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sobre Villalba de Rioja
Pueblo en la ladera sur de los Obarenes; zona de transición entre montaña y viñedo.
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A primera hora, cuando el sol empieza a tocar las viñas que rodean el pueblo, Villalba de Rioja suena a cosas pequeñas: una puerta que se abre, algún coche que pasa despacio por la calle principal, el roce del aire entre las hojas de la parra. El turismo en Villalba de Rioja no tiene nada de apresurado. Es uno de esos lugares que se entienden mejor caminando sin rumbo fijo, mirando cómo la piedra y la tierra llevan siglos conviviendo.
La iglesia de San Miguel Arcángel ocupa el centro del núcleo. No es un edificio monumental; más bien parece una pieza más del pueblo. Mampostería irregular, sillares en las esquinas, reparaciones visibles aquí y allá. Si te acercas lo suficiente se notan los distintos tonos de la piedra, como si cada época hubiera añadido su capa.
Calles cortas, bodegas bajo tierra
Las calles son estrechas y bastante tranquilas. Casas de piedra, algunas mezcladas con adobe, portones de madera que han visto muchas vendimias. En varios puntos aparecen entradas excavadas en la roca: pequeñas bocas oscuras que bajan a bodegas tradicionales. Algunas siguen usándose, otras parecen dormidas, con la puerta cerrada y un olor tenue a humedad y vino que se escapa cuando alguien entra.
Aquí la vida sigue bastante ligada a la tierra. Alrededor del pueblo se repiten las filas de viñas, ordenadas con precisión, y entre ellas aparecen parcelas de cereal que cambian de color según avanza el año. A finales de verano la luz cae muy plana sobre los campos y todo adquiere un tono dorado que dura apenas un rato antes de que llegue la sombra.
Caminar entre viñas
En Villalba no hay miradores señalizados ni rutas preparadas con paneles. Lo que hay son caminos agrícolas que salen del pueblo y se meten entre las viñas. Con media hora de paseo ya cambia la perspectiva: el caserío queda atrás y el paisaje se abre hacia el valle.
El suelo suele ser de tierra compacta o grava, así que conviene venir con calzado cómodo, sobre todo después de lluvias. En verano el sol pega de lleno porque casi no hay sombra, algo que se nota enseguida al mediodía.
La recompensa es el silencio. A veces solo se oye el crujido seco de la tierra bajo los pasos o el motor lejano de maquinaria agrícola cuando llega la vendimia.
Un pueblo que vive del vino
La viticultura sigue marcando el ritmo del lugar. Muchas parcelas pertenecen a familias del propio pueblo y el trabajo de la viña forma parte del calendario anual. No todo está preparado para visitas ni hay horarios pensados para quien llega de fuera.
Si te interesa acercarte a alguna finca o bodega subterránea, lo más sensato es preguntar primero. En pueblos pequeños ese gesto se valora mucho más que aparecer con la cámara en la mano.
En otoño también es habitual ver a vecinos buscando setas por los alrededores, sobre todo cuando las lluvias acompañan. Aun así, buena parte del terreno es privado, así que conviene moverse solo por caminos claros.
Las fiestas y el ritmo del año
Las celebraciones principales giran alrededor de San Miguel Arcángel, hacia finales de septiembre. Son días tranquilos comparados con las fiestas de pueblos más grandes: procesiones sencillas, gente charlando en la calle, niños corriendo por la plaza.
Agosto suele traer algo más de movimiento porque regresan muchos vecinos que viven fuera durante el resto del año. Aun así, Villalba nunca pierde ese ritmo pausado que tiene durante casi todo el calendario.
Consejos antes de acercarte
Las calles del centro son estrechas y algunas tienen poco espacio para maniobrar, así que suele ser más fácil dejar el coche en los bordes del pueblo y entrar caminando.
Si vas a salir a los caminos entre viñas, mejor hacerlo por las lindes o pistas claras. Cruzar parcelas puede dañar cultivos y no siempre es bien recibido.
En cuanto a la época, primavera y otoño suelen mostrar el paisaje más cambiante. En vendimia —normalmente entre finales de septiembre y octubre, aunque depende del año— el campo está lleno de actividad. En invierno el pueblo queda muy quieto, con una luz corta que desaparece pronto detrás de los montes.
Villalba de Rioja no es un sitio de largas listas de cosas que hacer. Más bien funciona como una pausa: un paseo corto entre viñas, un rato mirando cómo cambia la luz sobre la piedra del pueblo y esa sensación de que aquí el calendario lo siguen marcando las estaciones.