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sobre Sangüesa
Joya del Camino de Santiago aragonés; destaca la portada de Santa María (obra maestra del románico) y sus palacios
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Sangüesa es como ese compañero de clase que parece normal hasta que descubres que habla cuatro idiomas y toca la guitarra en un grupo de metal. En la ESO compartí pupitre con uno así. El tipo no destacaba mucho, pero cuando se ponía a contar batallitas de su pueblo… ahí cambiaba la cosa. Con el turismo en Sangüesa pasa algo parecido: a primera vista parece una villa tranquila del este de Navarra, pero rascas un poco y empiezan a salir capas de historia por todas partes.
El Camino de Santiago entra en el casco histórico como quien entra en su casa. Ni se inmuta. Los peregrinos llegan con la cabeza en la siguiente etapa y de repente se encuentran con la calle Mayor, que es básicamente una sucesión de casas nobles, portadas de piedra y edificios que llevan siglos aquí plantados.
Al fondo aparece la iglesia de Santa María la Real, con una portada románica que es de esas que te hacen parar aunque no seas muy de iglesias. Está llena de escenas: el Juicio Final, figuras bíblicas… y también la historia de Sigurd matando al dragón Fafner. Sí, un héroe de las sagas nórdicas en plena Navarra. Es como abrir el armario de tu abuela y encontrar unas galletas Oreo: no esperabas verlo ahí, pero te arranca una sonrisa.
Dentro la iglesia tiene ese aire de lugar antiguo que ha visto pasar mucha gente. Capiteles tallados, columnas que parecen ligeramente torcidas por los siglos y una sensación curiosa: estás en un pueblo de menos de cinco mil habitantes que durante bastante tiempo tuvo peso político en el viejo reino de Navarra. Aquí se reunieron Cortes y hubo temporadas en las que los reyes pasaban por la villa con cierta frecuencia. No es algo que el pueblo vaya pregonando, pero está en las piedras.
De reyes y riadas
La historia de Sangüesa tiene giros bastante serios. Durante siglos fue una villa importante en esta parte del reino, en buena parte gracias al Camino y a su posición junto al río Aragón.
Ese mismo río también ha dado más de un susto. A finales del siglo XVIII una riada enorme arrasó gran parte del casco urbano. Se suele contar que desapareció la mayoría de las casas de entonces. Imagínate levantarte una mañana y ver que el río ha decidido redibujar medio pueblo.
Aun así, Sangüesa se rehizo. Paseando hoy por el centro ves edificios levantados después de aquello, mezclados con otros más antiguos que sobrevivieron. Es uno de esos sitios donde cada calle parece pertenecer a una época distinta.
Ya en el siglo XX llegaron otras curiosidades. A comienzos de ese siglo se organizó una de las primeras comparsas de gigantes de esta zona de Navarra, una tradición que sigue muy viva en fiestas. Y durante la construcción del Pueblo Español de Barcelona se tomó como referencia parte del trazado urbano de Sangüesa para una de las reproducciones. Algo verían allí.
Fiestas donde el cordero manda
Si coincides con las fiestas —hacia finales de verano— el ambiente cambia bastante. Calles llenas, música, peñas y encierros, porque Sangüesa es una de las localidades navarras donde tradicionalmente se han corrido toros por el casco urbano.
En esos días hay un olor que se queda flotando por todo el pueblo: el del cordero al chilindrón. Cada casa y cada cuadrilla tiene su manera de hacerlo, y todos defienden la suya como si fuera una receta secreta.
Las pochas también tienen bastante fama por aquí. Son alubias tiernas, muy de temporada, que en Navarra se tratan casi con respeto ceremonial. Cuando están bien hechas —con verduras, algo de carne o simplemente solas— entiendes por qué la gente habla tanto de ellas.
Y luego están los espárragos de la zona, que crecen en la ribera cercana. Blancos, carnosos, muchas veces preparados de forma muy simple: cocidos, un poco de aceite o vinagreta y poco más.
El truco de Sangüesa
El pequeño truco de Sangüesa es no quedarse solo en el centro histórico.
A pocos kilómetros tienes las foces de Lumbier y de Arbayún, desfiladeros excavados por el río que parecen sacados de un decorado natural enorme. Si alguna vez de pequeño abriste una zanja en la arena de la playa para que pasara el agua, imagina eso multiplicado a lo bestia y con paredes de roca a ambos lados.
También está cerca el monasterio de Leyre, en la sierra, al que se llega por una carretera de esas con curvas y paisaje abierto. Es una excursión corta desde Sangüesa y cambia bastante el ambiente: de la ribera del río a la montaña en pocos kilómetros.
Y por eso Sangüesa funciona mejor sin prisas. No es un sitio para tachar en una lista y marcharse corriendo. Es más bien como cuando vas a casa de un amigo y acabas viendo no solo el salón, sino también el patio, el garaje y ese cuarto lleno de trastos donde siempre aparece alguna historia.
Mi consejo: deja el coche en la entrada del casco urbano y entra andando. Recorre la calle Mayor sin prisa, asómate a Santa María la Real y luego siéntate un rato en una plaza a ver pasar la vida del pueblo. Sangüesa se entiende bastante bien así, a ritmo tranquilo.