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sobre Santo Domingo de la Calzada
Ciudad clave del Camino de Santiago donde cantó la gallina después de asada; gran patrimonio religioso.
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El gallo canta algunas mañanas dentro de la catedral. No es metáfora: hay un gallinero en el crucero, con rejilla de hierro y paja fresca, donde viven un gallo y varias gallinas blancas que recuerdan una de las leyendas más repetidas del Camino. Según la historia, un ave cantó después de asada para demostrar la inocencia de un peregrino injustamente acusado. Cuando te acercas, lo primero que sorprende no es la historia sino lo físico: las plumas de verdad, el olor leve a heno mezclado con incienso, el sonido seco de las patas sobre la madera. El sacristán suele pasar a cambiar el agua y la comida como quien cuida un pequeño corral en mitad de un templo.
La muralla que todavía marca el borde del casco antiguo
Desde la torre de la catedral, si está abierta ese día, se entiende bien la forma del casco histórico de Santo Domingo de la Calzada. El pueblo queda recogido dentro de un perímetro amurallado que aún se reconoce en varios tramos, con cubos de piedra y portales por donde entra el tráfico actual. La estructura viene de la Edad Media, cuando la ciudad creció al abrigo del Camino de Santiago y necesitaba protegerse.
Arriba, el color dominante es oscuro: tejados de pizarra, chimeneas bajas y patios interiores donde todavía aparecen pequeños huertos. En algunos se ven hileras de lechugas o acelgas, y a veces parras trepando por las tapias. En las mañanas de otoño la niebla del río Oja suele quedarse baja, a la altura de los tejados, y durante un rato el pueblo parece suspendido sobre una capa gris clara.
Si te interesa subir a la torre, conviene hacerlo temprano. A lo largo del día se forman pequeños grupos y el acceso puede cerrarse si el tiempo se complica.
El Camino atravesando la calle Mayor
En Santo Domingo de la Calzada el Camino de Santiago no rodea el casco urbano: lo atraviesa. La calle Mayor coincide en buena parte con la ruta que siguen los peregrinos del Camino Francés. Por la mañana pasan en silencio, todavía fríos, con el sonido de los bastones golpeando el suelo. Un poco más tarde llegan los coches, los vecinos que hacen recados y los agricultores que bajan de los pueblos cercanos.
A media mañana empieza a oler a brasa. Desde algunas parrillas llega el humo de leña y el aroma de la carne asándose despacio. Es habitual ver mochilas apoyadas contra una pared mientras alguien desayuna algo caliente antes de continuar etapa.
La relación entre el pueblo y los caminantes viene de muy atrás. La tradición cuenta que Domingo García, el santo que da nombre a la localidad, levantó aquí un hospital para ayudar a los peregrinos que cruzaban esta zona cuando todavía era terreno complicado. El edificio histórico sigue en pie, transformado hoy en alojamiento, pero la idea original —dar cobijo a quien llega andando— sigue muy presente en el ambiente del pueblo.
Huertas, ollas y romerías
La huerta de esta parte de La Rioja marca el calendario mucho más que el turismo. A finales del invierno se empiezan a preparar los surcos y en primavera aparecen las primeras verduras que luego acaban en menestras y guisos contundentes.
En las fiestas ligadas al calendario religioso todavía se cocinan platos colectivos. Algunas mañanas festivas empiezan muy temprano, con grandes ollas al fuego y ese olor mezclado de puerro, tomate frito y carne que se queda pegado a la ropa.
En otoño hay romerías que suben a los cerros cercanos. Desde arriba se ve el casco urbano recogido dentro de su perímetro antiguo y, alrededor, una llanura agrícola que cambia mucho de color según la estación. Al atardecer la luz llega desde la Sierra de la Demanda y cae sobre los tejados con un tono anaranjado bastante limpio, sobre todo después de días de viento.
Cuándo acercarse con más calma
Mayo suele concentrar buena parte de las celebraciones locales y el pueblo se llena más de lo habitual. Coinciden peregrinos, visitantes y vecinos que vuelven esos días, así que el ambiente cambia bastante.
Si prefieres verlo con más tranquilidad, septiembre suele funcionar bien: sigue pasando gente del Camino, pero el ritmo es más pausado y la luz de la tarde alarga las sombras en la calle Mayor.
En puentes y fines de semana largos el centro se satura con facilidad. Si vienes en coche, conviene aparcar en las zonas más exteriores y entrar andando al casco antiguo. El paseo es corto y te ahorras vueltas innecesarias por calles estrechas.