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sobre Castañares de Rioja
Municipio situado junto al río Oja; conocido por sus cultivos de patata y remolacha.
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El polvo de los caminos agrícolas flota en el aire, iluminado por la luz baja de la tarde. Las fachadas blancas de Castañares de Rioja devuelven un brillo cálido, casi tangible. Es la hora en que un tractor pasa despacio por la carretera comarcal y las sombras se alargan sobre el asfalto. El turismo en Castañares de Rioja a menudo se encuentra con esto: un pueblo de poco más de cuatrocientas personas, donde el sonido de fondo es el crujir de una puerta de garaje o el rumor lejano de la televisión desde una cocina abierta.
Situado en la comarca de Santo Domingo de la Calzada, en la Rioja Alta, el pueblo queda a un corto trayecto en coche de núcleos con más servicios. Aquí las calles son breves y terminan pronto, casi siempre en un campo de cereal o en el límite de una viña.
La plaza y la iglesia de la Natividad
La plaza actúa como centro geográfico y social. No es una plaza monumental, sino un espacio funcional donde se junta lo necesario: la iglesia, el banco para sentarse, las fachadas con los números.
La torre de ladrillo de la iglesia parroquial de la Natividad sobresale entre los tejados. El resto del edificio muestra piedra clara y añadidos de distintas épocas, un testimonio silencioso de adaptaciones prácticas a lo largo del tiempo.
Si las llaves están puestas —algo que no siempre ocurre—, dentro se puede ver un retablo barroco y un ambiente que huele a cera y madera vieja. Cuando está cerrada, el recorrido por su perímetro muestra las huellas de la humedad y las reparaciones en la mampostería.
Calles, portones y patios interiores
Fuera de la plaza, el pueblo se recorre en unos minutos. Conviene no acelerar el paso. Hay viviendas con sillares bien cortados junto a otras más modestas, algunas con rejas de hierro forjado y blasones desgastados por la lluvia ácida.
En las calles laterales aparecen portones lo suficientemente anchos para que pasara un carro. Hoy dan acceso a patios donde se guardan remolques, sacos o leña apilada con orden. No es una postal preparada; es el almacén cotidiano.
Por la mañana temprano hay actividad: camionetas que salen, conversaciones en la puerta del pan. Después del mediodía, el silencio se hace denso y solo lo rompe algún perro.
El paisaje inmediato: viña, cereal y caminos
Basta caminar tres minutos desde las últimas casas para que el pueblo quede atrás. Los caminos de tierra se abren entre parcelas rectilíneas de viñedo y cereal.
En abril o mayo, el verde es vibrante y el viento trae un olor a tierra mojada y brote nuevo. En agosto, los ocres dominan y el aire se carga con el aroma del polvo y la paja caliente. Entre los cultivos aún persisten linderos de piedra seca y alguna construcción agrícola abandonada, con el techo a punto de ceder.
En los alrededores también hay bodegas tradicionales excavadas en la tierra. Algunas mantienen sus puertas de madera cerradas con candado; otras se usan todavía para guardar la cosecha particular.
Un paseo hacia los campos
Una ruta obvia es salir por cualquiera de los caminos que parten del extremo este del pueblo. En diez minutos se gana una perspectiva clara: Castañares aparece compacto, con la torre de ladrillo como único punto elevado.
Es un buen sitio para parar. Al atardecer suele levantarse una brisa que mueve las hojas de los chopos y ahoga cualquier otro sonido.
Cuándo ir y qué considerar
En julio y agosto, el sol del mediodía castiga sin piedad los caminos abiertos. No hay arboleda que dé sombra. Si el plan es caminar por el campo, las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde son las únicas viables.
Mucha gente llega aquí de paso, desde Santo Domingo de la Calzada o Haro. El pueblo se ve rápido. Pero si se le dedica una hora, caminando sin rumbo fijo y saliendo brevemente al paisaje agrícola, se entiende mejor su pulso: lento, marcado por los ciclos del campo.
Castañares de Rioja no tiene monumentos señeros ni centros de interpretación. Tiene calles tranquilas, el crujir de la grava bajo los pies y el horizonte dominado por líneas rectas de viñas. A veces eso es suficiente: la sensación térmica de una fachada al sol, el sonido del viento filtrándose entre las espigas secas.