego los bloques de viviendas bajas y, detrás, el campanario de la torre barroca que quedó en pie cuando la antigua iglesia desapareció. Incluso en los días secos hay un olor que se queda flotando en el aire: el del champiñón.
El olor que guía
Caminar por Pradejón es seguir un rastro terroso que sale de las naves del polígono. No es un aroma agradable ni desagradable; es el olor del sustrato húmedo, de lo que crece sin luz. El cultivo de champiñón lleva décadas marcando el ritmo del pueblo. Las noches frías del valle del Ebro y los espacios cerrados de las antiguas naves agrícolas acabaron convirtiendo a Pradejón en uno de los lugares donde más se trabaja este producto en La Rioja.
Se nota en las conversaciones y también en las cocinas. El champiñón aparece en muchas barras: a la plancha con ajo, en revuelto, dentro de tortillas que salen jugosas y con el centro todavía brillante. Si preguntas por la receta, lo normal es que te digan algo parecido: lo importante es que sean de aquí.
La torre que quedó
En la plaza se levanta la torre barroca de la antigua iglesia, sola, como si fuera una pieza que sobrevivió al resto del edificio. El color ocre de la piedra cambia mucho con la luz: por la tarde se vuelve dorado y desde lejos parece más alta de lo que es.
A veces se puede subir al interior si está abierto o si coincides con alguien del ayuntamiento que tenga la llave. La escalera gira en espiral, estrecha, con el eco de los pasos subiendo por la pared. Arriba suele soplar viento. Desde ese punto se entiende bien cómo está organizado el pueblo: calles bastante rectas, casas de poca altura y, detrás, huertos y parcelas que se van mezclando con el regadío del valle. Hacia el norte aparecen las choperas que acompañan al Ebro.
Algún vecino recuerda cuando las campanas marcaban el día entero del pueblo. Las que hay ahora son más recientes, pero todavía se tocan a mano en algunas celebraciones.
El arte que aparece en las paredes
En varias calles hay murales grandes, pintados sobre fachadas enteras. Uno muestra un rostro cubierto de champiñones, con los ojos cerrados, ocupando casi toda una pared. No hay un recorrido marcado: lo mejor es ir girando por las calles laterales y dejar que aparezcan.
En una pared cercana al colegio hay un pájaro mecánico. En otra, un campo de setas gigantes. También se ve a un niño volando sobre un paisaje agrícola con una cesta en las manos. No forman un museo al uso, pero sí cambian bastante el aspecto de algunas manzanas.
Mientras hacía fotos a uno de ellos, una mujer regaba los geranios del balcón y comentó algo sencillo: “Antes esta pared estaba gris”. Lo dijo sin nostalgia, más bien como quien recuerda cómo era el sitio antes de que alguien decidiera pintarlo.
Cuando baja la noche
En otoño, sobre todo los fines de semana, el olor de algunas calles cambia. A veces llega desde los garajes abiertos o los patios interiores: embutido colgando, humo suave de leña, conversaciones largas alrededor de una mesa.
El entorno agrícola también se nota en los balcones cuando llega la temporada del pimiento. En algunas casas se ven ristras secándose al aire, colgadas como pequeñas guirnaldas rojas que se mueven con el viento del valle.
Si coincides con alguna celebración alrededor del champiñón —suelen organizarse en otoño— verás la plaza llena y las barras funcionando sin pausa. El producto manda y se cocina de muchas maneras, casi siempre en raciones sencillas que salen humeantes.
Lo práctico
Pradejón no es un pueblo para buscar postales antiguas. Es más bien un lugar donde se trabaja: almacenes, naves agrícolas, calles anchas y vida cotidiana que empieza temprano.
En agosto puede parecer tranquilo de más, con muchas persianas bajadas durante el día. En cambio, en septiembre y octubre hay más movimiento en los alrededores de los campos y en las zonas donde se trabaja el champiñón.
Un buen momento para llegar es por la mañana temprano, cuando el pueblo todavía está arrancando y el aire del valle suele venir fresco. Aparcar no suele ser complicado en las calles cercanas al centro. A partir de ahí, lo mejor es caminar sin plan: las distancias son cortas y siempre acabas regresando a la torre.
Si en alguna barra ves una sartén pequeña chisporroteando con champiñones recién hechos, ya sabes por dónde empezar. El olor te va a guiar solo.